Mi papá, devastado por el Alzheimer, ya no me reconocía

POR MIGUEL VITAGLIANO ESCRITOR. ENTRE SUS LIBROS DESTACAN “TRATADO SOBRE LAS MANOS” Y “EL OTRO DE MÍ”.

Desafío penoso. Un hombre al que le gustaba observar a la gente. Que era actor. Que cuidaba su físico y su aspecto. Que siempre mantenía charlas con su hijo. Llega la enfermedad y todo comienza a esfumarse: el vínculo se convierte en mero recuerdo.

Clarín
11-1-2014

Borges se equivocaba cuando decía que sólo en las malas novelas existen los asesinos por benevolencia; yo quise matar a mi padre la primera vez que lo visité en el neuropsiquiátrico para ancianos. Decir que tuve esa idea sería un exceso, ella me atrapó a mí, después logré hacerla a un lado como un fantaseo que confundí con el olvido. Lo más cruel de la verdad es su ironía. Mi padre tenía 72 años, era demasiado joven para que el Alzheimer se impusiera tan devastador, y yo había cumplido los 40, una edad más que suficiente para entender cómo eran las cosas.

Estábamos solos en esa habitación, en igualdad de condiciones: él no reconocía a su hijo y yo no encontraba a mi papá en ese anciano de mirada aguada y pelo completamente blanco. Nunca lo había visto con canas; durante mucho tiempo se teñía en secreto con un discreto color castaño que con los años derivó en un matizado gris.

Se reía las veces que traté hacerle confesar su treta. También negaba haberse hecho un retoque estético en la nariz cuando era joven y flotaba la posibilidad de un contrato en una compañía teatral de Madrid, como reveló mi madre en un desplante en los tiempos de su divorcio.

Mi padre era actor y su coquetería superaba la del personaje de Proust, aquel que tenía varias pelucas iguales pero con el pelo crecido de distinta manera para simular el paso del tiempo. Pero ya ni siquiera era capaz de actuar la naturalidad, tampoco reía, apenas si se mantenía sentado en una silla de ruedas junto a la cama. La enfermera entró rompiendo el silencio de congojas. Dijo que en unos minutos iba a regresar para asearlo, lo que era una invitación a que me despidiera. Pronunció el nombre de mi padre en diminutivo, ¿Estás contento, Horacito, que vino a verte tu hijo?, como si le hablara a un chico, y volvió a salir llevándose, quizás atenta a la benevolencia, el par de almohadas que había sobre la cama.

Hacía dos meses que no veía a mi padre. Marta, su mujer, me llamó para contarme que había tenido que internarlo.

Ya no sabía cómo cuidarlo.

Había empezado a perderse dentro de la casa, confundía el baño con el living y la cocina. Eso fue poco después de otros olvidos que yo me negaba aceptar, sobre todo el que insistía en que mi papá había dejado de encontrarse en ese cuerpo que lo arrastraba a él como un extraño.

La enfermedad se precipitó en pocos meses.

Marta quería convencerse de que se trataba de una internación temporaria. Compartía las tardes con él, le mostraba fotos de la familia y de sus actuaciones en el teatro, y oía la radio a su lado convencida de que era una forma de mantenerlo en contacto con el mundo. Le pasaba cremas en los brazos y las piernas, en un vano intento por combatir contra ese cuerpo que se secaba. A veces, si él no se oponía, lo afeitaba, pero ya no había vuelto a teñirle el pelo.

La clínica estaba a la vuelta de una casa en la que habíamos vivido un tiempo, el año en que el hombre llegó a la luna. Es decir, yo andaba en bicicleta por esa misma vereda, mil veces había pasado por esa puerta cuando mi papá era la persona adulta que más quería, la que podía entender cuanto pensaba, mucho antes de que los libros de la biblioteca fueran novelas y el teatro dejara de ser butacas y aplausos. Sin embargo fue obra de la casualidad que mi padre estuviera internado en ese lugar, la única clínica que tenía una vacante para la obra social de la Asociación Argentina de Actores. Ahora sospecho que se trataba de un simple geriátrico y que acaso cumplí el papel de verlo de la manera más digna. En definitiva era lo que mi padre me había enseñado. Atormentado por los terrores nocturnos a los cuatro años, me ofreció una solución reveladora: debía cerrar los ojos y actuar que estaba dormido hasta que llegara solo el espectáculo del sueño; las brujas y los fantasmas no eran más que actores de una comedia. Fue el mejor actor que conocí, dispuesto en todo momento a representar a la perfección el papel de padre.

Decía que un buen actor no sólo era capaz de representar cualquier personaje, podía ponerse en la piel de lo que ignoraba, como simular ser bailarín y dar unos pasos y cantar en el escenario tal cual había hecho él, que era más sordo que una tapia, en una zarzuela en el Hotel Provincial de Mar del Plata y en un café concert en el 72. Actuaba de padre, sí, pero también de e sposo, amante, vendedor, jefe de ventas y ejecutivo para que pudiéramos sobrevivir en la vida real, esa otra vida que siempre percibió mal ensayada. Había trabajado en las compañías de Lola Membrives, Luis Arata, Mecha Ortiz, pero lo que vino después, al promediar los 70, fueron en su mayoría papeles menores en teatro y en las telenovelas de la tarde.

Jamás un bolo, a eso solo había cedido en el cine, al principio. En mi casa sabíamos que lo único terrible en una tira de televisión eran las escenas en que un personaje moría, de nada importaba lo heroico de la situación sino la realidad de que un actor perdía el trabajo. Distinto era que el guión lo enviara de viaje, en ese caso no todo estaba cerrado. Crecí tratando de retener cuanto me decía. Lo ayudaba a ensayar los libretos de las telenovelas y buscaba en las revistas si seguían nombrando a su personaje de Malevo porque eso era una muestra de que el papel tenía continuidad.

Si después tardé tanto en reconocer el Alzheimer en sus olvidos fue porque me costó entender que no actuaba. Era imposible no creer que hacía el papel del hombre que envejecía, el jefe de ventas jubilado al que corrían de escena, el actor que se olvidaba de dar el pie y que prefería resguardarse entre bambalinas. Un error que juzgué imperdonable durante mucho tiempo.

Siempre me había insistido en que si quería escribir –una actividad bastante menor, para él, que la actuación– debía aprender a observar. Podía pasarse un almuerzo familiar en Pipo acompañándome a dilucidar en qué pensaba ese hombre que comía solo, qué postre iba a pedir aquella mujer de mirada triste, de qué trabajaban esos dos de la mesa de un costado, cuándo se habían conocido, etcétera. Siempre no, es cierto, en un momento comenzaron a molestarle mis respuestas. De cualquier modo yo había fracasado, no supe ver la enfermedad hasta que su mujer me llamó para contarme que mi papá finalmente había aparecido luego de tres días de no dar ninguna señal. Había viajado solo a Mar del Plata para hacer unos trámites por un departamento familiar y no volvió a comunicarse; ni en la policía ni en los hospitales pudieron dar alguna información. Ella me llamaba en secreto para que él no escuchara. Sí, estaba de vuelta, pero sin la valija ni sus documentos; tenía la ropa desecha, estaba agotado y juraba en un desvarío enfurecido que había caminado de regreso los 400 kilómetros, aunque no sabía por qué.

Ella susurraba en el teléfono, todavía mi padre seguiría siendo mi papá unos cuantos meses más. Yo lo llamaba por teléfono y nos cruzábamos unas palabras cariñosas. Marta le hacía de apuntadora; entonces él preguntaba por las chicas, la nieta adolescente y la que había cumplido dos años. Sí, lo llamaba pero no me animaba a verlo. Otra vez esa ironía: no sabía cómo actuar de hijo ante ese padre.

“Tengo memoria, conozco el olvido”, decía un personaje de Hiroshima mon amour. Ver una película con mi papá era una fiesta de anécdotas e historias cruzadas entre actores y directores. En mi primera novela, que consideró “un pretencioso ejercicio intelectual”, insistía –y no se equivocaba– que había plagiado esa línea de Marguerite Duras al escribir “Sé que hay cosas que olvido, lo tengo presente.” Lo importante estaba en sus razones: “Es plagio porque las dos suenan muy parecidas si son dichas por un actor.” Ningún sentido tenía que replicara que una novela no se escribía para actores, pero igual se lo dije; si de algo estaba seguro era que no quería escribir para él.

En la clínica recordé varias veces la situación. En cada visita cambiaba el orden de las frases. Sonaban distintas, sí. Mi papá había perdido su olvido, eso era lo que yo debía tener presente. Comía el alimento licuado porque no podía masticar. Pero descubrí que no había perdido el gusto por el helado, sólo debía cuidar que no se atragantara. Y algo más, estar atento a que no empezara a succionar como un bebé cuanto se le acercara a la cara. Mi papá era la memoria que se perdía sin el auxilio del olvido. Algunas tardes me cruzaba con Marta en las visitas y compartía la rutina de las fotos. O buscábamos alguna salida risueña ante el impacto de ver la delgadez cada vez más extrema de mi padre. Tan flaco justamente él que había probado millones de dietas para mantenerse en forma. Era una ironía contra la crueldad. Un intento para no dejarnos derrotar por lo que ya nos había vencido.

En uno de sus balbuceos oí una vez el mismo tono de su voz que cuando pronunciaba mi nombre. Tengo presente ese momento, fue un instante fugaz en una tarde de invierno. Después no pasó mucho para que abandonara la silla de ruedas y permaneciera echado en la cama, con el cuerpo cada vez más encogido.

Tres veces entró y salió de la terapia intensiva de dos clínicas. Murió en verano, a comienzos de febrero.

No aplaudí en su entierro en el panteón de actores, como a él le habría gustado, muchas veces había bromeado con eso cuando parecía inmortal. Dudé en hacerlo, sí, lo pensé, pero no más.

Tampoco volví al cementerio en estos diez años. Hace unos meses mi papá se me presentó en un sueño, nunca antes lo había hecho. Estaba en un descampado, en lo que parecía ser el estacionamiento al aire libre de un enorme supermercado abandonado, quizás fuera Gigante o Canguro, no recuerdo, estaba esperándolo y lo vi llegar en un auto blanco, mi papá bajó del auto y los dos caminamos acercándonos hasta que nos abrazamos, como nos habíamos abrazado siempre. Era el olor y la voz de mi papá. Hablamos, sí, hablamos bastante, pero lo que más recuerdo fue cuando me dijo que tenía que irse y de golpe noté que estábamos parados junto al auto. Él no estaba al volante, el que conducía era un hombre de anteojos oscuros y bigotes tupidos que parecía de piedra, y el auto estaba cortado al medio como en Cupido Motorizado.

Mientras se acomodaba en el asiento le pregunté cómo estaba realmente.

Me contestó que estaba bien, con ese tono de voz que ponía cuando fingía que no actuaba. Antes de cerrar la puerta me pidió que no dejara de llamar a Marta, y yo no cumplí sino hasta ahora en que escribo esta frase y él se va tan lejos para quedarse tan cerca.

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