Un homenaje a los abuelos

Te dan todos los gustos, son tus compinches, te defienden, te cuidan. Los abuelos son seres especiales. Aquí, un homenaje de nuestra columnista a todos los que hacen que sus nietos suspiren de amor al recordarlos.

Por Maju Lozano
Revista Susana
10-8-2013

Con tan solo recordarla, la cara se me vuelve risa. Siento su calor y su ternura. Y en un instante, recreo los mejores momentos de mi infancia. El aire huele a comida casera, a vidrios empañados, en una cocina de sopas calientes y buñuelos. Cómo olvidar la mesada adornada de harinas y ñoquis y ese golpecito en los dedos cuando atrevidamente me animaba a mojar el pan en la salsa.

Rascadas de espaldas a la hora de la siesta y empezaba a entonar esta canción suavemente: “¡Ay, Esmeralda, ráscame la espalda. Ay, Esmeralda, pero tan fuerte no. Ay, Esmeralda, no seas ordinaria, no ves que es urticaria lo que tengo yo. Rascame, sí, sí, sí. Rascame, sí, sí, sí…”. Amaba esa parte del día en donde éramos cómplices de no dormir como lo había ordenado mi madre.

No existían los miedos cuando en la noche me dormía tomando su mano y juntas decíamos. “A dormir van las rosas en los rosales, a dormir van mis niñas porque ya es tarde”.

Todos esos recuerdos tienen un color y un olor a sábanas perfumadas, toda mi infancia tiene la tibieza de mi abuela Matilde.

Ella, mi ángel guardián, mi guía. Nuestra guía: 17 nietos peleándose por dormir en su cama, 34 brazos disputándose su amor todos los días.

Ella tenía el poder de convertir la vida en magia, su carcajada fácil aun retumba en mi memoria. Tenía la risa fácil, en realidad tenía la carcajada como modo de vida. Ella que cuando estaba aburrida se tomaba un colectivo, se quedaba hasta el final del recorrido y, después, volvía a su casa con la dicha de haber paseado un poco.

Mi abuela Matilde era todo. Enseñanza, alegría y complicidad. Nunca salía a la calle sin sus labios pintados y con un poco de colorete para “parecer sanita”, decía.

Ella que de grande nos dijo: “A los hombres hay que mandarlos vacíos a la calle”, y nos pellizcaba para agregar complicidad.

Los abuelos tienen la particularidad de decirnos verdades cargadas de dulzura, con ellos aprendemos a caminar despacio y sin prisa, a ir mirando dónde se pisa y disfrutar de cada paso.

Ella fue quien incentivó a cada uno de sus nietos a saber hacer de todo, “porque nunca se sabe que nos depara la vida”.

Nunca nos faltaba en Navidad la bombacha rosa para estrenar el 31 y “empezar con buenos augurios”. Aun recuerdo cómo carcajeaba cada vez que confundía el portero eléctrico con el teléfono y a los gritos preguntaba “¿Quién hablaaaa?” y reía sin parar cuando registraba su confusión.

Ellos que de grandes se vuelven una caricatura de ellos mismos, ellos que con el correr de los años aceptan sus errores como padres y los corrigen con sus nietos.

Matilde, mi abuela materna, era particular, única en su especie, tal vez por eso el día en que fue su despedida, los 17 nietos nos tomamos de las manos y cantamos sus canciones preferidas, su despedida fue tan alegre como su vida.

Sin querer, nos había dejado un mandato: aun en los momentos más tristes hay que reír y cantar y así fue y así lo hicimos.

Matilde, esa que de testaruda no iba a la peluquería porque le gustaba ponerse matizador, aunque le quedara un gris liláceo tremendo. Ella lo prefería así.

Los abuelos son esos padres que vienen con revancha en sus nietos. Los que nos ayudan a entender a nuestros padres y a tener compasión por ellos.

Por eso, sin chiste pero con sonrisas, mi recuerdo más preciado para todos aquellos que peinan canas y nos regalan sonrisas..

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