Mirar a la cara a un viejo tabú sin privarse de usar todos los colores

POR GUIDO CARELLI LYNCH

Un libro retrata a las huéspedes del único refugio oficial para prostitutas de la tercera edad en Latinoamérica.

Clarín
02.02.2014

NOTA: Nos parece muy discriminatorio hablar de “refugio” para un hogar de personas mayores, no importa cual haya sido su pasado.

Cuando Carmen Muñóz tenía 11 años un psicópata la secuestró y la violó. Sus padres, para compensar el daño irreparable de que su hija hubiera “perdido el honor”, la casaron con su violador. La prostitución fue la salida que Carmen encontró para darle de comer a sus hijos y dejar atrás las golpizas de su marido. Desde entonces, Carmen es prostituta en Tepito, unos de los barrios más peligrosos de México. Hace diez años, mientras caminaba en busca de clientes, se topó con otras colegas: eran señoras mayores, que estaban durmiendo en la calle. Se dio cuenta como nunca antes de lo que les esperaba a las mujeres de su profesión cuando llegaban a cierta edad y decidió hacer algo. Así nació la Casa Xochiquetzal, el primer refugio para prostitutas auspiciado por un Estado latinoamericano.

“Carmen es muy lúcida; tiene los pantalones bien puestos –como decimos en México–. Ella organizó a las señoras y llegó a negociar con el Jefe de Gobierno. Le pidió que les dieran un lugar dónde pasar sus últimos días y lo consiguió”, explica vía mail la periodista mexicana Amanda de la Rosa.

Ella fue la encargada de entrevistar a Carmen y a una docena de sus colegas para recuperar sus historias en Women of Casa X ( Las mujeres de la Casa X), un libro sobrecogedor (por ahora sólo disponible en Internet y en inglés, pero igualmente necesario), que relata la supervivencia del horror y –con un registro artístico– mira a la cara a un viejo tabú. De la Rosa desnudó sus historias y su pasado, pero el fotógrafo británico -el ideólogo del proyecto- Malcolm Venville las desnudó literalmente. “Mi trabajo consistía en ir a Tepito a pasar tiempo con las señoras y ver si sería posible que se dejaran retratar y contaran sus vidas. A veces eran encantadoras, otras eran agresivas o tenían demencia senil. Yo avancé con la investigación, y posteriormente, Malcolm llegó a México. Cuando lo conocieron les llamó mucho la atención porque tiene los ojos azules, traía el cabello despeinado, y lo apodaron El Mechudo . Las fotos iban a ser vestidas, pero apenas una hora después de haber llegado, Venville sugirió que se desnudaran y todas estuvieron de acuerdo –“menos Aurelia –matiza de la Rosa- que no se desviste ni para bañarse”.

En las imágenes saltan a la vista la morbidez de la vejez y las marcas de los años, de las vidas duras –nunca fáciles– de mujeres que utilizaron su cuerpo como herramienta de trabajo de manera consciente, sometidas o alienadas.

Las mujeres de la Casa X –recuerda de la Rosa– han sufrido violaciones, incesto, violencia física, han vivido en las calles, han pasado por hambre y frío, por la cárcel y la muerte de hijos, por adicciones, soledad, y el detalle de tener que acostarse con hasta veinticinco desconocidos diariamente. “Pero al preguntarles qué era lo que más las había hecho sufrir, me sorprendí con su respuesta: “lo que más me duele es el rechazo de los demás”.

Los testimonios –en primera persona– son desgarradores, pero sin golpes bajos: son historias reales, de personas verdaderas. Hay también lugar para experiencias, como la de Guadalupe González, que se acostó con un hombre por primera vez a los 25 –por sugerencia de un médico– y se prostituyó por voluntad propia con inesperado placer, según revela hoy a sus 70.

En Casa Xochiquetzal conviven prostitutas de entre 50 y 90 años que reciben techo, alimentos, ayuda médica y psicológica. Bajo el mismo techo duermen la mujer de un secuestrador, una rica venida a menos que no quiere reconocer que se prostituyó, una piadosa que caza clientes en la basílica de Guadalupe .

Venville tomó las fotos con una vieja cámara de placa. Sujetaba el disparador del obturador, buscaba su mirada o esperaba que revelaran algo en su expresión que me movilizara y disparaba. Hacía como seis tomas, expresaba mi gratitud y nos despedíamos”, revela, desde Londres, Venville. Mientras las mujeres se desnudaban delante suyo, “la cámara resonaba con ellas y las hacía sentir seguras”.

Las razones del fotógrafo –que se gana la vida como director de cine y de comerciales– para embarcarse en este libro son ante todo estéticas. Al sur del Río Grande descubrió un color, que le estaba vedado en Europa y en los Estados Unidos. “Trabajar con el color ha sido siempre un problema para mí. En Occidente el color se ve como una debilidad, los europeos y los norteamericanos detestan color. La mayor parte de la fotografía artística todavía lo evita. En México hay muchas fuerzas invisibles y convergentes. Quiero pasar más tiempo ahí para hacer fotos, porque Occidente se homogeneiza”, intenta explicarse –con palabras que le resultan más esquivas que las imágenes– Venville.

El libro es un retrato de una realidad cruda, de un tabú viejo. “Es antropológico, artístico, documental o periodístico, depende de quien lo consulte”, opina De la Rosa.

No hay que equivocarse: la Casa Xochiquetzal no es una casa de retiro. “Es un refugio para prostitutas de la tercera edad que, en su mayoría siguen ejerciendo la prostitución y tienen clientes. La que menos cobra pide 4 dólares y la más cara, 23 dólares. Y sí, la sexualidad tiene muchos matices”, dice Amanda.

¿Y cómo recibieron el libro estas mujeres?

En cuanto Malcolm me entregó el primer ejemplar, lo llevé a Casa Xochiquetzal. Me encontré con que Carmen ya no trabaja ahí, pues al parecer las mismas señoras la echaron. Hay una nueva coordinadora. Cuando pasaba las páginas, me decía: “la encontramos en la morgue… tiene esquizofrenia… se fue y no regresó… se agarró a golpes con otras señoras y la corrieron”. De las mujeres que posaron para el libro, sólo 5 ó 6 siguen en el refugio. Me dio gusto saber que Guadalupe – una descarada explotadora de hombres, se fue a vivir a Acapulco con su novio.

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