La sorprendente Jane Fonda

Princesa de Hollywood, ícono pop, activista política, reina del aerobic, ganadora del Oscar y ahora estrella de Netflix: a los 77 años no tiene pensado jubilarse

Por Natalia Trzenko | LA NACION Sábado 02 de mayo de 2015

Hay cosas que no sorprenden. Es lógico que Jane Fonda esté rodeada de un grupo de experimentados estilistas, maquilladores y asistentes pendientes de cada una de sus necesidades. Tampoco llama la atención su aire de autoridad y su seguridad al dirigirse a un grupo de periodistas de todo el mundo -entre los que se cuenta LA NACIÓN- que la escuchan hablar de Grace and Frankie, la serie original que Netflix estrenará el próximo viernes.

Ni desconcierta a nadie que su belleza siga intacta, como si el tiempo casi no hubiera pasado para la actriz ganadora de dos Oscar, productora y activista que también fue la reina de la gimnasia aeróbica en los años ochenta.

Sin embargo, cuando la charla es cara a cara, en solitario, empiezan las sorpresas. La primera es que, más allá de haber nacido en un mundo de privilegios -es hija de Henry Fonda y Frances Seymour Brokaw, bella y frágil chica de la alta sociedad neoyorquina- y de haber sido una estrella por mérito propio durante toda su vida adulta, la actriz no tiene aires de diva. Saluda cordial, sonríe porque tiene ganas de hacerlo y es brutalmente honesta. Especialmente consigo misma.

Entonces aparecen todas las Jane: la hija de padre famoso y madre inestable, la adolescente rebelde, el símbolo sexual, la activista política que enfureció a su país en tiempos de la guerra de Vietnam, la productora, la esposa y la madre, la veterana que conoce todos los atajos para salir del laberinto y, aun así, vuelve a entrar en ellos. Como si fuera el primer día. O el último.

-Después de cincuenta años trabajando como actriz, ¿todavía disfruta del proceso de crear un nuevo personaje? ¿Se pone nerviosa?

-Me gustaría poder decirte que con el tiempo se hace más fácil todo el tema de los nervios, pero la verdad es que no. Creo que a estas alturas uno espera más y también porque sé que no tengo mucho tiempo por delante, así que no puedo cometer errores. Realmente quiero que lo que estoy haciendo ahora sea un éxito y la verdad es que nunca sentí tanta presión antes. Porque siempre había una posibilidad de hacerlo mejor mañana. Y, la verdad, es que ahora no me quedan tantos mañana. Así que me tengo que asegurar de que lo que esté haciendo en el presente sea bueno. Y por eso cuando terminamos de grabar la primera temporada de Grace and Frankie, contraté a un profesor de actuación.

-¿En serio? ¿Lo hizo pensando en un proyecto en particular o por el arte mismo?

-Bueno, idealmente sería para prepararme para la segunda temporada de la serie. Si es que la conseguimos. Y si es así, quiero ir más profundo en mi interpretación. Pensé: “Actúo hace cincuenta años y tengo 77 años, pero lo puedo hacer mejor. Puedo mejorar. Tengo que hacerlo mejor”.

Su mirada queda fija. Se podría definir como desafiante y hasta intimidante, si no fuera por la sonrisa que aparece enseguida y suaviza esa determinación, ese acero detrás de la voz clara y el gesto amable. Esa capacidad de seguir cuando otros ya se hubieran rendido que parece ser su marca de fábrica.

-¿Le costó la decisión de volver a estudiar actuación a estas alturas de su carrera?

-Sí, y estoy muy orgullosa de haberme animado a hacerlo. Porque me sigo poniendo muy nerviosa y me sigo preocupando de que mi interpretación no sea lo suficientemente buena. Siempre deseo poder repetirlo, poder hacerlo de nuevo.

-¿Una toma más para cada escena filmada?

-No, toda la temporada. Ojalá pudiéramos hacerla toda de nuevo de principio a fin. Lo haría tanto mejor de lo que lo hice.

Es inflexible Fonda con ella misma y con los temas que le importan. Como el hecho de estar protagonizando una serie creada por Marta Kauffman -responsable de aquel humilde programa sobre seis amigos de Nueva York que se transformó en un fenómeno global de impacto perenne (ver aparte)-, sobre “los asuntos de las mujeres mayores. El recorte demográfico que más crece”. Y al que pertenecen tanto su Grace, una mujer de aspecto siempre impecable, acostumbrada a cuidar las formas y al disimulo, como Frankie, su opuesto en casi todo: cultora de toda práctica new age que llegue a sus oídos, honesta y abierta, el personaje necesitaba de una actriz capaz de transformar todos esos rasgos en comedia. Y nadie mejor para hacerlo que la brillante Lily Tomlin, con quién Fonda ya había trabajado hace 35 años en la graciosa película Cómo eliminar a su jefe.

Juntas, un buen día -un día pésimo en realidad, Grace y Frankie se enteran de que sus respectivos maridos -socios en un estudio jurídico hace décadas- llevan años siendo amantes y, tras la aprobación del matrimonio igualitario en su país, decidieron casarse. Y divorciarse de ellas, claro. Una premisa que hace implotar la existencia de las dos señoras de las maneras más traumáticas y graciosas imaginables.

-Le tocó una maestra de la comedia como compañera de elenco.

-Lo es. Y a veces no es fácil ser la contracara más seria de sus locuras humorísticas porque uno se pone a pensar con bronca: “Ella tiene los diálogos más graciosos”. Pero eso acaba siendo otra forma de aprendizaje. Porque le terminé encontrando la importancia a interpretar a la “seria” en el dúo. Lily es tremendamente cómica y además la quiero mucho. Somos amigas hace años en la vida real y entonces todo es mucho más fácil. Hacer una ficción televisiva es difícil: son jornadas de grabación de quince horas. Que la persona con la que trabajas sea buena y amable, y que no intente robarte la escena o hacer algo para hacerte quedar mal es muy importante. Imaginate si tuviera que lidiar con una persona así como compañera. Sería aún más difícil todo el proceso.

-Y aun así quiso tener su propio programa. ¿Su participación en The Newsroom la inspiró?

-En realidad es algo que estaba intentando hace unos cuantos años. Te diría que durante cuatro años estuve intentando armar una serie, avancé con algunas ideas para las cadenas de TV abierta, pero los guiones no eran lo suficientemente buenos y luego apareció la invitación para participar de The Newsroom. Después apareció Marta [Kauffman] con esta propuesta y, finalmente, todo cerró. Lo cierto es que tengo 77 años, y Hollywood no suele ser muy amable con las mujeres de mi edad. En la TV es más fácil, porque se arriesgan más, y Netflix es la plataforma más arriesgada de todas.

-Grace parece ser el opuesto de lo que el mundo conoce de usted y de su visión de la vida. ¿De dónde sale esta señora tan reprimida y tensa?

-Lo cierto es que hay mucho de mí en Grace. El hecho de vivir durante mucho tiempo sin ser una persona auténtica. Pensalo un poco: ella estuvo casada 40 años con este hombre y probablemente en el comienzo era una pareja linda, apasionada y tenían mucho sexo. Pero durante veinte de esos cuarenta años, él estuvo enamorado de un hombre. Y aunque ella no lo sabía conscientemente, tenía que saber que algo pasaba. Aunque nadie hablara de eso. Y cuando vivís de esa manera tu matrimonio, la verdad es peligrosa. Todo se vuelve falso. Yo viví así. Me casé tres veces [ver aparte] y cuando esos matrimonios se terminaron, sufrí mucho. De hecho, luego de mi segundo divorcio tuve un colapso nervioso. Y no fue porque fuera un gran matrimonio, pero yo pensé que se había acabado mi vida.

-Obviamente no fue usted la que tomó esa decisión, como también le sucede a Grace.

-Lo quería matar. Pero a medida que pasó el tiempo tuve que agradecerle porque yo nunca hubiera tenido el valor de irme, pero él me abrió las puertas, me liberó para convertirme en una persona auténtica. En lo que soy hoy. Y, para el final de la primera temporada de la serie, Grace está empezando a experimentar ese cambio. Por eso espero que consigamos una segunda temporada, porque ella se irá convirtiendo en esa otra persona muy diferente de la que se ve en el principio del programa. Me encanta. Eso fue lo que me pasó a mí. Siento gran empatía con Grace.

-El tema de la empatía femenina parece ser una de sus preocupaciones más urgentes. Hace pocos meses, habló de la necesidad de avergonzar a los jefes de los estudios de Hollywood para que contraten más mujeres.

-Es algo en lo que creo apasionadamente. Porque aun las mujeres responsables de los estudios no son de gran ayuda para alentar el trabajo de directoras. Hay gran talento femenino en dirección y producción, y tenemos que forzar a los que toman las decisiones a estar atentos, a que les presten atención. Tienen que contratar a mujeres porque nosotras aportamos algo diferente a la paleta creativa.

-En ese sentido, ¿cambiaron las cosas en Hollywood desde el comienzo de su carrera?

-Hubo un tiempo, antes de que yo empezara a trabajar, en los años 30 y 40, previos a la época de la censura y el macartismo, cuando actrices como Mary Pickford, Mae West, Joan Crawford o Barbara Stanwyck tenían mucho más poder que las estrellas de hoy en día. Y se contaban historias fuertes de mujeres fuertes. Eso casi se detuvo por completo en los años 50 cuando la industria se volvió mucho más conservadora. Pero creo que con el tiempo podemos recuperar esas buenas épocas. Yo soy siempre optimista.

UNA VIDA DE PELÍCULA

De Hollywood a Hanoi y de Washington de vuelta a Hollywood

Nació el 21 de diciembre de 1937. Sus padres fueron el actor Henry Fonda y la chica de sociedad Frances Seymour Brokaw, quien se suicidó cuando Jane Fonda tenía 12 años. Tiene un hermano, Peter, también actor, nacido en 1940 y conocido por su papel en Busco mi destino.
Estudió actuación con Lee Strasberg. Lo conocía de su infancia, ya que el influyente profesor era vecino de su padre en la californiana Malibú.
Ganó dos premios Oscar. El primero, en 1971, por su papel en El pasado me condena (Klute), de Alan J. Pakula, y el segundo, en 1978, por Regreso sin gloria (Coming Home), de Hal Ashby.
Su activismo antibélico la transformó en una figura polémica en los años 70 en su país. La apodaron “Hanoi Jane” y hasta algunos sectores ultraconservadores querían juzgarla por traición.
Se casó tres veces. Su primer marido fue el director francés Roger Vadim, con el que en 1968 filmó Barbarella. Tuvieron una hija, Vanessa. Cuando se divorciaron, en 1973, se casó con el político demócrata Tom Hayden, con quien tuvo un hijo, Troy. Ese matrimonio terminó en 1989. En 1991, se casó con el creador de CNN Ted Turner. Se divorciaron 10 años después.
A comienzos de los años 80 editó un video con su rutina de ejercicios aeróbicos. Lleva vendidos 17 millones de copias.
En 1991 anunció que se retiraba de la actuación, pero 14 años después regresó a la pantalla grande, con Una suegra de cuidado. Y allí espera quedarse.

http://www.lanacion.com.ar/1789242-la-sorprendente-jane-fonda