La era de los bises

Los hogares uruguayos cuentan cada vez con más generaciones: los bisabuelos dicen presente.

TOMER URWICZ
El País
23-2-2014

Antes eran fotos en blanco y negro desgastadas o recuerdos idealizados que nadie podía realmente comprobar, o una receta de cocina en un papel ya amarillo, protagonistas de anécdotas de viajes y de barcos llegando desde Europa. Eran casi míticos. Hoy, sin embargo, son cada vez más, y están hechos de carne y hueso. Los bisabuelos, esa ausencia familiar de hasta hace no muchos años, están con nosotros, y en muchos casos cumplen el rol que antes era competencia de los abuelos.

“Vos matás con esas jugadas”, le dice Fanny (83) a su bisnieto Bruno (6), quien le acaba de comer un peón en el ajedrez. El pequeño se ríe y aprovecha una distracción de la Bisi-Bisi (como la llama) para hacerle trampa. A un costado Yenny (60), la abuela, mira de pie, con cierto cansancio de quien terminó de trabajar una hora atrás.

Visto desde afuera, la escena es similar a lo que ocurría hace unos años: un niño juega con su abuela, mientras la madre, trabajadora y activa, aprovecha para distraerse un poco. Lo diferente, en todo caso, es que se agrega una generación. Y con ella cambian los roles.

Fanny es la excusa para que la familia se visite más seguido. Es el anclaje a las raíces y un libro abierto a las historias. Cuenta que un tío sobrevivió a la guerra, que ella nació pocos días antes del primer Mundial de fútbol y que su luna de miel fue cuando Uruguay ganó en Maracaná. Recuerda que se llama así por una abuela a la que no conoció. Y que es especialista en cocinar guefilte fish (albóndigas de pescado) y latkes (buñuelos de papa y cebolla), dos tradiciones que provienen de sus antepasados judíos europeos.

Bruno, por cierto, es quien la actualiza en el uso de la tecnología y la incita a mirar, juntos, las películas sobre dinosaurios. Ella responde con complicidad. Porque si alos hijos se los educa y se les ponen límites, a los bisnietos se los consiente en sus deseos.

En Uruguay no es posible estimar la cantidad exacta de bisabuelos, coinciden varios demógrafos consultados. Sin embargo, algunos datos dan un panorama de que es un fenómeno extendido. En el país hay 220 mil personas mayores de 75 años, edad en que se considera que un alto porcentaje pueden tener bisnietos. En 2070, la cantidad de uruguayos mayores de esa edad superará a los menores de 15 años. De mantenerse esa tendencia, dicen los expertos, habrá más bisabuelos que bisnietos. ¿Por qué? Ya hoy 82% de los adultos mayores son, al menos, abuelos, según datos recientes del Núcleo Interdisciplinario de Estudios de Vejez y Envejecimiento a los que accedió Domingo. Y mientras las cifras de fecundidad y natalidad se enlentecen, la gente vive más y mejores años.

La gran paradoja, explica la psicóloga Mónica Lladó, es que cada vez las personas tienen menos hijos y a una edad más tardía, por lo que “hay un crecimiento familiar en forma vertical y un achicamiento en la horizontalidad”. En otros países envejecidos al igual que Uruguay, como en Estados Unidos, se estima que dentro de 15 años, siete de cada diez niños de 8 años tendrá al menos un bisabuelo vivo, según un estudio de la Universidad de California.

Olivia no solo tiene una bisabuela, también una tatarabuela. Por ahora, con solo un año, no es muy consciente de quién es quién. Pero bien que está presente hasta en el sueño de Aída. Es que esta centenaria (en mayo cumple 104) suele repasar los nombres de los nueve nietos, 14 bisnietos y la tataranieta antes de irse a dormir, en lugar de contar ovejitas.

Hasta hace tres años, Aída amasaba para hacer pasta casera y la base de la pascualina. Hoy relega la tarea a su hija Checha (83) o su nieta Adriana (57), pero sigue ocupando la cabecera de la mesa, desde donde narra cómo conoció a su esposo en la estación de tranvías, las diferencias culturales a la hora de presentarlo en familia, la vez que vio pasar el dirigible Zeppelin o cuando escuchó a Gardel en el cine Unión. Eso sí: cuando ella habla el resto del matriarcado -son cinco generaciones de mujeres- hace silencio.

“Para la persona mayor es importante sentir que su voz es tenida en cuenta y que es un eslabón en la cadena”, explica la psicogerentóloga argentina Graciela Zarebski. Y, a la inversa, también los más adultos deben “estar abiertos a las cosas nuevas”.

En la casa del Cordón de Aída conviven la muñeca de Minnie y los dibujitos de Peppa Pig con los cuentos sobre la payana y el trompo. Como también se mezclan las llamadas por Skype con los recuerdos de la radio a válvulas.

“Hoy los jóvenes tienen tanto para transmitir a los viejos, como los viejos a los jóvenes”, dice la psicóloga Lladó. “Ellos divulgan el conocimiento tecnológico y los bisabuelos, que están más tiempo en la casa escuchando la radio o leyendo el diario, pueden intercambiar información”. Sobre todo, comenta, ese complemento se da durante la primera infancia de los bisnietos que es cuando la relación es más cómplice; como suele suceder entre las generaciones menos próximas.

“Lo peor no lo hemos visto”, bromea Aída con una cancha que asombra y le dice a sus bisnietos que “aprovechen la juventud porque se acaba”. Para ella, el aporte que le puede hacer a los más chicos es fundamental, tanto que siente orgullo cada vez que habla con un desconocido sobre su descendencia.

Distinta es la forma en que su hija Checha se toma el nuevo rol. No es que no sienta orgullo, al contrario, se emociona al ver a Olivia jugar; pero rechaza todo título que la haga parecer mayor. Es que aún próxima a cumplir los 84 años, continúa dictando clases de historia y literatura.

LEGADO
“Lo que se hereda no se roba”, es un refrán que calza justo con esta relación cada vez más extendida entre bisabuelos y bisnietos. En muchas de las familias las profesiones se mantuvieron por generaciones. En otros casos, por interés o por necesidad, eligieron un camino distinto.

Bruno quiere ser paseador de perros. Hace ya unos años que se viene encariñando con los animales. Pero, por ahora, toda su concentración está puesta en la escuela. Diferente fue la realidad de su bisabuela Fanny. Ella empezó a trabajar cuando tenía apenas 13 años. Lo hizo en una cooperativa que integraban vendedores puerta a puerta.

-¿Qué quiere que sea Bruno?

-Doctor, como dicen todos, no. Es muy sacrificado. Prefiero que sea feliz.

Parece un discurso obvio, pero dicho por quien ya vivió buena parte de las travesías de la vida, suena convincente. “El llegar a la vejez maduro psíquicamente”, dice Lladó, “hace que no te desesperes con la muerte, porque jugás un papel de guía y seguís trascendiendo en los demás”.

Por eso quienes no tienen bisnietos, nietos o hijos “suelen encontrar un heredero social”, explica la psicóloga. Es decir, alguien a quien dejarle el legado. “Esta idea es importante, sobre todo en la población uruguaya en donde una mayoría de los viejos son autónomos: viven en pareja o solos”, comenta.

En lo más terrenal, también hay legados que trascienden las generaciones. La comida es, quizás, uno de los elementos que sigue manteniendo su mística con el correr de los años. Sobre todo, explican los expertos, en un país de inmigrantes como Uruguay, en donde las tradiciones culinarias son una forma de encontrarse.

A la gastronomía judía, Fanny incorpora otra especialidad que no puede faltar en ningún festejo: la torta Isla Flotante. No importa el momento del año, ni las ganas; siempre tiene que estar para el postre. Su hija Yenny también tiene manos para la repostería, aunque se las ingenia mejor, dice, con la Lemon Pie.

En lo de Aída y Checha también la comida tiene su lugar. En su caso la tradición es italiana y se basa en ravioles caseros y tallarines. En el hogar de los Cancela (apellido de casada de la bisabuela) los domingos son uno de esos días en que degustan estas exquisiteces. Y en Navidad la mesa se hace más larga aún y parece el comedor de un batallón.

La comida era parte del aprendizaje obligado para las mujeres, en tiempos en donde la mayoría era ama de casa. Pero aún hoy, dice la psicóloga Lladó, “el rol de la mujer cuidadora y que amasa persiste, por más revolución femenina que haya”.

No es un dato menor sabiendo que son las mujeres las que alcanzan una mayor longevidad. De hecho, dentro de los mayores de 75 años ellas son el 65%; y el 76% de los mayores de 90.

Pero aunque sean menos y muy pocos cocinen, los hombres también asumen su rol de bisabuelos y con características similares a las mujeres: transmitir la tradición, demostrar afecto y ser cómplices. Así lo expone Gunter. Sus 94 años parecen no jugarle una mala pasada a la hora de “correr” a atrapar a sus bisnietos alrededor de la mesa de la cocina.

En total tiene siete bisnietos y estrenó el rol hace cinco años, cuando nació Sophia. Justamente ella lleva el nombre de quien era su bisabuela (esposa de Gunter) a la que no conoció. La idea de esta dedicatoria fue de la madre de la niña, Andrea, con lo que causó la sorpresa y emoción del bisabuelo.

Sí “bisabuelo”, porque le “encanta” que le digan así. “¿Tan viejo soy?”, bromea cada tanto y aprovecha las fiestas familiares para hacer honor al homenajeado con un poema, siempre cargado de humor. En este sentido, su presencia es notoria. Es él quien se encarga de dirigir los rezos y hasta hace pocos años -ahora le da mucho trabajo por la edad- oficiaba de anfitrión para los almuerzos de cada domingo. Ahora sigue concurriendo, pero a la casa de sus hijos, abuelos de Sophia.

“Los niños lo adoran”, comenta Andrea, “incluso a su actual esposa la consideran como si fuera su bisabuela: ella les lee cuentos y él, mientras, las interroga sobre comidas favoritas”. El último invierno Gunter no la pasó muy bien, se enfermó. Una de las veces, la familia fue a visitarlo a su casa. Él estaba dormido. Mientras los adultos charlaban en el living, esperando que se levantase, los bisnietos fueron en silencio hasta el dormitorio y lo despertaron a base de besos y mimos. Según las niñas, “él lo necesitaba”.

Gunter, que llegó a Montevideo en 1938 proveniente de Europa, se hizo “desde abajo”. Construyó su propio negocio de alfombras y muebles, y trabajó buena parte de su vida. “El proceso jubilatorio es un problema en Uruguay”, dice Ricardo Alberti, director del Área del Adulto Mayor en el Ministerio de Salud Pública. Sobre todo en los hombres. Porque, para ellos, “se es lo que se hace y cuando se deja de trabajar, se deja de ser”.

Por eso no hay un rol distintivo de los bisabuelos hombres (a diferencia de las mujeres con la comida o el cuidado) que haga pensar en una ocupación concreta. ¿Qué ocurre?

“Las personas tienen un promedio de 21 años de sobrevida luego de jubilarse”, explica Alberti, “y se siente un enorme vacío”. El trabajo es algo más que ocho horas al día: es también el tiempo de transporte, la preocupación y “el sentirse útil”. Por eso, la recomendación es pensar en un “segundo proyecto de vida”. Y es ahí donde los afectos, como los bisnietos, son una pata fundamental.

“Sobre todo si los roles son por placer y no por obligación”, argumenta el jerarca. “Hoy pasa que muchos adultos mayores están casi que obligados a ir a buscar a sus nietos o bisnietos a la escuela, cocinarles y hacerles los deberes porque los padres no están presentes”. Es una realidad extendida y que antes era común en los niveles socioeconómicos más bajos.

Otros tantos bisabuelos, por no decir la mayoría, comparte complicidades con los niños por placer. Quizás ese sea el motivo por el que ellos quieran un bis.

Famosos que dejan una gran herencia
Los Berocay (o Verocai, porque el apellido fue modificado) vienen de Cortina d`Ampezzo, al norte de Italia. Allí, sobre los Alpes, la familia de Roy, músico y escritor uruguayo, tuvo sus primeroscontactos con el arte. Un antepasado fue alumno de Antonio Vivaldi y un destacado hombre de ópera. Del resto poco se sabe, salvo que el bisabuelo del creador del Sapo Ruperto, se casó ya en Uruguay con Matilde, una auténtica pachamama que llegó al país por lo que hoy es Rivera. De ella Roy tiene un vago recuerdo, pero la llegó a conocer en vida. Más de medio siglo después la historia se invierte. Roy fue padre a los 19, abuelo a los 39 y casi a los 59 es bisabuelo. Por ahora, dice, “es una especie de abuelo extendido”, algo así como “un nieto más chiquito”. Carlos Páez Vilaró es otro de los famosos uruguayos que estrenó el rol de bisabuelo. En total tiene seis bisnietos, el mayor tiene 10 años, y todos “lo miran con admiración”, dice su hijo Carlitos Páez. Es que estos niños tienen que agregarle a la fama de su bisabuelo, lo conocido que es su abuelo (o tío abuelo para dos de ellos), quien sobrevivió a la tragedia de Los Andes. Cuando los pequeños visitan al pintor de 90 años, en general suelen “jugar un rato”. Para ellos, los bisnietos, “ir a Casa Pueblo es como entrar en un castillo y es el gran viaje del año”. Porque si algo tienen los bisabuelos, famosos o no, son esas historias encantadas.

Enrolados en actividad
Los reyes de Inglaterra, Mirtha Legrand y próximamente Mick Jagger. Hay bisabuelos de todo tipo, pero sin importar cuán distinguidos sean, la mayoría ocupa el mismo rol: conquistar el vacío que dejan los abuelos cada vez más activos. En Uruguay 12% de los mayores de 65 años está ocupado, según datos del Censo 2011. “Es una tasa encubierta, porque hay muchas personas mayores que se jubilan pero siguen trabajando por fuera del sistema”, explica Ricardo Alberti, director del Área del Adulto Mayor en el Ministerio de Salud Pública. Y, dentro de los que ya no trabajan, muchos acuden a cursos, salen con amigos o pasan varias horas por día conectados a Internet. Por eso, los bisabuelos son cada vez más la excusa para reunir a la familia en los hogares y disfrutar de los afectos y las historias. Por el momento, el cambio de rol se dio en forma natural, pero no es de extrañar, dicen los expertos, que en un futuro (cercano) haya Día del Bisabuelo, té de bisabuelos y hasta clubes de bisabuelos.

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