Vivir más de un siglo: todas las vidas de Rebeca Ader

Llegó hace más de 70 años, huyendo de la Alemania nazi.Tiene 104 años y está llena de recuerdos. El amor, Berlín, el primer televisor y la feroz bomba sobre Hiroshima.

Clarín
22/02/15

Quizás no hay secretos ni fórmulas mágicas. Quizás solo hay que aferrarse a esos recuerdos que valieron la pena ser vividos. La mirada que confirma un amor para siempre, el aroma de un torta recién horneada, los paseos en bicicleta. Una orquesta sonando o un libro cualquiera de Dostoievski. A Rebeca los recuerdos se le amontonan como si le estuvieran ocurriendo en ese instante en que vuelve a contarlos.

Rebeca Ader tiene 104 años. No tuvo hijos y Leopold, su esposo murió hace treinta años. Murieron los amigos, los hermanos y solo le quedan algunos sobrinos en Israel. Los vio morir a todos. A cada uno. Pero ella quiere vivir. Vivir hasta los 110, como si en su propia vida pudiera prolongar esos recuerdos para siempre.

La primera vez que Rebeca vio un televisor fue en 1936. La imagen fue tan impactante que nunca más olvidó la fecha. Habían viajado a París y ahí estaba, negro y grande, exhibido como parte de una exposición. Resultaba intimidante para una mujer que había crecido en un Berlín hoy irreconocible, en el que los chicos jugaban en medio de la calle y solo se preocupaban por esquivar algún carro que pasaba.

Tiempo después, también quedaría petrificada frente al televisor. Ya estaba en su casa de Corrientes y Pueyrredón y las noticias anunciaban que una bomba atómica había caído sobre Hiroshima. “Fue una de las cosas que más me conmovieron, más que la llegada del hombre a la Luna”.

Un siglo de vida parece no haberle arrebatado nada de su memoria y mucho menos de su elegancia. Lleva un collar de perlas, zapatos de taco y pantalón sastre. Podría estar lista para las noches con Leopold cuando iban al Colón o al Tabarís.

Rebeca puede repetir la dirección de la casa en que se crió y contar cada detalle de la vez en que, a los cuatro años se olvidaron de ir a buscarla al jardín de infantes y decidió ir ella sola de regreso a casa.

“Tuve una buena vida, una vida tranquila”, dice Rebeca tratando de encontrar alguna explicación al porque de tantos años. Pero no es verdad. La de Rebeca no fue una vida fácil, sólo que ella prefiere quedarse con los buenos recuerdos.

Recién se había casado cuando un llamado le dijo que venían por ellos, Rebeca y Leopold. No había tiempo para dudar. Eran judíos y Berlín ya no era su ciudad. Lograron escapar justo a tiempo. Ninguno hablaba una palabra de castellano. “Todos fueron muy amables con nosotros, nadie se burlaba. Yo iba al carnicero y no me cobraba, iba al verdulero y no me cobraba. Todos nos ayudaron mucho”.

Llegaron en 1938 pero a Rebeca todavía le cuestan algunas palabras de castellano. Sólo dos años después de que terminó la guerra Rebeca supo que su padre había muerto en una cámara de gas, que sus hermanos habían escapado, a Israel, y que su madre había resistido en Berlín pero que de tan flaca que estaba apenas podía caminar.

Hasta hace cuatro años, Rebeca vivía sola en su departamento de Belgrano. Pero después de que una operación de caderas la obligó a usar silla de ruedas se mudó a la Residencia Geriátrica Hirsch, en San Miguel. Allí, para todos, es la “Reina Madre”.

De todos los recuerdos que se pueden acumular en una vida solo unos pocos pueden seguir provocando la misma emoción. Rebeca sabe exactamente cuál es. “¿El más lindo? Mi casamiento. Es que yo estaba tan enamorada. Tuve un matrimonio muy amoroso, eramos libres, teníamos todo, Todavía lo extraño”.

Rebeca recuerda con exactitud el día que lo vio por primera vez durante una fiesta de Año Nuevo. Lo cuenta y se estremece.

http://www.clarin.com/sociedad/rebeca-recuerdos-berlin_0_1308469230.html