El reencuentro del profesor de 103 años y su alumno, el doctor

Hoy se celebra el Día del Maestro y Clarín rescata dos historias de pasión y superación. Una de ellas es la de Jorge Bulgarellis, que fue maestro del hoy médico de la televisión Daniel López Rosetti

POR VICTORIA DE MASI
Clarín
11-9-2013

Primero fue la iglesia de San Pantaléon en la isla de Lesbos, en Grecia. Jorge Bulgarellis entraba descalzo –él dirá después: con papeles atados a los pies con piolines– y meditaba frente a la figura del santo, patrono de los médicos. Casi cuatro décadas después y en Argentina, el griego escuchaba el sonar de las campanas de la iglesia de San Antonio de Padua y salía de la cama. Ya era profesor de Botánica pero quería ser doctor. Entonces durmió tres horas durante seis años para recibirse en la Universidad de Buenos Aires. Nunca abandonó la docencia, aún cuando buscaba su título, aún cuando también trabajaba como constructor, por designio paterno y porque su familia debía tener una casa. Daniel López Rosetti, ex alumno devenido en médico porque Bulgarellis lo inspiró, le rinde tributo. “El profesor fue mi referencia. Porque él educaba y formaba. Preparaba a hombres y mujeres para la vida”, dice López Rosetti y Bulgarellis –103 años espléndidos– le responde: “Gracias, doctor”.

La última vez que se vieron fue en 1975, cuando López Rosetti terminó el secundario. Pero el alumno nunca lo olvidó. “El año pasado, un paciente vino con una serie de estudios prequirúrgicos y en la ficha odontológica veo que la firma Bulgarellis. Le conté que yo tenía grabado al profesor Bulgarellis, que fue el que más me marcó en la vida. El paciente me contó que quien firmaba era el hijo y que su padre aún vivía. Y lo llamé”, cuenta el cardiólogo y columnista de radio y TV. Se vieron dos días después del llamado y López Rosetti le llevó el diario La Nación, un cigarro y una caja de fósforos. Una maña del griego: durante los exámenes finales, Bulgarellis deplegaba el diario y fumaba. Se tapaba la cara, sí, para que el que podía revisara el machete. “Es que su tarea estaba hecha, había enseñado a razonar, no a saber. El ya había dado todo”, lo excusa López Rosetti.

Bulgarellis lo escucha hablar y sonríe con el gesto del que ya vio todo. “Siempre les decía a mis alumnos que ellos me hicieron profesor. Yo me exigía cada vez más para darles conocimientos. Pero más que eso, me esforzaba para conducirlos en la vida. Eso es para mí ser maestro”, concede el docente, dueño de una vida larga, sacrificada. Nació en Lesbos y apenas conoció a su padre, que llegó a América escapando de la Primera Guerra Mundial. “Qué hambre pasamos con mi mamá. Carozo que encontraba en la calle, carozo que rompía y comía la semilla. ¿Sabe cómo conocí los porotos? Se los robaba a los soldados franceses. Casi me fusilan”, cuenta Bulgarellis. A los doce años pisó el puerto de Buenos Aires, vivió en una pieza en Belgrano (“una camita para mí, una para mis padres, un bracero, baño compartido”, describe y todavía le dura el horror) y aprendió el criollo solo. Otra vez: aprendió el criollo solo. “Con un librito que se llamaba ‘Bajo nuestro sol’. Me lo dio un vecinito después de que le hiciera entender con las manos que quería algo para leer”, repasa. Cuando lo abrió, vio el dibujo de una mesa y que abajo, en mayúsculas, decía “MESA”. Entonces fue por un diccionario. En seis meses aprendió el idioma y logró entrar al colegio, que en realidad era más que eso: podía comunicarse con sus compañeros.

Rindió libre sexto año. Le dio el gusto a su padre: estudió construcción y al mismo tiempo siguió el bachiller para estudiar biología. “Nunca dejé de trabajar para mi padre. Yo era albañil. Levantaba paredes, revocaba”, recuerda. Y no le cuesta decir, también, que cuando pasaba al frente ocultaba sus manos. El hormigón armado le comía las yemas de los dedos. A él le daba vergüenza mostrarlas.

Seguía con las manos ajadas cuando se recibió de médico a los 50 años. Pero esa vez no las ocultó: Juan Pedro Garrahan le dio el título y Bulgarellis fue ovacionado por sus compañeros. “Estudiar y dar examen. Estudiar y dar examen. Esa es la fórmula”, apunta el profesor y devuelve la pelota: “¿O no, doctor López Rosetti? ¿Cuándo me lleva a conocer su consultorio?”.

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