Los huesos de nuestros muertos

Los cementerios representan cómo se percibe la muerte en una sociedad determinada. Su relación con la memoria, eje de unas jornadas.

POR OMAR GIMENEZ
Revista Ñ
28/1/14

Mucho más que un lugar donde el pasado descansa en paz, los cementerios son un espacio donde el presente se expresa y pone de manifiesto las formas en que la muerte es percibida por una sociedad en un momento histórico determinado. La última huella perceptible en ellos es la de la posmodernidad, que no sólo modifica profundamente los modos de vida, sino que cambia la forma en que percibimos la muerte: bajo su influencia, los años 90 vieron nacer a los cementerios parque en el marco de sociedades que priorizan valores como el bienestar y el consumo, borran la muerte de sus discursos y dan lugar a una nueva forma de disponer de los muertos que es a la vez símbolo de distinción y negocio. Paralelamente, los cementerios públicos entran en crisis, aparecen desbordados y deteriorados, lo que pone en riesgo la memoria y la identidad de las comunidades donde se asientan. Ante esta situación, en los últimos años se multiplicaron los esfuerzos que apuntan a defenderlos y revalorizarlos como refugios de la historia colectiva.

Estos son algunos de los conceptos salientes de un trabajo presentado por investigadores de la Universidad de Córdoba durante las II Jornadas Locales de Valoración Patrimonial de Cementerios llevadas a cabo recientemente en La Plata y que reunieron a estudiosos y trabajadores de necrópolis de distintos puntos del país y de Uruguay. Las jornadas fueron organizadas por la filial platense de la Red Argentina de Valoración y Gestión Patrimonial de Cementerios junto a la Asociación Amigos del Cementerio de La Plata. El trabajo, titulado “Los Cementerios Territorios de Memoria Urbana e identidad. El paso de lo público a lo privado”, presentado por María Lucía Fernández (Facultad de Arquitectura, Urbanismo y Diseño de la Universidad de Córdoba), se enmarca en un proyecto de investigación realizado en necrópolis públicas cordobesas. El mismo equipo trabajó antes en otro proyecto, centrado en el estudio del surgimiento de los cementerios parque y titulado: “Fragmentación y Segregación Socio Espacial. Cementerios Privados en la Ciudad de Córdoba y su área metropolitana”. Tanto este trabajo como cada uno de los presentados durante el encuentro forman parte de un libro editado en CD con el título Cementerios, Patrimonio y Memoria , el primero que reúne investigaciones de los integrantes de la red (ver Contexto).

Los investigadores cordobeses analizan y evalúan las transformaciones producidas en la construcción social de la idea de la muerte y cómo estas se manifiestan no sólo en los patrones espaciales de localización de los cementerios, sino también en las prácticas funerarias, las imágenes de lo fúnebre, las formas de morir, la modalidad del duelo y las manifestaciones del duelo en el arte, la arquitectura y el urbanismo.

La aparición de los cementerios privados y otros cambios asociados al morir –hoy la mayoría de la gente muere en hospitales y no en su casa y los ritos funerarios tienden a ser cada vez más breves, propiciando una vuelta rápida a “la normalidad”- no son más que una transformación dentro de las muchas presentadas a lo largo de la historia en las expresiones fúnebres, que los autores analizan tanto en el ámbito internacional como en la Argentina.

El cementerio privado
Centrada en el bienestar y el consumo, la nueva cultura urbana de las sociedades industriales –sobre todo la característica de las clases medias y altas– “dominadas por la búsqueda de la felicidad ligada al beneficio y al crecimiento económico, desemboca en la supresión radical de todo lo que recuerde a la muerte”, dicen los autores. En este marco, la muerte y la manipulación de los muertos se transforma en un nuevo negocio, en profesión y en empresa comercial. La muerte, como todo, se transforma en objeto de comercio y beneficios. Y no sólo cambian las formas de enterrar: también lo hacen las formas de morir: “El enfermo sale de su casa para morir en el hospital y cuando esto ocurre no retorna a su domicilio para ser velado, sino que es llevado a la funeral house . Para vender la muerte es necesario volverla benévola y surgen nuevos actores: los funerals directors , que no se presentan como simples vendedores de servicios, sino como doctors o grief que tienen la misión, como los médicos y los sacerdotes, de ayudar a los deudos a superar los trámites de la muerte y volver rápidamente a la normalidad”, afirman.

Al referirse al surgimiento del cementerio parque específicamente en la Argentina, indican que “a fines de la última centuria cambia el antiguo paradigma del cementerio devenido ahora en nuevas formas de relación productiva y económica de la tierra urbana y rural. Durante la década de los 90 se pone en marcha un nuevo fenómeno de apropiación del espacio y de privatización de áreas periféricas donde se ubica el auge y consolidación en la práctica social de los cementerios parque privados como símbolo de distinción y de diferenciación social”.

Estos espacios son también la muestra de un rentable negocio inmobiliario que encuentra a cementerios parque y funerarias trabajando en conjunto. Los mismos valores que expresa este tipo de cementerios son los que se manifiestan en otra tipología urbanística nacida en los 90: los barrios cerrados. Comparten, entre otras analogías, “el mismo mercado, el mismo marketing, la misma dispersión territorial, el mismo uso del suelo y el mismo uso del paisaje como bien de consumo”. Paralelamente, la crisis del cementerio tradicional, ante el repliegue de los estados, pone en juego al patrimonio cultural presente en los camposantos, convertidos en lugares de memoria e identidad, por lo cual los profesionales instan a revalorizarlos y protegerlos. La transformación que deriva en la aparición de los cementerios privados tiene que ver, básicamente, con la forma en que la sociedad construye la idea de muerte en un momento determinado. Esos cambios son muy lentos y ocurren entre largos períodos de inmovilidad. Así lo afirman los autores del trabajo antes de embarcarse en un repaso de la historia de los cementerios, tanto a nivel mundial como en la Argentina, y el vínculo de éstos con las ideas vigentes en cada momento histórico.

Ese repaso se inicia en la Antigüedad, con los primeros enterramientos, que datan de cuarenta mil años atrás, y con la costumbre compartida por romanos, griegos y los primeros cristianos de mantener a los muertos lejos de los vivos, construyendo a sus cementerios en las afueras de las ciudades. Citan en ese sentido las disposiciones del la ley de las XII Tablas, que regían la convivencia del pueblo romano y, al igual que el posterior Código Teodosiano (dictado en 438), prohibía los cementerios en las ciudades y los situaba al borde de rutas como la Vía Appia, en Roma o los Alyscamps, en Arles.

Los enterramientos estaban prohibidos en las primeras iglesias cristianas, pero entraron en ellas de la mano del culto de los mártires, originado en Africa: sobre las tumbas de ellos se construyeron basílicas atendidas por monjes a cuyo alrededor los cristianos podían ser sepultados. También entonces se establecían jerarquías y los más poderosos eran enterrados más cerca de las reliquias del mártir.

El ingreso de los muertos en las iglesias no significó que estas abandonaran sus funciones públicas y pronto los cementerios de la Edad Media se convirtieron en lugares de intensa sociabilidad. Eran asilo y refugio, se construía en ellos casas que se habitaban y que gozaban de privilegios fiscales. En esos cementerios se comerciaba, se jugaba, se bailaba y hasta se utilizaban como lugar de encuentro y punto de reunión de procesiones religiosas o convocatorias militares.

En la segunda mitad del siglo XVIII la acumulación de cadáveres en las iglesias se convirtió en un problema y despertó encendidas críticas por parte de referentes de la Ilustración que no sólo subrayaban los olores pestilentes que venían de los templos, sino que entendían que la exhibición de cadáveres en los osarios ofendía la dignidad de los muertos. Se empezaron a practicar nuevas modalidades, tales como enterrar a los difuntos en una propiedad familiar o en un cementerio público donde poder visitarlos. Por primera vez se buscaba visitar el lugar exacto donde estaba el cuerpo y así la concesión de tumbas se convirtió en una forma de propiedad, ajena al comercio, pero garantizada a perpetuidad. Los primeros cementerios son a la vez parques organizados para la visita familiar y museos de hombres ilustres. Y tienen una organización jerárquica del espacio, donde el centro es el lugar más cotizado, reservado para los héroes y figuras de excepción.

El siglo XIX se considera el siglo de los cementerios. Los camposantos europeos, que en sus orígenes fueron austeros en sus diseños, comenzaron a exhibir el lujo y la ostentación que serían comunes a todas las necrópolis europeas. En otras partes del mundo, como Estados Unidos, la influencia protestante haría que el lujo y la ostentación estuvieran mal vistos.

Los investigadores repasan también la historia de los camposantos en la Argentina desde la época colonial, cuando no había cementerios, las personas distinguidas eran enterradas en iglesias y los esclavos “abandonados en algún hueco o espacio para ser devorados por los perros cimarrones”. En 1822, el de la Recoleta se trasformaría en el primer cementerio público de la Argentina. Más tarde, por pedido de Bernardino Rivadavia, surgirían los de disidentes (protestantes y fieles a religiones no católicas) que se convertirían en los primeros cementerios privados del país. En 1873, la ley de creación del Cementerio de la Chacarita sentó las normativas legales, de inspiración higienista, para todas las necrópolis del país.

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