“Al viajar, uno aprende a admitir la diversidad de pensamiento”

POR LUIS SARTORI

Leyenda viva. Amante de la Patagonia, fue un viajero incansable por el mundo. Tuvo relación directa con cuatro de los cinco Nobel argentinos. Y a sus 91 años, sigue lúcidamente activo.

Clarin
24.2.2014

La persona que le dio la bienvenida fue el medio hermano del Perito Moreno, Daniel Moreno, el partero de su mamá. Por eso, y por sus genes suizos, Rodolfo Brenner (Fito para los íntimos) cree que estaba predestinado para adorar la Patagonia y la montaña. Nació en 1922 en la casona familiar de Banfield, frente a la estación, hijo de un empresario lanero y con un tío abuelo que había sido presidente de la Confederación Suiza en 1901 y 1908. Pero la verdadera marca a fuego la recibió de su abuelo materno, imprentero y alemán: “Me enseñó la honradez, el respeto a la gente y el valor del esfuerzo propio”.

De chico tuvo una severa afección intestinal; y vio una lluvia de cenizas, una plaga de langostas y el vuelo lento del Graf Zeppelin, en la Costanera. No heredó la destreza musical de sus padres (él tocaba violín y ella era concertista de piano) pero adquirió la propia: adicto a la carpintería, armó cuatro botes mucho antes de aprender a navegar a vela, ya universitario. En la primaria –en dos escuelas públicas– leía literatura gaucha e historia. En la secundaria –Nacional Buenos Aires– descubrió la química de la mano de su profesor Lázaro: “Era un malvado con el alumno, pero tengo que reconocer que con él aprendí cómo hacer ciencia”.

Recibió tres medallas de oro en su graduación, y el diploma se lo entregó Carlos Saavedra Lamas: fue su primer contacto con un Nobel argentino. Ese verano su padre lo premió con un viaje a Bariloche.

“Para un porteño ver eso era enloquecerse. Y ahí, claro, estalló ya físicamente mi amor por la montaña” . Hizo la carrera de Química en Exactas de la UBA, sobre Perú, también en la Manzana de las Luces. En los inviernos aprendió a esquiar en el Catedral y se hizo amigo del mítico andinista Otto Meiling. También empezó a trabajar: su padre compró acciones de una pesquería de Berisso, que explotaba el sábalo. Pero a él le interesaban los peces por dentro. Con métodos precarios, empezó a identificar ciertos ácidos grasos no estudiados hasta entonces en el mundo. Fue el punto de partida de una trayectoria de 70 años en el estudio del metabolismo de los lípidos, y su relación con enfermedades como la diabetes, que lo llevó sucesivamente a ganar una beca para una especialización de un año en Escocia; iniciar la cátedra de Química Biológica en Medicina de La Plata; crear allí el Instituto de Investigaciones Bioquímicas (UNLP-Conicet); ser investigador del Conicet; fundar la Sociedad Argentina de Investigación Bioquímica (junto a Federico Leloir); y convertirse en referencia obligada en congresos científicos de todo el mundo (viajó 40 veces al Hemisferio Norte y en ciertos casos con bonus : en la plaza de Hamburgo, en 1962, asistió al saludo de De Gaulle y Konrad Adenuer, que ese día sacaban del freezer la relación franco-alemana después de la II Guerra Mundial). Es profesor emérito de la Universidad de La Plata, Premio Konex, investigador emérito del Conicet, miembro de la Academia Nacional de Ciencias, y Premio Houssay a la trayectoria.

Nombre legendario de la ciencia argentina, en los 80 perdió a sus dos hijos, paradójicamente, en el Nahuel Huapi y el Río de las Vueltas al pie del Fitz Roy, que ellos y él han amado tanto. Con todo, no han encogido su trabajo, su sonrisa y su amabilidad imbatibles.

¿Cómo se encara una investigación científica?

Primero buscar un tema que le interese, después hacer una introducción de lo que se sabe, decir qué es lo que quiere investigar, y poner cómo lo va a hacer y el resultado que espera obtener. El resultado no siempre llega, pero usted ya sabe adónde quiere llegar.

¿Se puede apartar a un científico por sus ideas?

No, no. Lo único que se debe tener cuidado es en que sea honesto. Que piense políticamente lo que quiera. Si usted quiere hacer ciencia necesita creatividad, y si lo obligan a pensar de una manera no hay creatividad. Eso sí: si desvía sus conocimientos hacia cosas que están mal, no puede ser.

¿Cuándo aparece el problema?

Cuando hay investigación aplicada, cuando la ciencia va a tener cierto objetivo práctico. Ahí hay que ver cuál es ese objetivo. En la última guerra los objetivos eran crear armas poderosas y matar más gente.

¿Habría que frenar o recortar el conocimiento científico?

No. No habría que favorecer la aplicación de la ciencia a un fin dudoso o peligroso.

¿Cualidades de un científico?

Primero saber pensar, que es una cualidad que debería tener toda persona. Segundo saber analizar, pensar con sentido útil. Eso es general. Pero debe tener además un objetivo claro de qué es lo que quiere hacer, y eso tiene que pensarlo. Y tiene que ser honesto.

¿Qué transmitió a sus alumnos?

Que tuvieran claro el objetivo. Les pedía dedicación, que estudiaran. Y, sobre todo, honestidad.

¿Y a sus discípulos?

Con ellos hubo además el ejemplo. Si uno está trabajando no puede estar paveando. Hay que cumplir, en tiempo y en esfuerzo.

Un científico en edad de jubilación, ¿puede seguir?

La mente se agota de por sí, pero usted no puede jubilar a uno que vale, porque está traicionando el conocimiento. En Europa no se jubila el conocimiento.

Una palabra sobre Houssay.

Houssay fue mi consejero: por él fui a la facultad de Medicina de La Plata. Fue el gran difusor de la ciencia correcta. Creó el Conicet, ahí está descripto.

¿Leloir?

Amigo. Fue el verdadero científico concienzudo. Y encima honesto, bondadoso.

¿Y Milstein?

Nos conocimos en la facultad de Buenos Aires y éramos amigos. Como científico demostró capacidad y creatividad en un ambiente adecuado, porque lo hizo en Inglaterra. En cambio Leloir lo hizo en la Argentina, igual que Houssay.

¿Qué aprendió en tantos viajes?

Que la naturaleza humana es magnífica si se la sabe buscar. En todo país uno puede ver una forma diferente de encarar la vida. Pero ninguna es criticable. Uno aprende que hay que admitir la diversidad de pensamiento.

¿El secreto de su vitalidad?

Hay gente a la que le gusta hacer. Y yo, igual que mi señora, no puedo estar sin hacer. Yo diría que es casi una enfermedad.

¿Se cuida en las comidas?

Como de todo (durante la entrevista no despreció un helado de chocolate) y sobre todo cosas marinas. Langostinos… ayer la invité a mi señora a comer una trucha. Y está llena de omega 3 (se ríe).

¿Qué cosa lo pone furioso?

La deshonestidad. Pero sobre todo la traición: no la puedo admitir.

En el final de sus memorias (ver
rodolfobrenner.com.ar)
cita la frase famosa de Calderón de la Barca. Le pregunto: ¿la vida es sueño?

Es un sueño en muchas cosas, pero a veces más que sueño es… hay sueños que son pesadillas.

http://www.clarin.com/sociedad/Rodolfo-Brenner-investigador-cientifico_0_1090690965.html