La invención de la vejez

Tengo la idea de que antes de la invención de la fotografía no existía del todo la conciencia del propio envejecimiento. Más bien la gente pasaba de un estado a otro como si el anterior no hubiese existido por completo. Sin imágenes que lo pudieran demostrar, ningún viejo podía estar seguro de haber sido joven alguna vez.

Por Julián Gallo | Para LA NACION
Domingo 31 de mayo de 2015

Ahora que tenemos cámaras hasta dentro de la muñeca Barbie (tal cual: la Barbie Video Girl Doll, de US$ 35, viene con una cámara de video integrada para que las niñas graben sus videos y los suban a Internet), nos pueden parecer increíbles las escasas imágenes que hasta hace poco daban testimonio de los propios recuerdos. Es verdad. Hasta bien avanzada la década del 60, en la mayoría de los hogares había como máximo 300 fotografías para contar los recuerdos de tres generaciones. Y antes, digamos hasta la mitad del siglo XIX, nada. Un matrimonio en los años 50, por ejemplo, muchas veces sólo disponía de las fotos de la boda, algunos nacimientos, una foto de un viaje a la playa o a la montaña, un episodio raro, una foto escolar, una fiesta familiar, postales de sus abuelos, y no mucho más. Esas imágenes se mantenían lejos de la vista, guardadas en álbumes o cajas de zapatos, o colgadas en una parte de la casa que ya nadie visitaba con los ojos. Eventualmente, las fotos volvían a aparecer en las mudanzas o a la hora de la muerte de alguno. Las fotos no estaban todo el tiempo señalando lo que fue alguna vez y lo que es todos los días.

Pero ahora es distinto. Estamos rodeados de miles y miles de fotografías que tienen nuestra cara; hasta aparecemos en Facebook etiquetados en álbumes de personas que apenas conocemos. Nuestro rostro existe como un testimonio “freezado”, por todos lados. Las numerosas fotos con nuestros rasgos crean una nueva experiencia de envejecimiento porque nos confrontan con los detalles decadentes, y cuantas más de ellas hay, más omnipresente y permanente es esa comparación. Vienen a ser nuestro retrato de Dorian Gray pero al revés: mientras las fotos no cambian, nuestro rostro sí.

Gracias a la persistencia y reproductibilidad infinita de las fotografías, medios online como Buzzfeed y otros inventaron una nueva picota que tarde o temprano les aplican a todos los famosos. Tal vez llenos de resentimiento (los editores y también la audiencia ávida) crean galerías con títulos de este tipo: “Cómo está ahora el elenco de?” o “No vas creer cómo se ve ahora tal famoso”. En el interior de esas galerías aparecen los rostros jóvenes de personas que fueron espléndidas en el pasado, junto a una versión agrietada de ese mismo esplendor visto en la actualidad. Hace días comparaban las fotos de Brigitte Bardot a los veintipico, cuando tenía una cabellera extraordinaria, su rostro aniñado, su boca perfecta, con la señora mayor que es hoy, a los 80 años. Un “antes y después” del que nadie debería ufanarse.

A lo largo de su vida, Rembrandt pintó 40 autorretratos. En el primero de ellos tenía 23 años y en el último 63 (murió poco después). Al observar la serie es posible pensar en las muchas horas que el artista debió dedicar a lo largo de su vida a mirar su propio rostro envejecer.

Tal vez Rembrandt fue el primer hombre en la historia de la humanidad en darse cuenta con tanta precisión de lo que sucedía en el rostro humano con el paso de los años. Estoy convencido de que él inventó la experiencia de la vejez visual comparativa que ahora todos tenemos por la fotografía. Pero ¿cómo probarlo? De todos modos, no importa: si Rembrandt no fue el primero en hacerlo, seguro fue el mejor..

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