Carlitos Balá: “Gracias al humor conquisté a la mujer de mi vida”

Carlitos y Martha Balá posan en el living de su piso donde viven desde hace treinta años. Allí criaron a sus hijos Laura y Martín. “El famoso personaje del perro Angueto nació en homenaje a mi hija. De chica, le decíamos ‘Anguetita’, una palabra inventada con todo el cariño del mundo”, cuenta Carlit. Foto: Matías Salgado

Están juntos desde hace seis décadas: siete años de novios más 53 de casados; “Cuando le conté el primer chiste y se rió, supe que era mía”, asegura el entrañable actor

Revista Hola
27.10.2015

Saluda con un apretón de manos, firme, amistoso y enseguida me pregunta el nombre. “Jacqueline”, respondo. “Comete un chupetín”, dispara enseguida Carlitos Balá, con su característico humor inocente. A sus 90 años, conserva intacto el espíritu alegre con el que conquistó a su público entre frases delirantes, canciones, grandes dosis de histrionismo y su famoso “chupetómetro”.

Con la cabeza en alto, Carlitos admite todavía tener el privilegio de disfrutar de la incondicionalidad de sus admiradores que lo invitan con el cafecito en el bar de la esquina cada mañana, algún taxista que le regala el viaje y aquellos otros que lo sorprenden con regalos, casi siempre chocolates y dulces, que él esconde en el cajón de las camisas para que su mujer Martha (78) –con quien lleva sesenta años de amor: siete de novio y cincuenta y tres de casado– no lo rete.

En el barrio de Recoleta, donde vive desde hace tres décadas, el capocómico armó una rigurosa rutina de pequeños placeres cotidianos: la caminata diaria dando una vuelta a la manzana –que por lo general se extiende una hora y media entre conversaciones con los encargados de los edificios vecinos y todos aquellos que se acercan a saludarlo–, escuchar algún disco de Duke Ellington o Benny Goodman y, cuando tiene ganas de cine, ver alguna película.

El padrino encabeza la lista de sus preferidas. “No sé cuántas veces la vi, pero Marlon Brandon siempre me pareció un actor fenomenal. Cada tanto sueño con tener la posibilidad de algún día componer un personaje raro, psicótico, un asesino. Todavía estoy vivo, así que ese sueño lo tengo intacto”, dice riendo mientras acomoda la carta de un fan en uno de los cien biblioratos que tiene en su escritorio.

–El 13 de agosto cumplió 90 años. ¿Cómo lo trata la nueva década?

–Con una alegría tremenda. Me sigo subiendo a un escenario, gracias a que Panam me invita a participar en sus shows y la verdad es que siento la misma emoción que el primer día. Llevo la actuación en el alma y eso me hace un hombre feliz. Yo siempre digo que lo mío es religioso porque llevo alegría al prójimo, que es mi forma de pensar y vivir. Soy un ser humano que quiere al ser humano.

–¿Qué significa la risa para usted?

–Es el motor de mi vida. No puedo dejar de bucear en lo que le gusta a la gente para sacarle una sonrisa. Si vos te reís, yo ya estoy hecho por el resto del día.

–¿Qué se siente ser tan querido?

–Es algo que no se puede explicar. No sé si será por mi vejez, pero el cariño de la gente es continuo. [Se ríe]. En Mar del Plata, por ejemplo, no puedo caminar por la calle… Ojo, ¡y eso que me gusta que me saluden! Un día de estos, un auto me va a llevar por delante porque tengo la manía de saludar en mitad de la calle. No me gusta negarme, ¿viste? Todos son muy cordiales conmigo, es una gratitud permanente.

LO BUENO DE LA VIDA Y LA TELEVISIÓN

–¿Cómo nació Angueto, su famoso perro invisible?

–Con mi familia una vez fuimos a una tienda en Disney y ahí encontré una correa rígida y enseguida se me escapó el chiste del perro. Un turista que estaba al lado se asustó y me gustó la idea. Pensé: “Este puede ser un buen personaje”. Cuando llegué a Buenos Aires, mandé hacer uno muy similar y le puse Angueto por mi hija Laura. Cuando era chica, con mi mujer le decíamos “Anguetita”, una palabra inventada.

–¿Y de dónde salió el clásico “Ea, ea, pepé”?

–Cuando estuve de gira en Rosario por un tiempo, tenía un vecino que era sordomudo. Todas las mañanas nos encontrábamos en nuestras respectivas ventanas y le gritaba: “Con vos no se puede dormir de todo el ruido que hacés”. Y él me contestaba: “Ea, ea, pepé”.

–¿Martha lo acompaña a todos lados?

–Siempre. Nos conocimos en un casamiento hace sesenta años y nunca más nos separamos. Recuerdo que había como quinientos invitados y apenas la vi le dije a mi amigo: “Mirá qué linda chica”. La saqué a bailar y después me ofrecí a acompañarla a su casa. Vivía en Boedo. “Yo te llevo”, le dije, y así fue: ¡la llevé en colectivo! [Se ríe]. Eran las cuatro de la mañana y para sacarle una sonrisa me puse a vender una lapicera en el colectivo. Después me animé a hacerle un chiste y a pesar de la hora, ella se rio. Ahí supe que era mía. Por eso siempre digo que gracias al humor, conquisté a la mujer de mi vida.

–¿Cómo es el amor después de tanto tiempo?

–Nos conocemos de memoria. Así como es de exigente, Martha también me da todos los gustos. Por ejemplo, me cocina todo lo que quiero: empanadas de choclo, empanadas de pollo y sopa de sémola para que yo crezca fuerte y lindo.

–¿Cómo se lleva con el paso del tiempo?

–Muy bien, preparándome para la fiesta de los 100. Ya tengo reservada la botella de champagne y todo. No le tengo miedo a la muerte, en realidad me inquieta lo que me espera después. Y no creo que Dios sea tan injusto para mandarme al infierno, ¿no?

Jaqueline Isola.

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