“Uno llega a los setenta y empieza a sospechar que no es inmortal”

Entrevista con Giovanni Sartori

“Uno llega a los setenta y empieza a sospechar que no es inmortal”
Con noventa años recién cumplidos, el célebre politólogo italiano sólo lamenta no poder seguir trabajando al ritmo que lo hizo siempre, recuerda a las grandes figuras de la política internacional que ha conocido y afirma que la clave de su exitosa trayectoria personal y profesional consiste en una adecuada combinación de casualidad, buena suerte y obstinación

Por Paolo Conti | Corriere de la Sera
Viernes 20 de junio de 2014

“Cuando uno es joven, no piensa en eso. Después uno llega a los setenta y poco a poco, empieza a sospechar que no es inmortal. A mí mal no me fue. Cumplí noventa. Pero ahora la salud claudica. Y si el cuerpo no está sano, todo empieza a andar mal.” La casa de Giovanni Sartori y su mujer, Isabella Gherardi, en Roma, detrás de la Plaza Farnese, está inundada de sol y de los divertidos cruces de palabras de los cónyuges. Un espectáculo para unos pocos elegidos, enmarcado por los libros del autor y por las bellas obras de la artista, luminosas como el cielo sobre las cúpulas barrocas.

-¿Por qué dice que todo empieza a andar mal?

-La hipotensión me impide trabajar al ritmo de siempre. Me enerva no poder trabajar como lo hice toda mi vida.

-Una vida vivida con energía, ironía, inteligencia y éxito. ¿De dónde nace todo eso? ¿Es cuestión de carácter? ¿Están inscripto en el ADN?

-Hace unos años, escribí un breve ensayo que ahora acompaña la nueva versión de mi biografía, Caso, fortuna, ostinazione (Casualidad, suerte y obstinación). La clave está en el título.

-¿Qué peso tuvo ser florentino, haber nacido en Florencia?

-Mucho. Hasta el 1900, Roma era una pradera de pastoreo y las ovejas abrevaban en Plaza Navona. Yo, en cambio, nací y crecí respirando el aire de Prezzolini y de Papini.

-Sobra decirlo, pero es el mismo aire que respiró su amigo, Giovanni Spaldolini.

-Llegamos juntos, por más que Spaldolini era un año más joven que yo. Como era precoz y grafómano, él ya había colaborado, incluso de chico, con Italia e civiltà, de Giovanni Gentile. Tras la caída del fascismo, me tocó a mí (entonces era presidente de la organización estudiantil) defenderlo de quienes querían purgarlo. Yo dije que Spaldolini escribía desde siempre, pero no porque fuera fascista, sino porque era mejor escritor que nosotros. Me dieron la razón y no lo tocaron. Nos reencontramos en una universidad casi vacía, en la que casi todos los profesores estaban siendo investigados bajo sospecha de fascismo. En 1950, Giuseppe Maranini, entonces decano de la Facultad de Ciencias Políticas “Cesare Alfieri”, sintió la necesidad de incorporar profesores jóvenes. En una reunión del Consejo de la facultad, dijo: “¡Descubrí a un genio que se llama Giovanni Spaldolini!”. Y así, en una misma sesión del Consejo, los dos fuimos nombrados profesores. A mí me dieron la cátedra de Historia de la Filosofía, porque tenía fama de filósofo. Había devorado la obra de Kant, todo Benedetto Croce y mucho Hegel, durante los seis meses que estuve en la clandestinidad, escondido en un cuarto. A partir de entonces, Giovanni y yo quedamos unidos y fuimos amigos durante toda la vida.

-¿Qué característica recuerda de su personalidad?

-Recuerdo por ejemplo su capacidad, en sus años como senador, para hablar por teléfono, escribir y discutir con la gente, todo al mismo tiempo. Parecía un ciempiés.

-En su larga carrera, también aparece el Congreso de Estados Unidos. ¿A cuántos presidentes norteamericanos conoció?

-A Nixon, Carter, Reagan y Bush padre.

-¿Cuál era el más antipático?

-Carter. Recuerdo una reunión de la Comisión Trilateral en Tokio. Carter todavía no era presidente. Pero tengo el recuerdo vívido de un hombre siempre dispuesto a impartir alguna lección, algo que le ganaba la antipatía de muchos. En el hotel, durante las comidas, todos le escapaban. Tampoco era demasiado inteligente, como quedó demostrado con el fracaso del operativo para liberar a los 52 rehenes norteamericanos de la embajada de Teherán. “No quiero ni un muerto”, dijo. ¿Cómo podía pretender que un operativo semejante fuese indoloro? ¡Por favor!

-¿Y el más preparado e inteligente?

-Nixon. Era muy acomplejado y paranoico, y su manía persecutoria lo llevó al escándalo de Watergate. Pero era inteligente, preparado, rápido para el análisis. Y tenía noción de Estado. Durante el escrutinio de 1960, Nixon parecía ir ganando (según los sondeos). Pero Joseph Kennedy, el padre de John, llamó a su amigo Richard J. Daley, alcalde de Chicago, que le acercó los votos necesarios. Nixon se enteró, pero no quería un escándalo. Sufrió en silencio una derrota inmerecida.

-¿Y Ronald Reagan, el actor presidente?

-En su California, era invencible. Hasta les ganaba en los encendidos debates a los estudiantes progresistas de la Universidad de Stanford. Pero perdía no bien entraba en Nevada. Lo traté y hablé con él muchas veces en la Hoover Institution de Stanford, y me pareció que ya estaba un poco arterioesclerótico. Y sin embargo, conquistó la Casa Blanca dos veces. Reagan fue también el presidente que ganó la Guerra Fría desde una mesa, convencido de la teoría de la Guerra de las Galaxias de Edward Teller, padre de la bomba termonuclear. Reagan le creyó y dio vía libre al rearmamentismo. La Unión Soviética hizo sus cálculos y llegó a la conclusión de que tecnológicamente no podía ganar la contienda. ¡Pero la Guerra de las Galaxias era un invento de Teller! Me lo dijo él mismo, confidencialmente, por supuesto.

-¿Es cierto que Nancy Reagan solía consultar a quirománticos?

-Es cierto, pero lo que es falso es que sus sesiones de quiromancia influyeran realmente en su marido. Reagan tenía muy buen instinto propio.

-Hay una leyenda sobre un encuentro suyo con Jacqueline Kennedy.

-De leyenda no tiene nada. Ella había enviudado hacía poco, y nos encontramos en la villa real de Marlia, en Lucca, huéspedes ambos de la condesa Pecci Blunt. Me acerqué a ella y jugué la carta de la ironía: “La señorita Livingstone, supongo”. Era para subrayar su fama, su celebridad. Ella me miró atónita, sin entender, y se escabulló rápidamente. Su reacción me dejó de una pieza.

-Usted es muy amigo de Kissinger. ¿Cómo es desde el punto de vista humano?

-¿Desde el punto de vista humano? ¡Para enterarse habría primero que atravesar su coraza! Nos conocimos en Harvard, cuando tuve mi primer cargo docente en Estados Unidos. Su fuerte acento alemán, que conservó toda su vida, arrancaba sonrisas. En cada entrevista por televisión y ante cualquier pregunta, contestaba con marcada entonación germánica: “Ése es un gran problema” (y aquí Sartori lo imita a la perfección, alentado por Isabella). Terminada la presidencia de Nixon, se llamó a silencio. Lo entrevisté hacia fines de 1977, cuando junto con el Instituto Norteamericano de la Empresa organizamos una convención para discutir el eurocomunismo, en momentos en que los eventos ocurridos en Chile habían espantado hasta a Enrico Berlinguer y al PC de entonces. Kissinger aceptó mi invitación y habló delante de un auditorio colmado. Y a partir de ese momento, no paró más.

-Venimos hablando de grandes personajes de Estados Unidos. Volvamos a Italia. Es inevitable recordar a Gianni Agnelli, el italiano más famoso del mundo durante décadas.

-Nos conocimos cuando éramos chicos en Forte dei Marmi, en el caserón de los Agnelli, y nos hicimos amigos para toda la vida. Tenía una presencia extraordinaria, una gran valentía diplomática, y por sobre todas las cosas, era un verdadero señor. En Estados Unidos era sumamente respetado. Cometió un solo error grave: despedir a Ghiadella, renunciar al diseño de los autos, a los modelos innovadores. Veo que ahora, por suerte, Fiat ha enderezado el rumbo.

-¿Y qué característica humana recuerda de él?

-Uno lograba concitar su atención durante tres minutos, y después, se acabó. Por más que uno le hablara del inminente fin del mundo, él dejaba de escuchar.

-Finalmente, Oriana Fallaci. Otra gran florentina.

-Con ella también nos conocimos de chicos. Era bastante linda, así como después fue una grande y bella mujer. Una periodista extraordinaria. Con la entrevista que le hizo al presidente de Chipre, Makarios, le alcanza para entrar en la historia, y no sólo del periodismo. Sobre su lucha contra el cáncer recuerdo varios detalles muy dolorosos. Quise ayudarla, pero en vano. Ella era así. Creo que soy la única persona con la que Oriana nunca se peleó. Por ella se peleaba con todos.

-¿Encuentra talentos políticos en la Italia de hoy?

-La verdad que no. Es la reproducción de la misma política de siempre, que ahora se ha dejado infiltrar por la mafia. Conozco bien Europa Occidental y puede decir que tenemos el peor sistema de reclutamiento político del continente.

-¿Remordimientos? ¿Cuentas pendientes? ¿Oportunidades perdidas?

-No sabría responder. Es una pregunta que nunca me hice..

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