“No tenías que haber ido sola: me llamás y listo”

En el reproche del hijo adulto al progenitor anciano suelen latir la incomprensión, la prisa, las brechas generacionales y también –advierte la autora de esta nota– el rencor por “los años infantiles en que ellos decidían por nosotros, terciaban entre hermanos y nunca nos gustaba el veredicto” y, “más inconscientes aún, las nostalgias del paraíso perdido, del suministro permanente”.

Por Gloria Gitaroff
Página/12
27.3.2014

Tarde de verano, mesas en la vereda, café y diarios. En la mesa contigua, una mujer, ¿75, 80?, y su hija, ¿50, más? La madre tiene un vestido claro, celeste como los ojos, y el pelo plateado, por supuesto que no de tintura sino de canas. La hija, espléndida como saben serlo ahora las mujeres de su edad, tiene un celular en la mano.

La que yo supongo la madre está replegada en el asiento, como pidiendo disculpas: se ha portado mal, aunque no parece saber a ciencia cierta qué es lo que hizo de malo, y arriesga una tímida defensa que no alcanzo a escuchar, pero que no es aceptada.

–No tenías por qué haber ido sola –ha contestado la hija–. Me llamás y listo, yo te acompaño.

Si la señora está ahí, no debe de haber sido tan grave lo que hizo, es indudable que pudo ir y volver, pienso tomando partido, más bien por una cuestión gremial, del lado de las madres.

La voz de ella me resulta inaudible. La de la hija, en cambio, me llega claramente.

–No veo la necesidad de que hagas lo que se te dé la gana y no me importa que la tía te diga lo que te diga.

Mientras pienso que es cierto que los adultos mayores necesitan ayuda, también es cierto que no son chicos, como a veces se dice de ellos, y empiezo mentalmente a escribir lo que sigue.

Le cedo la palabra al pintor y escultor español Antonio López, que en una entrevista reciente (en http://www.march.es/videos/?p0=249&l=1) habla, a los 77 años, de su propia vivencia acerca de su edad. Dice que, a pesar de sentirse feliz por haber elegido algo que le ha gustado y le ha seguido gustando toda la vida y lamentar que otros no tengan esa suerte, aunque tiene una buena salud, le pasan cosas: hay amigos que se han muerto, le duele la sociedad actual y, en todo caso, “es una edad en que la vida te hace vivir cosas ásperas”.

Ahora bien; es sabido que es muy difícil para las personas más jóvenes tener una clara noción en cuanto a de qué asperezas habla alguien mayor, ya que es una experiencia que todavía no les ha llegado (y es más difícil todavía si se trata de su madre o su padre). Incluso los viejos van aprendiendo el oficio de serlo a medida que lo viven, porque tampoco han tenido antes esa experiencia.

Está además la brecha generacional entre padres e hijos, y ahora la cuestión se complica, porque han aparecido nuevas categorías. Son las de nativos informáticos, o por adopción, versus forasteros resistentes: jóvenes que saben cómo moverse en Internet y viejos que no saben, o al menos que les cuesta más aprender.

Un paciente me dice de su padre que, por más que le insista, no lo escucha, él sigue yendo al banco en lugar de hacer los trámites por Internet, si ahora todo se puede hacer por Internet. Lo que no se puede hacer por Internet es entender que cada persona tiene preferencias, marcadas por su historia, sus aficiones y su momento vital. No hay una única manera de hacer las cosas, aunque por lo general a cada uno le parezca que la propia es la más sencilla, eficaz y adecuada.

Tal vez si la hija de la mesa del café le hubiera preguntado a su madre por qué fue sola, se habría enterado de que le gusta seguir caminando por ese recorrido que siempre hizo y que quiere comprobar cada día que puede seguir haciéndolo a su propio paso, ya que de tanto en tanto le preocupa la posibilidad de que algún día no pueda; que le gusta charlar de pasada con el diariero, o que prefiere que su hija no la acompañe, con la mejor de las voluntades pero apurada y pensando en otra cosa, porque la hija está en la edad en que tiene que ocuparse de muchas cosas a la vez.

O, si mi paciente le hubiera preguntado a su padre por qué no quería hacer los trámites por Internet, él le podría haber explicado que le lleva un tiempo precioso (el valor del tiempo aumenta con la edad), que le fastidia cuando no logra el resultado que pretende y que, en definitiva, le hace mucho mejor salir y encontrarse con otros que estar sentado frente a la computadora, que como todos sabemos es caprichosa y siempre se sale con la suya.

Hasta aquí, ciertos aspectos de la cuestión, pero hay otros, más profundos, y es que el reproche a nuestros padres late en cada uno de nosotros, los hijos adultos, como respuesta inconsciente a aquellos años de larga dependencia infantil en que ellos decidían por nosotros, terciaban entre hermanos y nunca nos gustaba el veredicto, nos despertaban para enviarnos al colegio, decidían nuestros sí y nuestros no, y más tarde, aun cuando ya no lo hacían, dejaban plantada su posición y sus advertencias.

Pero también, cuando los hijos llegan a grandes se enfrentan con los propios errores y dificultades, con lo que hubieran querido hacer y no hicieron o no pudieron, cuestiones que suelen ser (engañosamente) más llevaderas si se puede pensar que fue por culpa de nuestros padres, que si hubieran sido más inteligentes, más comprensivos, más cariñosos o más lo que fuera, la historia propia habría sido mejor.

De vez en cuando renacen los reproches infantiles o, más inconscientes aún, las nostalgias del paraíso perdido del mundo prenatal, del suministro permanente. Nada faltaba sin tener siquiera que pedirlo.

Cuando esto sucede, nunca parece tarde para reprochárselo a los padres (incluso cuando ya no están) y así aliviarse de responsabilidades. Como si, más allá de la edad, los hijos siguieran guardando dentro de sí a aquellos adolescentes rebeldes y contestarios. Pero lo que incomoda del pasado no es posible modificarlo, por más que se les reproche a los padres. Si, en cambio, se admite lo sucedido como propio, quizá se podrá evitar la repetición de algunos errores con los hijos en el presente, aunque, de todos modos, alguna vez ellos también encontrarán, ya adultos, lo que tienen para reprochar a sus padres.

* Miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA).

http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-242721-2014-03-27.html