Cumplió 111 años, tiene dos novias y lo único que lamenta es no poder bailar más

POR SERGIO SCHNEIDER. RESISTENCIA.

Gregorio Mosqueda, que vive un barrio de Resistencia, celebró ayer otro cumpleaños.

Clarín
5-1-14

Gregorio Mosqueda volvió a lograrlo: llegó a un nuevo cumpleaños, y su sorprendente marca avanzó otra raya más. Desde ayer tiene 111 años, una salud con achaques pero sin grandes amenazas a la vista y una sola queja: que las piernas ya no le respondan como antes a la hora de bailar.

“Mi abuelo vivió hasta los 115 y caminaba”, dice él, como reclamándole a la naturaleza que no lo haya tratado del mismo modo. Don Gregorio, que vive en el barrio Santa Catalina, de Resistencia, tiene dificultades para moverse, oye poco y ve menos, pero todo lo demás está en orden. “Le hicimos los estudios y está mejor que nosotros, ni colesterol alto tiene”, cuenta una de sus hijas.

Pero a don Gregorio esa mitad del vaso no parece interesarle tanto como el hecho de que la debilidad de sus piernas le imposibilita ahora bailar un buen chamamé de punta a punta y salir a vagar sin depender de nadie, dos de sus grandes pasiones. Aun así, se las ingenia, y hasta declara tener dos novias, Benancia y Gladys, un par de ancianas del mismo barrio.

Es que los amores también fueron –aparentemente- parte de la receta de longevidad de Gregorio. Se casó cuatro veces y tuvo 22 hijos. La lista de nietos está en sesenta, y sigue creciendo. La cifra de bisnietos varía como si la dictara un cuentakilómetros.

Nació el 4 de enero de 1903 en Presidencia Roca, en el norte chaqueño. Fue obrero, tropero y lo que la necesidad demandara. Uno de sus hijos lo trajo a Resistencia en los ’80. Ninguno de sus hermanos vive ya. Sus padres, paradójicamente, murieron con poca edad. Ella, en su último parto; él a los 66, por una enfermedad.

Su rutina diaria va aquietándose año a año. Se levanta a media mañana y se mueve lentamente por la casa. Le gusta mucho escuchar música, y tiene fervorosa devoción por el chamamé. El acordeón le hace vibrar la sangre, aunque los pies se hagan los sordos. Gregorio escucha la radio y toma su agua de yuyos de cada jornada, acaso otra de las razones de tanta existencia andada.

De las cosas que extraña, la más querida es la libertad de salir a cualquier hora del día sin tener que dar explicaciones ni pedir ayuda. A sus hijos les dice que él cree que sus piernas están así, adormecidas, porque alguien “le hizo un daño”. La creencia norteña en los maleficios dañinos lanzados por terceros sigue siendo muy grande.

Los gustos, igual, no faltan. Su familia siempre lo mima y lo agasaja con un buen guiso o con un cerdo asado, su comida favorita. Una de sus hijas lo ayuda con las novias. “A veces las busco el viernes y el domingo vuelven a sus casas”, cuenta ella divertida. Gregorio comparte el rato con ellas, de a una por vez. Escuchan algo, toman un jugo fresco, dejan que los ventiladores soplen los recuerdos, escuchan las bromas de los hijos y se ríen. Más vida, imposible.

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