Le Parc en boca de todos

El mundo redescubre al artista mendocino. A los 86 años, le llega la consagración definitiva

Por Nathalie Kantt | Para LA NACION
Domingo 28 de septiembre de 2014

Dibujos en miniatura descansan sobre una de las mesas del primer piso del atelier. La gente de Hermès acaba de irse después de más de tres horas de intercambios, y también de risa. Julio Le Parc fue elegido por la casa francesa para una nueva edición del Carré d’artiste, una versión más artística del célebre pañuelo de seda. Después del alemán Josef Albers, del francés Daniel Buren y del japonés Hiroshi Sugimoto, es el turno del mendocino. Sobre los foulards se imprimirán variaciones de su obra La Longue Marche, esa serie de diez cuadros realizada en los años 70 en la que 14 colores fundamentales suben, bajan, saltan y se entrelazan a lo largo de 20 metros. Próximamente irán a los talleres de Lyon, donde se trabaja la seda. Le Parc, que cumplió 86 años el martes pasado, está entusiasmado con el viaje.

A pocos metros se apilan unas cartulinas. Le Parc las despliega. La galería Serpentine, una de las más cancheras de Londres, prepara una exposición personal del argentino para noviembre y los curadores, que desembarcan en París en dos días, quieren llenar una de las paredes con sus dibujos al teléfono, esos que hacía durante sus conversaciones transatlánticas. Le Parc los cambia de lugar y prueba cómo combinan mejor. Tiene una lucidez envidiable.

Más temprano estuvo en el taller de restauración de la planta baja, trabajando en la maqueta de una obra para Inhotim, el museo a cielo abierto más grande del mundo como lo llaman, una iniciativa del magnate minero y gran coleccionista brasileño Bernardo Paz, a 60 kilómetros de Belo Horizonte. Le Parc tendrá su propio pabellón, de 1300 metros cuadrados. El artista trabaja en la concepción de una cámara gigante que filma todo lo que sucede en el parque y reproduce instantáneamente la imagen desfragmentada sobre una pantalla. Las imágenes abstractas, que se cruzan, son el ojo de Le Parc.

Los proyectos desparramados a lo largo de los 2000 metros cuadrados de esta casa atelier del sur de París dan cuenta de la actividad incesante que envuelve a este artista argentino. En cada espacio se respira el trabajo, la creación, el aroma de algo que se está cocinando. Y no sólo por el asado que el domingo pasado reunió a toda la familia alrededor de la mesa del jardín, debajo de un árbol de kiwis: su mujer, Martha, con quien comparte su vida desde hace más de 55 años, sus tres hijos (Juan, Gabriel y Yamil), sus cinco nietos y su sobrina, que viajó desde Nueva York. “Siempre los hacía yo, pero como ven que estoy muy viejito, hay un hijo que prende el fuego y hace todo.” Le Parc es pícaro y un gran seductor.

Su primer boom en los 60 y principios de los 70 -ganó el primer premio en la bienal de Venecia de 1966- fue seguido por años de indiferencia francesa, motivados en parte por sus críticas al establishment artístico que las instituciones de ese país tomaron a mal. Uno de sus episodios más conocidos fue en 1972: el Museo de Arte Moderno de París le propone una exposición y Le Parc lo deja librado al cara o ceca, tirando una moneda públicamente. Al final, no la realiza. Hoy ese hielo quedó atrás. Los grandes museos como el Pompidou-Metz, el Palais de Tokio y el Grand Palais vuelven a incluirlo en sus exposiciones. Este año fue condecorado con la Legión de honor, la más importante de las distinciones en este país, y en los últimos días el Pompidou-Metz inauguró una obra monumental, recientemente adquirida por el establecimiento, que pasa a formar parte de su exposición permanente Phares (dura dos años). Le Parc comparte el espacio con Picasso, Fernand Léger, Joan Miró, Yan Pei-Ming y Anish Kapoor, entre otros.

“Creo que Julio creció con una generación de curadores franceses que luego miró hacia otro lado -explica la directora de programación del Pompidou-Metz, Hélène Guenin-. El campo del arte se volcó hacia otras problemáticas. Hoy hay toda una nueva generación de curadores que vuelve a interesarse en el trabajo de reflexión de los cinéticos. Julio es un gran artista, siempre lo fue. Y tuvo un recorrido internacional. Hay algo muy actual en su obra. Durante los años 60, la consigna del movimiento artístico que fundó era la emancipación del espectador, darle la espalda al arte burgués y girar hacia nuevas experiencias y hacia la reflexión de la exposición como territorio de experiencias en todo sentido. Todos ellos, aspectos muy presentes en la actualidad.”

El renovado reconocimiento del país en el que eligió instalarse en 1958 lo proyectaron a la escena internacional, y ahora los proyectos se multiplican. El mundo redescubre a Le Parc. “A lo mejor me consideraban revoltoso, pesado con las instituciones. Pero es sin razón. Cuando intervine no era para molestar, sino para proponer mejoras en el sistema de difusión del arte contemporáneo, que a los artistas se les diera participación y que no quedara todo en manos de un director”, reflexiona el mendocino.

La exposición Le Parc Lumière, que se exhibe en el Malba hasta el 6 de octubre, se presentó primero en Casa Daros, en Río de Janeiro. Su trayectoria acaba de ser distinguida por la Academia Nacional de Bellas Artes y prepara una exposición en Miami, además de una versión monumental de su Continuel Mobile (1963) para un edificio del millonario promotor inmobiliario Jorge Pérez. Falta ahora que la Argentina edite un libro sobre su obra. Lo hicieron en Francia, en Suiza y en Alemania, pero no en su propio país.

El Pompidou-Metz fue el primero en volver con la obra de Le Parc. En 2011, en el marco de una exposición sobre la desorientación en la historia del arte, los curadores deseaban presentar la búsqueda que los cinéticos habían hecho alrededor de la pérdida óptica en los años 60. “El encuentro con Julio fue magnífico y la visita al atelier fue un gran momento. Enseguida se impuso la evidencia de que no podíamos presentar sólo una o dos de sus obras. Teníamos que dedicarle una sala entera”, recuerda Guenin, que trabajó en colaboración con Guillaume Désanges. Los curadores llegaron al atelier de Le Parc invitados por Yamil. El hijo menor había decidido volver a vivir a París cuatro años antes para ocuparse de la obra de su padre. “Lo veía muy solo y con mucho trabajo. Arrastraba prestigio sin sacar beneficios. Volví y me puse a ordenar todo. A Julio le angustiaba que yo ordenara. Le expliqué, puse etiquetas, instalamos una sala de luz que sirviera de showroom para las visitas y empecé a invitar gente”, relata Yamil.

Durante aquel vernissage en el Pompidou-Metz, quien sería el presidente del Palais de Tokio lo intercepta en una de las salas oscuras. Le Parc no sabía ni quién era. Jean de Loisyle transmite su interés en exponer sus obras en un espacio normalmente destinado a artistas jóvenes. Prevista inicialmente sobre 500 metros cuadros, la exhibición se extiende finalmente sobre 2000, en los que se presentan 120 obras. Fue un éxito de 170 mil visitantes.

La curadora del Palais de Tokio, Daria de Beauvais, afirma: “Fue un redescubrimiento total del público, de los medios, de los especialistas, que enseguida entendieron que se trataba de un artista muy actual. Fue un flash. Julio es genial, de una modernidad absoluta. El tiempo pasa, las modas cambian, y la historia del arte está hecha de redescubrimientos. Su trabajo es atemporal y este redescubrimiento colectivo es muy merecido. Volvió al centro de la escena en Francia. Arrancó de nuevo”.

El mendocino está contento con todo lo que pasa a su alrededor. “Antes había una mala relación con las instituciones francesas. Fue un momento difícil, pero ya pasó. Y ahora le encanta porque todo es dinámico. Le dicen sí a todo. A él no le gusta esperar”, confiesa Yamil, mientras su padre juega con los espejos que agrandan la imagen y el fotógrafo captura el momento. Cuando se cansa de estar parado y se sienta a descansar brevemente, todo parece apagarse un poco. Al igual que sus obras, Julio despierta energía.

Le Parc llegó a París a fines de los años 50 con una beca de ocho meses que luego fue renovada. En Palmira, donde nació en el seno de una familia de clase obrera, estaba acostumbrado a trabajar de lo que fuera. Antes de terminar la primaria, iba por las tardes a un taller de bicicletas donde arreglaba las ruedas, las centraba y cambiaba rulemanes. También trabajó en un pequeño taller que fabricaba cajas para las frutas. Durante su paso por la Escuela de Bellas Artes estudiaba de noche y trabajaba de día. “Me iba a la mañana de aprendiz, pasaba por casa a comer, volvía a la fábrica a trabajar, tomaba un submarino con un pan con manteca y después iba a la escuela de 7 a 11 de la noche. Cuando llegué a París con la beca tenía la sensación de tener todo el tiempo del mundo para mí. No lo iba a derrochar”, rememora Le Parc.

A Martha la conoció en la Escuela de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón. No bien desembarcó en París, le pidió que se viniera. Sus padres, sirios italianos, no la dejaban. Julio tenía casi 30 y Martha, 21. Se casaron por procuración. Ella, en Buenos Aires, vestida de novia, brindando con una copa de champagne y una foto de él sobre la torta de casamiento, y él en París. Una tía le regaló el pasaje en barco y llegó tres semanas más tarde, con el vestido de novia. Esta vez, para la foto de la pareja ya unida, que enviaron a sus padres.

Se instalaron en una chambre de bonne -cuartos pequeños, en el último piso de los edificios burgueses, destinados al servicio doméstico y luego habitados por los estudiantes en busca de alquileres poco costosos- en la rue Garancière, a metros de los jardines de Luxemburgo. Martha se embarazó rápido y al poco tiempo ya eran cuatro viviendo bajo ese techo. “En los 60 no había lugar para lo que habíamos empezado a desarrollar en Buenos Aires. Por eso empezamos a trabajar en grupo, técnica ya iniciada con (Francisco) Sobrino y (Horacio) García Rossi. Nos juntamos con franceses (François Morellet, Pierre Yvaral y Joël Stein) y creamos el movimiento (se refiere al GRAV, grupo de investigación de arte visual que preconiza el abandono del lirismo subjetivo, la participación del espectador y la simplicidad de las formas). Aparecían exposiciones en Alemania, Holanda y Yugoslavia, y participábamos con el afán de encontrarnos y confrontar ideas. La tendencia de los artistas geométricos, cinéticos o constructivistas había estado de moda años atrás, pero para el 64 o 65, quienes exponían eso ya eran considerados retrógrados. Ello no impidió desarrollar ideas, avanzar y no morirse de hambre. En mi caso, la preocupación de venta era si era suficiente para continuar. Había que ajustarse a lo que era posible”, relata Le Parc.

Y en ese entonces, además, ya con dos hijos.

Martha tenía paciencia en adaptarse a las condiciones. Llevaba a los nenes a jugar a los jardines de Luxemburgo. Y yo me iba al taller del Marais que alquilábamos entre todos los del movimiento. Quería cortar cartón, madera, hacer cosas, y necesitaba un lugar. Tardé tres meses para poder comprar una maquinita que cortara madera sin hacer ruido. Compartíamos el lugar y todo lo que comprábamos. Nos encontrábamos una vez por semana, pero yo estaba ahí todos los días

Para el nacimiento del tercer hijo, Yamil, la familia se muda cerca de la Bastilla, arriba de lo de Antonio Berni. En los 70 la pareja compra una casa en Antony, al sur de París, cerca de donde hoy está instalado el aeropuerto Orly. “Se hacían muchos asados. Me acuerdo de Mercedes Sosa y Astor Piazzolla. Todos los intelectuales venían a ver a Le Parc que les daba una mano, pero también a debatir sobre la situación del país”, recuerda Yamil. Con el tiempo Julio compró el lugar donde vive y trabaja hoy, que en aquella época era una fábrica abandonada. La fue refaccionando de a poco. Hoy todos, salvo Juan, que vive en Bali, están instalados en este refugio del sur de París. La familia unida bajo el mismo techo era el sueño de Le Parc.

El mendocino visita las exposiciones de compatriotas en la galería de la embajada argentina o en la casa argentina, en la ciudad universitaria, pero no mucho más. Sale poco y trabaja todos los días hasta las 20. En 1973 compró una casa en la Argentina. Quería tener un taller, ir más seguido y poder vivir con la familia. Pero cuando la situación se puso peor no volvió por once años. Siempre que vuelve se adapta inmediatamente al clima, al olor de las calles, a la gente y al movimiento. No se siente un extranjero. Y esa idea de hacer un puente reaparece, pero asume que es cada vez menos realista.

Parece realizado con lo que tiene: la familia, los asados, las milanesas caseras, el trabajo diario y, por si fuera poco, el reconocimiento de los franceses. Esta vez, para quedarse..

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