La barra de jubilados que vive en la plaza de Villa Real como en su segunda casa

POR NAHUEL GALLOTTA

Allí funciona un centro de jubilados con cancha de bochas. Los fines de semana se juntan más de cien socios.

Clarín
22-12-13

Antes de sentarse a conversar, Tití pregunta cuándo saldrá la nota: “Mirá si tarda dos o tres semanas… por ahí se muere alguno y no puede leerla”. El resto se ríe. El resto son, entre otros, Cacho, el Tano y Pucho. A los segundos, el Tano muestra sus zapatillas y cuenta que la vendedora le dijo que ese modelo era “muy usado por deportistas”. Y Tití volvió a preguntar: “¿Y vos por qué las compraste?”. Con esos apodos y los chistes que hacen podrían ser una banda de pibes. Pero son una banda de viejos, que se parece a una de jóvenes: se pasan todas las tardes charlando en la Plaza Terán, en Nogoyá y Gordillo, Villa Real, y los fines de semana comen asados en la plaza. También festejan, aquí mismo, cumpleaños y brindis por el fin de año. Y aquí, también, como si fueran jóvenes, se arman parejas. En esta plaza no hay guardianes ni rejas ni consignas policías. Pero la cuidan ellos, que pasan más horas acá que en sus casas.

Nelly, la única mujer que está hoy, miércoles, a las ocho de la noche, también habla de la muerte. Como que todo aquí, en este centro de jubilados construido en una plaza, tiene que ver con la muerte. Con la muerte tomada a broma, claro: “A las bochas no jugamos más porque los mejores jugadores ya murieron. Pero tenemos al último campeón de dominó”. Los días de semana, según Nelly, son menos, porque “siempre alguno tiene que ir al médico, a buscar recetas y esas cosas; sábado y domingo somos más de cincuenta”. Pero en total serán más de cien socios. Hay una barra de mujeres que se juntan a comer solas, sin hombres. En el ambiente se dice que las mujeres más lindas son las del centro de la plaza San Pedro, en Floresta.

El de La Plaza Terán es un centro de jubilados muy parecido al resto de los que están en espacios verdes: el Gobierno de la Ciudad solo construyó la cancha de bochas y el resto lo hicieron los jubilados con rifas, donaciones, eventos y sorteos. Así juntaron los 4.000 dólares que costó el techo de la cancha. Porque cuando llovía había que esperar 15 días para que se secara.

También tienen cancha de tejo y mesas y sillas de plástico, de las blancas, para jugar a las cartas. La cuota es de cuatro pesos por mes. Con eso se pagan los artículos de limpieza con los que se mantiene el lugar.

Pablo Caruso tiene 84 años y es el director del centro. Y el último campeón del Torneo de Dominó organizado por el Gobierno de la Ciudad. La final la ganó en un centro de Barracas. Hasta allí viajaron sus compañeros para alentarlo, en la camioneta de uno.

Gregorio “el Tano” Culiari es matricero, y del barrio, y tiene 72 años. Pero dice que en sus malas épocas llegaron a darle 84. Hasta que comenzó a caminar por la plaza y a venir al centro de jubilados. Cuando se va de vacaciones a Mar del Plata, asiste a otro centro del que también es socio. “Para mí, antes de estar en un geriátrico, vengo a pasar el día en la plaza”.

Nelly ya se fue. Quedamos los hombres. Y hablamos de mujeres: “nosotros tenemos que tener cuidado. Porque hay mujeres que vienen y buscan a los que tienen mayor poder económico”, aclara “el Tano”. La mayoría llega cuando fallecen sus mujeres. Y se la pasan hablando de ellas. Todos. Se escuchan, se dan fuerzas, ánimo y no quieren saber nada con conocer otras mujeres. “Es que somos de otra época. Nosotros vivimos toda la vida con una mujer, no como ahora que todas las parejas se separan”, dice Pascual, que siempre anda en una bicicleta dándole de comer a las palomas de la plaza. Y agrega: “Esto es como un hogar de ancianos; un lugar de pase. Acá no molestamos a nuestra familia y la pasamos bien. Mientras pueda caminar voy a seguir viniendo”.

Una tarde cualquiera, los jóvenes kirchneristas de La Cámpora de Villa del Parque entraron al centro de jubilados de la plaza Aristóbulo del Valle: “Vinieron con ‘influencias’ y les dijimos que se fueran, que acá adentro no se hablaba de política”, dice Tito, ex empleado judicial, uno de los socios y vecino del centro, que tuvo como máxima gloria al “Viejo” Consoli, que murió a los 97 años sin que nadie pudiera ganarle al dominó. Desde ese día colgaron un cartel en la puerta. Dice: “Acá no se habla de política”.

Pero otra tarde cualquiera entró un policía de la brigada. Primero preguntó por las prostitutas que andan por la plaza. Si los molestaban. Después, por los pibes que paran en la plaza. Y por último quiso saber: “¿Y el escolazo como anda?”. “Jugamos por un peso para renovar el mazo de cartas”, respondieron.

El policía había llegado hasta allí por las denuncias de vecinos que se quejaban por gritos. Eran de festejos o enojos. Porque en una mesa de las centro se juega hasta por 500 pesos. Y cuando se cierra, los de esa mesa, se van a la casa de alguno a seguir. Es más fácil encontrar una mujer en la revista El Gráfico que en este centro. Se juega al mus, al truco, al chinchón, al ajedrez.

Los ventiladores, las estufas, la parrilla, la funda que cubre el lugar son algunas de las cosas que compró el centro. Todo comenzó con la cancha de bochas que construyó el Gobierno, pero ahora “como están viejitos y les cuesta agacharse”, ya no juegan y pidieron que la destruyan para hacer otra cosa.

“Hay un momento en que te sentís encerrado en el departamento. Y te venís acá, hablás con uno, con otro, jugás a algo. Después voy al geriátrico a darle de comer a mi mujer y a la vuelta paso otro rato más, hasta las 9, que cierra. Venir es el recreo que me hago en el día”, concluye Tito. Y entre todos disfrutan del recreo y del porvenir en la plaza de Villa Real.

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