“Tesoros vivos” de cinco generaciones de familias

Tatarabuelas.Son el último bastión de un viejo modelo familiar, donde las parejas tenían hijos antes de los 20 años. Clarín habló con tres de ellas. Cuentan cómo se relacionan con los más chicos.

clarín 7.6.2015

Teresita Caballero se casó cuando tenía 15 años, tuvo su primera hija a los 17 y, a los 19, llegaron las gemelas. Teresita tiene ahora 84 años y es de esas mujeres con alma de abuela cómplice: las que te dan besos con gusto a pintalabios, las que te cocinan rico, las que te llaman antes de irse a dormir la siesta sólo para decirte que te quieren. Es que “Tere”, como la llama su familia, ya salió a la vereda a patear pelotas con sus nietos, ya se sentó en el sillón mullido a contarle a sus bisnietos historias de su infancia de campo y ahora llegó el momento de Eric, un bebé de 10 meses: su primer tataranieto. Ella acaba de convertirse en tatarabuela y también, sin saberlo, en un tesoro vivo de un modelo de familia que, en la clase media, ya casi no existe.

“Hoy tenemos un modelo de familia cada vez más verticalizado: en vez de aquel modelo en el que había un abuelo con un montón de nietos, ahora tenemos pocos nietos (porque se tienen cada vez menos hijos) y mucha familia hacia arriba (porque los mayores viven más años): abuelos, bisabuelos y hasta tatarabuelos”, contextualiza Ricardo Iacub, profesor titular de psicología de la tercera edad y vejez en la UBA.

“Sin embargo, como ahora la clase media se casa cada vez más tarde y tienen hijos después de los 30, la idea del bisabuelo y el tatarabuelo empieza a menguar nuevamente”, agrega.

A diferencia de la historia de Teresita, hoy la mayor parte de las mujeres de clase media retrasan la maternidad para profesionalizarse, estudiar o desarrollarse individualmente, y tienen su primer hijo, en promedio, a los 28 años (a veces, mucho después, cerca o más allá de los 40). Eso significa que, por más que vivamos cada vez más años, en este modelo de familia será difícil que existan tatarabuelas en el futuro: tendríamos que estar hablando de mujeres de, por ejemplo, 120 o 130 años.

¿Pero por qué hablamos de tatarabuelas y no de tatarabuelos? La respuesta tiene que ver con lo que se conoce como “feminización de la vejez” que significa, en criollo, que las mujeres viven más años que los hombres.

“Las mujeres son las que más frecuentemente se adaptan al hogar cuando quedan solas por separación o viudez y las que son más protegidas y cuidadas, pero también las que muchas veces toman el mando de la casa cuando la hija trabaja”, explica Maragarita Murgieri, médica geriatra y vice presidente de la Sociedad Argentina de Gerontología y Geriatría. Según el último censo hay casi un millón de personas de más de 80 años en el país. El punto es que, entre los que pasan los 95 años, 8 de cada 10 son mujeres.

Lo interesante es que las tatarabuelas que llegan a ese momento con buena salud física y mental ya no son de esas “ancianas reliquia” que están vivas pero no tienen la menor interacción con los más chicos del árbol genealógico.

Lo explica Murgieri: “Las abuelas actuales son cada vez más activas y cuando nacen sus nietos están en pleno desarrollo laboral o en el pico más alto de sus carreras empresariales o académicas. Son entonces la bisabuela y la tatarabuela, que lejos de ser personas dependientes han llegado a la década de los 90 y 100 años con lucidez y salud, y son capaces de lecturas, relatos e historias que maravillan a los niños. Además, contribuyen a su cuidado y les transmiten otros conocimientos, por ejemplo, a través de los postres y comidas típicas que preparan, muchas veces con reminiscencias de su madre patria”.

Esos tatarabuelos además, ayudarán a que los chicos no sólo vean a sus padres como padres: “A estos chicos, el lazo afectivo con sus tatarabuelos les permite saber que sus padres también fueron y son hijos, lo que es importante para su identificación”, dice Javier Díaz, psicólogo de niños y docente del Instituto Fernando Ulloa.

“Además, les dispara una pregunta: ven adultos que son más permisivos, que tienen una corriente tierna y son más cómplices, y se preguntan si pueden tener un lazo así con sus padres, más impregnado de ternura que de rigidez”, completa.

“Piru” Valiente es cordobesa y tiene 85 años. Ella y Ramona “Coca” Lucero, de 83, comparten un título honorífico: son las tatarabuelas de Sofía Celeste Fernández Ruiz, una bella de 2 años que fue bautizada así en honor al Club Belgrano de Córdoba.

“Yo soy una especie de abuela, pero de toda la familia. Mientras tenga fuerzas, voy a seguir malcriándolos a todos”, cuenta, mientras pone una olla con los tallarines para toda la prole.

Es que ese es, de alguna manera el rol que todas ellas están descubriendo, en el límite entre las ganas que tienen y lo que la edad les permite: “Yo voy a los jubilados, salgo de viaje, bailo folclore, tango. Y lo que más me gusta, cuando voy a ver a los chicos, es contarles historias de mi vida en el campo –vuelve Teresita–: les cuento, por ejemplo, cómo era la escarcha en el campo y cómo se sentía el frío en los pies cuando salíamos a trabajar. Lo hago para que los más chicos sepan de dónde vienen y para que aprendan a valorar las vidas que tienen”

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