El arte de enfrentar (y derrotar) los miedos de envejecer

En el cierre de la temporada del Mamba, la muestra de Ana Gallardo anima a emprender deseos postergados; la artista cree que su tarea sirve para aliviar la incertidumbre y dar sentido

María Paula Zacharías PARA LA NACION DOMINGO 29 DE NOVIEMBRE DE 2015

Sobre el amor, la vejez, los miedos, la muerte, los fracasos, los deseos y la violencia. Sobre el paso del tiempo y la vida misma, personal o social, es la obra de Ana Gallardo, sincera y conmovedora. Cada trabajo de los últimos diez años cuenta una historia y es difícil recorrer la retrospectiva que ayer se inauguró en el Museo de Arte Moderno sin emocionarse, al menos una vez, de dolor o de esperanza.

Gallardo habla de su biografía, de la de sus antepasados, de las penas de mujeres prostitutas, presas, madres que perdieron a sus hijas en redes de trata y ancianas olvidadas en geriátricos. Busca con el arte cambiar sus vidas, aliviarlas o encontrarles sentido. Su última obsesión es la vejez, para la que encuentra una salida:Un lugar para vivir cuando seamos viejos, que es el título de la exposición y un proyecto de centro cultural que quiere inaugurar el año próximo.

Su idea es que no hay que envejecer como viejos, sino rodeados de jóvenes y con nuevas ideas. Se puede envejecer recomenzando, como esas personas que tras la jubilación emprenden un nuevo oficio o cumplen un deseo postergado. A ellos estará destinado el nuevo espacio, para que enseñen a los demás las formas que encontraron de alegrarse los días: bailando danzón, como Conchita y Lucio, tremendamente plenos, o cantando karaoke o cuidando huertas. “Una escuela donde los más viejos enseñen a envejecer a los más jóvenes”, define, preocupada por su propio destino. La artista es la primera alumna, como se puede ver en los videos de la exposición. El arte, para Gallardo, salva.

“Gallardo establece una tensión personalísima entre vivencias íntimas y problemáticas sociales, en contextos específicos de abandono o indiferencia, que la artista tenaz y humildemente busca transformar”, dice Victoria Noorthoorn, directora del museo y curadora de la muestra. Lo logró con Silvia Mónica, que ejercía la prostitución y logró dejarla atrás a los 65 años y dedicarse al canto, como era su sueño, gracias al proyecto A boca de jarro (2009), un video en el que canta un tango compuesto entre las dos sobre la prostitución. “Salió en los diarios, se puso a estudiar canto, consiguió un trabajo y milita por sus derechos. Fue un éxito”, cuenta.

En primera persona es CV laboral (2009): se escucha en la voz de la artista su propio currículum de los trabajos terrestres con los que se ganó el sustento desde los 14 años, vendiendo seguros o teléfonos celulares, cocinando o siendo mesera. También ella logró dejarlos para dedicarse a lo que la hace feliz, que es el arte, aunque más de una vez pensó en dejar la pintura.

Su vida nunca fue fácil: a los 8 años ingresó pupila a un colegio en España. Vivió entre Buenos Aires y México, y se formó en talleres de Miguel Dávila, Víctor Grippo y Juan Doffo. En 1986 integró un colectivo de artistas liderado por su querido Enio Iommi. En la última década, su carrera dio un giro con las instalaciones, performances y proyectos de largo aliento reunidos en esta exposición, con los que ganó becas, recorrió buena parte del mundo y representó al país en varias bienales.

Viajes en el tiempo

“En algunas piezas me río un poco de mí misma”, dice. Casa rodante (2007) es otra de ésas: objeto y video de su periplo por la ciudad en un carro construido con los muebles que no sabía dónde guardar entre mudanzas, cuando no tenía un lugar fijo donde vivir. Y Patrimonio (2003), sus muebles arrumbados pero amorosamente embalados. “Todo mi trabajo tiene que ver con la desesperación por encontrar el afecto. Creo que soy artista por la necesidad de ser querida”, confiesa.

Dos videos atraviesan su historia, viajes en el tiempo y la memoria. Mi tío Eduardo (2006) parte del deseo de su tío de volver a su Granada natal, que había dejado hacía 45 años. Se prepararon durante meses, pero al final el tío no se animó a viajar.

La obra es un video que muestra su cara cuando mira la película que Gallardo filmó a partir de sus mapas y croquis. Mi padre (2007) parte de un viejo artículo de prensa que anunciaba la llegada al país de los padres de Gallardo, él poeta, ella pintora. Cincuenta años después, su padre lo lee en voz alta por primera vez. Para la artista, son la crónica de dos fracasos. Para la curadora, dos proyectos profundamente poéticos y románticos.

Pero el arte, también, es un deseo, como se ve en Pedimento, esculturas de tierra con la forma de los sueños según un ritual mexicano del estado de Oaxaca. Con esta obra participó este año en la 56a Bienal Internacional de Venecia. En aquella versión de la pieza, siempre efímera, trabajó en una cárcel modelando con las presas lo que quisieran para su vejez.

A Gallardo le gusta mezclarse con la gente. Su trabajo es en relación con los demás. En La hiedra (2006) encuentra objetos para representar las historias de amor que le confiaron mujeres mayores: una carta de amor de Lidia escrita en la pared o el vestido que cosió Rogelia para enamorar a un compañero hace décadas.

También en la pared se leen las letras cinceladas de su experiencia en un geriátrico marginal, donde llegó con una beca para hacer retratos, pero la pusieron a trabajar de enfermera. “Me confrontó con la realidad. Tuve que cuidar a una señora que estaba al borde de la muerte. Durante veinte días la limpié, la alimenté, la paseé. ¿Qué es el arte?, me planteé en ese lugar donde los viejos son olvidados. Esta pieza da cuenta de lo que me pasó a mí”, dice. Termina con un video donde acaricia las manos de esa señora que antes vivía en la calle. Fue la primera vez que cuidó a una persona mayor.

“El dibujo me permite pensar cuando estoy perdida”, dice Gallardo. Identikit (2009) y Sicaria (2012) hablan de la violencia de género. El público puede llevarse las postales que Gallardo dibujó con los objetos de chicos perdidos. Un osito de peluche o un vestido infantil que las madres dejaron que la artista retratase, entre las que está Susana Trimarco. “Cada vez que se muestra esta pieza se hace una edición de postales de estos objetos de gente que nunca apareció, para repartir en la calle”, dice.

Al dibujo siempre vuelve, y en esta muestra tiene una sala especial para el proyecto Boceto para la construcción de un paisaje: La laguna de Zempoala. “Se trata del poder del arte. El dibujo es una herramienta primitiva que otorga lo que se dibuja. Este trabajo es una reflexión sobre la vida después de la muerte”, dice la artista.

Antes de entrar, hay que leer el texto en el que Ana cuenta su niñez sin madre desde los 7 años, y los recorridos de sus restos hasta que ya de grande por fin pudo con su hermana esparcir sus cenizas en un paisaje soñado de México. Ahí volvió 20 años después, con su hija Rocío. Dicen los versos de la pared: “Otra vez, el pino me acaricia cuando la brisa lo mueve. / Y siento que mi madre me agasaja en este pino y en esta brisa. / Descansa en paz”. Traspasando la puerta, todas las paredes de la gran sala blanca están cubiertas por decenas de dibujos de la laguna. Unos son imponentes, otros menudos.

“Me da tranquilidad. Me quita el miedo a morir”, dice. Entre sus carbonillas, potentes y delicadas, se siente esa paz.

Varias técnicas para mostrar cómo vivir

Ana Gallardo

Artista

Edad: 57 años

Origen: Rosario

Participó en la 56a Bienal Internacional de Venecia (2015), la XI Bienal de Cuenca, Ecuador (2011), la 29a Bienal Internacional de San Pablo (2010) y la 7a Bienal do Mercosul (2009), entre otras.

Trabaja en instalación, performance, escultura, video, dibujo, proyectos de gestión y promoción de otros artistas, como Espacio Forest y, actualmente, La Verdi.

La exposición Un lugar para vivir cuando seamos viejos se puede visitar en Av. San Juan 350, de martes a viernes, de 11 a 19; sábados, domingos y feriados, de 11 a 20. Entrada general: $ 20. Los martes gratis.

http://www.lanacion.com.ar/1849743-el-arte-de-enfrentar-y-derrotar-los-miedos-de-envejecer