Adiós al manicomio: cómo viven hoy los enfermos psiquiátricos en la Argentina

La nueva ley de salud mental busca reducir los tiempos de internación y prohíbe abrir neuropsiquiátricos; antes, los pacientes pasaban décadas hacinados y sobremedicados; hoy, se busca que puedan seguir sus tratamientos en forma ambulatoria

Por Verónica Dema | LA NACION Jueves 04 de septiembre de 2014

Una mucama abre la puerta de La Casa, hostal de medio camino. En la primera sala, una nube de humo vuelve todo azulado. Cuatro “huéspedes”, como los llaman en este particular hostal de Palermo, fuman sentados en un sofá frente a un televisor. Hay ceniceros cargados de colillas en la mesa ratona, algún vaso con agua y, más allá, una mujer pedalea en una bicicleta fija. Demasiado extrañados, no atinan a saludar a las visitas. En el living comedor, otro televisor encendido; en frente está Guillermina, que juega al dominó sin prestar atención al último policial de TN. En el patio se alcanza a ver a Ramón, que se prepara para lijar unas puertas.

Las psiquiatras Patricia Dotta y Virginia Martínez son las directoras de esta institución que forma parte de las llamadas “casas de medio camino”. Se trata de un espacio privado que se abrió hace casi siete años para pacientes psiquiátricos que no necesitan una internación aguda, pero que tampoco están en condiciones de volver a sus casas a vivir solos. Para ellas, que desde hacía años trabajaban en neuropsiquiátricos, estos espacios en donde las personas tienen la libertad de salir y valerse por sí mismas eran una necesidad. Por el sistema de “manicomialización” histórico de la Argentina, la mayoría de los pacientes psiquiátricos pasa 30, 40 o 50 años internada en un hospital que los aísla por su patología, que se vuelve crónica y que, en general, no les permite reinsertarse socialmente.

En esta dirección legisló la nueva ley de salud mental (N°26.657), promulgada en 2010, reglamentada en 2013 y cuya aplicación efectiva se inició este año. Se creó la Dirección Nacional de Salud Mental y se establecieron mecanismos para favorecer la atención ambulatoria y servicios de inclusión social y laboral: en esta ley se fomenta la creación de casas de convivencia o residencias compartidas entre varios pacientes con asistencia profesional (la idea es suplantar al neuropsiquiátrico), casas de medio camino, de gestión pública o privada (que contienen tanto a personas que podrán lograr su independencia tras un tratamiento, como a quienes podrían vivir allí de por vida) y hospitales de día (donde aprenden oficios). También se limitan las internaciones, que no pueden prolongarse para resolver cuestiones sociales o de vivienda del paciente y, en caso de realizarse, deben concretarse en hospitales generales, ya no en neuropsiquiátricos, que tenderán a achicarse: la ley prohíbe la creación de nuevos manicomios).

La directora de Salud Mental de la Nación, Matilde Massa, reconoce que los espacios intermedios eran una necesidad y considera que se requiere un cambio cultural para lograr esta nueva mirada de la salud mental. “Hasta ahora, muchos permanecen en neuropsiquiátricos porque no tienen adónde ir, no porque necesiten un tratamiento psiquiátrico. Los dispositivos residenciales vienen a suplantar el neuropsiquiátrico”, dice a LA NACION. Reconoce que el común denominador en estos grandes hospitales es el hacinamiento, la sobremedicación “para que no molesten”, las internaciones prolongadas, la permanencia en un lugar despersonalizado que no da cabida a proyectos propios.

Con esta mirada coincide la coordinadora de los centros de salud mental comunitarios de la provincia de Buenos Aires, Graciela Negri, que opina: “Los pacientes que entran en crisis, se los puede tratar y en 48 horas se estabilizan; en quince días pueden estar externados, no hace falta más tiempo. Antes la filosofía era tenerlos 30 años internados. Después de estar aislados del mundo ese tiempo ya era imposible reinsertarlos en su vida cotidiana”. Y hace hincapié en el cambio cultural emprendido, que debe involucrar a toda la sociedad.

LOS ESPACIOS DISPONIBLES

Según el registro oficial, en la Argentina hay 391 neuropsiquiátricos (56 de éstos son públicos). Si bien aún se está confeccionando la nómina de las nuevas casas de medio camino y de residencias particulares que funcionan con expacientes de neuropsiquiátricos, se conoce que hay al menos 20 casas en las localidades bonaerenses de Luján y Torres, dependientes de la Colonia Montes de Oca; sólo en La Plata hay ocho residencias particulares más; en la ciudad de Buenos Aires hay al menos cinco casas privadas de medio camino y algunas experiencias de casas que alquiló el Estado. También en varias provincias se avanza en proyectos en esta dirección.

Como parte del proceso, no se abrieron nuevos neuropsiquiátricos y los que hay empiezan a desocupar camas: por ejemplo, el Montes de Oca redujo su ocupación de 973 internados en 2003 a 502, según datos aportados por el responsable de comunicación del lugar, Federico Maggio; en el Melchor Romero, de La Plata, los 3500 pacientes históricos bajaron a 600, informó la coordinadora bonaerense de los centros de salud mental.

La provincia de Chaco es emblemática: allí no hay neuropsiquiátricos públicos. En diálogo con LA NACION, la directora provincial de salud mental de Chaco, Gloria Reyero, comenta que se empezó a reemplazar la lógica manicomial por la demanda de residencias particulares. A través de un convenio entre Salud y el Instituto Provincial de la Vivienda lograron gestionar hace dos años y medio las primeras dos casas para expacientes en la ciudad de Resistencia: una para pacientes crónicos y otra para inimputables, es decir, con problemas delictivos. Y explica: “Es interesante fomentarlos a elegir los muebles, las sábanas, la vajilla. Hay un equipo multidisciplinario que los visita, pero se manejan solos. Viajan en colectivo, van a talleres a un hospital de día”.

(Trailer del documental Seguir rompiendo muros, que refleja el proceso de externación en Chaco)

Habla de la resistencia del barrio donde pretendía instalarse una de las casas. “Cuando supieron que eran pacientes con problemas con la justicia se movilizaron pidiendo que no se abriera, entonces tuvimos que postergar el proyecto”, cuenta Reyero. “Se la usa durante el día pero no para vivir como era la idea inicial”. La funcionaria habla de las dificultades con que se encuentran no sólo entre los vecinos sino también con los jueces. “El diálogo con los jueces es complicado porque señalan que si habilitan estas casas en contra de los vecinos se ponen a la sociedad en contra”, dice.

Uno de los desafíos es ir quitándole al enfermo mental el estigma de la peligrosidad. “Al miedo de los vecinos hay que ir trabajándolo en asambleas”, propone la directora de salud mental de la Nación. Dice que con los 107 equipos territoriales multidisciplinarios que recorren el país, además de fortalecer la atención primaria para prevenir en salud mental (hacen talleres de prevención de suicidio, trabajan con el consumo excesivo de alcohol, visitan a padres que sufrieron pérdidas de hijos para evitar depresiones profundas, etc), explican a los ciudadanos que los pacientes externados no están solos, que están controlados, que no son peligrosos. “Después son los mismos que tenían miedo los que están tomando mates con ellos”, dice.

En las casas de medio camino privadas que visitó LA NACION -El Hostal, Centro Psicopatológico Aranguren, La Casa- los “huéspedes” no son más de 18 y el cupo está casi siempre cubierto, sobre todo, después de la efectiva aplicación de la ley. En esos hogares comunitarios nunca están solos. Al servicio básico de mucama, cocinera y maestranza se le suma el soporte psicológico y psiquiátrico, según los casos, y personal vinculado al arte y a la capacitación en oficios. Además, hay acompañantes terapéuticos para quienes requieran en sus salidas al trabajo (aquellos que ya consiguieron un empleo), al gimnasio, a la peluquería, a tomar un café, a cenar, al teatro, a algún curso que cada uno elija. El nivel económico de quienes contratan este servicio es alto: puede llegar a costar unos mil pesos por día, aunque las prepagas realizan reintegros.

En el ámbito público, lo que más se desarrolló es el modelo de residencias, es decir, casas que alquila el Estado o, directamente, expacientes que hacen una vaquita con sus pensiones o sueldos, si trabajan, y así financian mensualmente un lugar donde vivir. En ambos casos el Estado está presente con el aporte de mercadería, de medicamentos, del servicio de profesionales de salud mental y, en algunos casos, de personal de limpieza. Los casos son tan diversos como el grupo que se arme. También está el soporte de los centros diurnos, donde muchos expacientes van a aprender artes y oficios, una posible salida laboral. Las casas de medio camino, por ahora son casi una exclusividad desarrollada por el sector privado.

LA FILOSOFÍA DE AISLARLOS

La Colonia Montes de Oca, fundada en 1906, fue hasta hace menos de diez años una pequeña ciudad que se autoabastecía. La intención era que los pacientes no tuvieran necesidad de ningún contacto externo. Aislarlos. Aún hoy ese complejo de pabellones de internados con discapacidades mentales y problemas psiquiátricos es una minialdea: trabajan allí 900 personas, hay centros de día donde se reúnen a trabajar, un espacio para los ancianos, comedor, sanatorio, un taller mecánico, lavandería, una capilla, guardería para los hijos de los empleados y un tambo. Hasta un colectivo urbano tiene allí una parada y cientos de vehículos recorren a diario las calles internas de ese predio de más de 200 hectáreas. Sin embargo, empieza a abrirse.

En 2005 se creó el primer centro de día fuera del predio de la Colonia, también en la localidad de Torres; allí, 17 pacientes realizaban huerta, artesanías, cocinaban; otros, debieron partir de aprender a manejar los cubiertos, a lavarse los dientes, a higienizarse, algo olvidado en la internación eterna. Quienes vivieron esa experiencia inédita para el Montes de Oca, pacientes con 30 años de internación en promedio, ya no quisieron regresar al encierro. Así surgió el proyecto de crear la primera residencia: la institución buscó una casa en Torres para cinco de ellos. A esa le siguieron otras y hoy ya son 20 las casas que involucran a 89 exinternados (16 de estas casas son alquiladas directamente por sus ocupantes y la Colonia sólo visita el lugar para dar apoyo psicológico a quienes aún lo necesitan, pero no aportan fondos públicos).

Durante el día, algunos trabajan por su cuenta y otros asisten a uno de los diez centros de día dependientes de la Colonia. Como Roberto y Gustavo, que hoy son los cuidadores de la granja en el centro Yenú Aikén (Amigos de la vida). Allí, entre jaulas, corrales y huertas, muestran los frutos de su saber: se ven conejos, codornices, patos, gansos. Más allá, un invernadero con plantines. “Hacemos visitas guiadas a chicos del colegio”, dice Roberto. “Vendemos los huevos”, acota su compañero de trabajo y de casa. La coordinadora del espacio, Romina Caricato, con una cuota de paciencia, rectitud y cariño, es una pieza central en el engranaje de ese espacio semirural. En el portón de entrada, otros tres externados instalaron una mesa donde venden adornos que aprendieron en un taller. Otro de los cursos dependientes de la Colonia es A todo trapo, un emprendimiento que elabora alfombras y trapos de piso que venden en ferias en Luján y, también, casa por casa en Torres.

A unas cuadras de allí está Víctor Hugo Díaz, recién llegado del trabajo: vende ropa a domicilio. Ya ni recuerda el tiempo de los brotes psicóticos que lo tenían medicado. Vive con otros cinco compañeros con los que compartió gran parte de su vida en la Colonia. Habla de su novia, de la visita de su familia cada tanto, de los asados entre amigos en la casa. No quiere saber nada con volver. No se queja de lo vivido, pero ni se quiere acordar y parece no entender muy bien qué lo retuvo ahí dentro durante media vida.

La vida humilde de Víctor Hugo en su casa bautizada “Los Tilos” en Torres. La vida holgada, con cafés, teatros, salidas de compras de Guillermina en el Hostal La Casa, de Palermo. Cada uno en su mundo comparte la ilusión de no volver a internarse y, también, la necesidad de sentir a sus familias cerca. Cuando la enfermera Paola Asselbón, supervisora del servicio en el Montes de Oca, cuenta que de los 15 años que hace que trabaja allí conoce a menos de la mitad de los familiares de sus pacientes, se entienden algunos gestos de quienes aún deambulan por los pabellones. Deambulan y esperan..

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