Los secretos de la longevidad están en las aldeas de Cerdeña

No es sólo una cuestión de alimentación, sino que también abarca factores sociales y culturales

Por DAN BUETTNER The Wall Street Journal
lunes, 1 de junio de 2015

En una serie de aldeas en las montañas de la isla italiana de Cerdeña, hay 21 centenarios en una población de 10.000 habitantes. En cambio, alrededor de cuatro de cada 10.000 estadounidenses llega a los 100 años. ¿Qué saben los sardos que los países obsesionado con la dieta y la salud desconocen?

Visité este epicentro de la longevidad en abril en compañía del demógrafo belga Michel Poulain, del genetista evolucionario italiano Paulo Francalacci y de Gianni Pes, un físico e investigador médico italiano. Durante los últimos 11 años, hemos estudiado lo que denominamos “zonas azules” alrededor del mundo, es decir lugares en que la gente vive más tiempo y con los menores índices de males crónicos.

Cuando empecé a escribir sobre el área hace una década, los científicos pensaban que los genes jugaban un papel en la extraordinaria longevidad de los sardos. Este enclave de 14 aldeas es el hogar de una de las poblaciones genéticamente más homogéneas del mundo, superada solamente por la de Islandia.

Desde entonces, la noción de una ventaja genética ha sido cuestionada. Según Pes, varios estudios han mostrado que los indicadores genéticos de las personas centenarias —como los asociados con la mortalidad cardiovascular, el cáncer y la inflamación— no difieren significativamente de los de la población general.

Basado en el trabajo que realizamos en Cerdeña y otras cuatro zonas azules, un equipo de investigadores en la Universidad de Minnesota nos ayudó a aplicar un proceso de ingeniería a la inversa a la dieta de las poblaciones más saludables del mundo. Agrupamos 155 encuestas sobre los hábitos de alimentación de las cinco zonas, cubriendo las dietas de los últimos cien años, y generamos un promedio global.

Más de 65% de lo que la gente come en las zonas azules viene de carbohidratos complejos: camotes en Okinawa, Japón; verduras silvestres en Icaria, Grecia; calabacín y maíz en la Península de Nicoya, en Costa Rica. Sus dietas consisten mayormente de vegetales, frutas, granos enteros, legumbres y otros carbohidratos. Comen carne, pero en cantidades pequeñas, alrededor de cinco veces al mes y usualmente en momentos de celebración.

El pilar de toda dieta de la longevidad en el mundo es el humilde frijol. Un estudio realizado en cinco países mostró que el frijol era el único alimento que predecía una vida más prolongada: por cada porción de 20 gramos consumida al día (unas dos cucharadas de té), la probabilidad de morir caía en 8%. Las habas en Cerdeña, los frijoles negros en Costa Rica, las lentejas en Icaria, y la soya en Okinawa. Los adventistas del séptimo día, la subcultura más longeva de Estados Unidos, comen todo tipo de frijoles, haciendo caso a la indicación de Dios, en Génesis, de comer “plantas que dan semilla”.

La mayoría de las legumbres ofrecen más proteína que la carne, en términos de dólares gastados. De mayor importancia es que su alto contenido de fibra sirve como una especie de abono para el estómago y permite el desarrollo de bacterias saludables.

Sin embargo, los centenarios y otras personas que conocimos en Cerdeña nos mostraron que incluso la dieta más saludable no es suficiente en sí misma para promover una larga vida. La verdadera longevidad trasciende los alimentos y abarca una red de factores sociales y culturales.

En mi reciente visita a Cerdeña, pasé toda una tarde en la aldea de Villagrande con una especie de círculo de cocina: cinco mujeres, incluyendo abuela, hija y nieta, que se reúnen cada par de semanas para hornear pan tradicional de masa fermentada con culturas de lactobacilos y levadura.

Me sentí atraído por primera vez a ellos por el pan. Pes había publicado un estudio que mostraba que el pan sardo de masa fermentada reduce la carga glucémica de una comida. (La mayor parte del pan se metaboliza casi de inmediato en azúcar, lo que dispara los niveles de insulina).

Después de pasar un par de horas con estas mujeres, me percaté de que el pan era solamente un ingrediente de un conjunto de beneficios que la producción de pan ofrecía. Las mujeres tenían que cortar leña, atizar el horno y amasar durante 45 minutos (más ejercicio que ir al gimnasio).

La vida en estas aldeas es muy social. La gente se reúne en la calle a diario y disfruta de la compañía de los demás. Dependen de los demás. Si alguien se enferma, un vecino llega enseguida. Si un pastor pierde su rebaño, otros pastores se solidarizan y le regalan ovejas para reconstituir su rebaño.

En la aldea cercana de Mores conocí a Salvatore Pinna, de 94 años, y a tres de sus amigos, cuyas edades van desde los 88 a los 90 años. Se reúnen todas las mañanas para tomar café, en la tarde para jugar dominó y en la noche para tomar vino Cannonau hecho en casa. Dos de ellos vivían solos, pero como me contó uno, “nunca estamos solos”.

En lo referente a la longevidad, el apoyo de larga data de la comunidad juega un papel significativo. En EE.UU., la gente es más propensa a morir ocho años antes si está sola, comparado con personas que tienen redes sociales robustas. En Cerdeña, “una mano lava la otra, y ambas lavan el rostro”, me dijo Pinna, resumiendo la simbiosis social.

Él y sus amigos sirven de depositarios de la sabiduría agrícola, que comparten habitualmente al aconsejar a los viticultores locales sobre cómo hacer frente al clima inestable y varias pestes de insectos. Son pilares de la economía local y son, por lo tanto, valorados.

Un celo fanático por la familia también ha sobrevivido. Ni el trabajo, ni los pasatiempos, ni los amigos ni la suerte de un equipo deportivo distraerían la atención de un cónyuge o los hijos. Por ende, los padres y abuelos avanzan con serenidad a la tercera edad, con la certeza de que sus hijos se encargarán de cuidarlos. Los asilos de ancianos no existen.

Los hallazgos de Cerdeña son parecidos a los de otras zonas azules. Ninguno de los centenarios vivaces que he conocido a lo largo de los años se dijo al cumplir medio siglo de vida voy a empezar una dieta de longevidad y vivir otros 50 años. Ninguno compró una máquina para trotar, ni se inscribió para asistir a un gimnasio.

Más bien, vivieron en culturas que tomaron las decisiones acertadas para ellos. Residían en lugares en donde las verduras frescas eran baratas y accesibles. Sus cocinas estaban dispuestas para preparar alimentos saludables de manera fácil y expedita. Casi cualquier viaje a una tienda, a la casa de un amigo, el trabajo o la escuela ofrecía la oportunidad de caminar. Sus viviendas no tenían las herramientas mecanizadas para hacer las labores del hogar, la cocina o la jardinería; lo tenían que hacer a mano. Los residentes de las zonas azules eran impulsados a realizar alguna actividad física cada 20 minutos, estimó mi equipo. Esta actividad no sólo quemaba de 500 a 1.000 calorías diarias; también mantenía sus metabolismos operando a un nivel más alto.

Los estadounidenses gastan alrededor de US$110.000 millones al año en dietas, programas de ejercicio y suplementos, pero la autodisciplina es un músculo que se fatiga. Los estudios indican que estos esfuerzos de corto plazo fracasan para casi todos en menos de tres años. Las estrategias exitosas para prevenir las enfermedades y obtener longevidad requieren décadas de fidelidad, por no decir vidas enteras.

Para obtener avances duraderos en la salud en EE.UU., deberíamos distanciarnos de intentar cambiar conductas individuales y, en su lugar, tratar de optimizar nuestros entornos. Deberíamos hacer que las elecciones saludables no solamente sean fáciles, sino también a veces ineludibles.

—Buettner es académico invitado de National Geographic y autor de “The Blue Zones Solution: Eating and Living Like the World’s Healthiest People”, algo así como la solución de las zonas azules: comer y vivir como las personas más saludables del mundo.

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