“No hay que dar mucha pelota a lo que piensen los demás”

Josefina Robirosa. Una artista plástica que formó parte de la renovación del Di Tella. La pintora hoy será homenajeada en San Isidro. A los 83, sostiene su libertad y asegura: “el arte cura”.

Por Barbara Alvarez Pla
Revista Ñ
13.8.15

“Inventá, querida. Te doy mi permiso, yo ya no doy para más”, me dice Josefina Robirosa en la puerta de su departamento en la Avenida Caseros. En la cuadra, todos la conocen y la cuidan: desde el chico que se ocupa del taller de autos que hay abajo hasta los encargados de los restaurantes que inundan la calle. “La amistad es lo único que funciona, yo creo “, dice la artista, que en un rato se irá a la Feria de Arte Contemporáneo Arte Espacio, en San Isidro. Allí, donde la pintora creció, hoy se inaugura la muestra que la homenajea y en la que habrá más de 50 obras de esta mujer de 83 años cuyo ingreso en el circuito artístico coincidió con las vanguardias abstractas de fines de los 50 y que fue parte del Instituto Di Tella. Eso sí, ella nunca se adscribió a ningún movimiento, haciendo de la libertad la marca de sus pinceles.

Y así es como comienza una entrevista llena de recuerdos, de olvidos y de pinturas, muchas pinturas, dibujos y algunas esculturas que no dejan un hueco libre en una casa que es, toda ella, un enorme atelier. Hay cuadros en todas las paredes, pero no sólo en ellas: las mesas están plagadas de papeles con dibujos, bocetos, recortes de revistas, más de 300 pinceles llenan innumerables botes de vidrio. Hay marcadores, óleos, pinturas de colores. “Me la paso pintando” –dice Robirosa– me divierte mucho más pintar que todo lo demás que me rodea”. Y calcula: “Habré pintado en toda mi vida varios cientos de cuadros”.

En una de las paredes cuelgan cuatro impresionantes dibujos hechos a lápiz y fechados a fines de los 70: son bolas flotantes, olas, bosques. “El Metropolitan de Nueva York quiso comprarlos, pero les dije que no, que prefería tenerlos colgados en mi pared”, explica la artista, y añade: “El arte cura, al menos te hace más fuerte”.

–Vive rodeada de su arte, qué piensa cuándo lo mira ahora?
–La verdad es que no me importa nada… sólo pienso que la pasé muy bien. Ese es el gran valor de estas obras: mi disfrute. Con eso basta. Nunca tuve noción de todo lo que estaba haciendo. A veces siento que lo hizo otra persona, como si lo hubiese creado todo bajo los efectos del alcohol. Nunca pretendí decir nada con mi arte, no hay mensaje, sólo pinto para divertirme, es estética nada más.

–Nació y creció en San Isidro, qué significa para usted este reencuentro con ese lugar que ahora la homenajea?
–Allí hay mucha gente que quiero y lo más importante de todo, más allá del homenaje, es que compartiré la muestra con mi nieta, María Torcello, que es escultora. Pero no todos los recuerdo son buenos. Cuando éramos chicos, teníamos unas institutrices inglesas que no nos dejaban movernos ni decir nada… era un horror. A mi hermano le metían la cabeza en el inodoro cuando se portaba mal. Yo le conté eso a mi amigo Guillermo Kuitca y él pintó un cuadro con la escena. Lo tuve colgado acá como 30 años y después pensé que era un horror, no lo aguanté más y lo vendí.

–¿Alguna vez se sintió discriminada en el ambiente artístico por ser mujer?
–Sí, claro, muchas veces, pero nunca me importó, por eso pude ser libre y conseguí que no me pusieran etiquetas. Lo que si me pesaba era ser Alvear, en el ambiente pensaban que era solo una “paqueta” que quería pintar, nunca me iba a tomar en serio, por eso me bajé rápidamente del apellido. De todos modos, no hay que dar mucha pelota a lo que piensen los demás.

–¿Por qué suele decir que los curadores no son importantes?
–Porque no lo son, ¿para qué los necesito? yo siempre fui espontánea, libre ¿quién mejor que el artista para saber cómo disponer su propia obra? Nunca necesité que nadie contase un cuento con mis pinturas.

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