Una vida en danza

A los 92 años, María Fux baila todos los días y transmite la forma de encontrar en el movimiento la forma de liberarse. Una maestra

Por Jose Supera | Para LA NACION
Domingo 14 de julio de 2013

Luz de atardecer ilumina el rostro de María Fux, quien le habla a sus alumnos con una voz dulce y firme a la vez, algo autoritaria quizá, pero de un autoritarismo que busca libertad, la libertad del cuerpo y el espíritu. Es probable que se necesite ser un poco firme a la hora de liberarnos de la esclavitud enredada de nuestro cerebro. La clase de danzaterapia acaba de empezar. Los alumnos, desperdigados por el suelo. Cuerpos libres, la maestra Fux camina entre ellos. Comienza a hablar de la voz, de nuestra voz. “Viene desde lejos a darnos un mensaje.” Su mano hace un ademán como si sostuviera la voz, como si pudiéramos sostenerla en el aire, alrededor de nuestro cuerpo. Los alumnos imitan. “Ella nos lleva y mueve nuestro cuerpo.” Encendieron un sahumerio. También música. Sólo se ven movimiento de totalidades: mente y cuerpo y alma. Sus palabras son música. “Escucho con mi mano la voz.” Sus alumnos parecen bailar en el fondo de un océano imaginado.

María lleva un vestido violeta y un pañuelo verde. Con su mano y su brazo y su alma sigue los movimientos de sus alumnos, los acompaña en el viaje. La música es de origen hindú, ¿o africano?, no lo sabemos, pero es música que flota, que hace que la clase parezca situarse en el fondo del mar. “Sentir la música es como estar desnudo. La voz sola me va indicando cómo moverme, no sé en qué idioma habla, pero me transmite algo hermoso.” Corrige a una de sus alumnas que se mira al espejo, la obliga a no mirarse. “Es como si la imagen no existiera.” Y son como almas que bailan, como cuerpos que sienten. “La voz es fuerte, es hermosa. No hay otro instrumento que la voz.” María ahora sopla las palabras, sus alumnos se mueven como flores en el viento. Después se ponen de pie, crecen. “La voz aparece, me hace cambiar; viene a mi vida como música.” Y ahora todos ven bailar a la maestra. Porque sí, con sus 92 años, baila como si fuera la primera y la última vez. La perfección primitiva del movimiento interior/exterior. Y entonces le pasa la flor de su danza a una alumna con discapacidad motriz. Todos miran bailar a la chica, una fuerza liberadora que rompe las barreras de los músculos y la genética: un alma libre y poderosa, llena de luz. Termina su danza, todos se acercan a la chica, algunos la abrazan llorando. Dice María: “Para escuchar la voz que viene de lejos no tengo que verla, la siento. Lo que me pasa a mí, le pasa al otro”.

Aplausos, llantos. Fin de la clase.

* * *

La casa de María Fux se sitúa en el mismo piso que su estudio de danzaterapia. Un edificio antiguo y con historia. María camina entre laberínticos pasillos de paredes de madera. Cuadros con fotos de otros tiempos: María danzando; María dando clase; María en el escenario. En la cocina, un gato blanco sobre una silla. Mirada felina alerta. Otro pasillo, varias habitaciones y entonces, la parte más linda de la casa, con varios sillones y plantas y mucho verde, con libros y cuadros, el arte se respira en lo de María. Se sienta en su silla. Y comienza a hablar de sus comienzos.

“Siempre danzando”, dice, y en su voz hay algo de evocación emotiva, porque mira al aire, como si en el aire estuvieran los recuerdos que ahora trae y transforma en palabras. “Tenía 10 años y danzaba en las plazas. Un verano, en el parque Centenario, mis hermanos me hicieron un collar con hojas de magnolia y yo bailaba con ese collar, bailaba para los chicos. Era María la bailarina.” Imaginémosla: pequeña entre el verde, las hojas colgándole del cuello, bailando al ritmo de los sonidos de la naturaleza. Los pies en el suelo, raíces móviles conectadas a la tierra misma.

La danzaterapia es un forma de baile que inventó para cambiar y liberar a las personas. “Cuando una persona se mueve está diciendo quién es sin palabras. La danzaterapia significa reconocer cómo podemos cambiar a través del movimiento; en el silencio descubrimos ritmos internos. He trabajado con gente sorda y así aprendí los ritmos no audibles que ellos manejaban. Uno no se mueve con los pies, se mueve con la totalidad de lo que somos. No hay duda de que cuando uno se mueve de verdad se conecta con uno, pero también con los otros.”

María presenta en estos días un nuevo libro, El color es movimiento, registro de uno de sus recientes espectáculos como solista, Diálogo con imágenes. Hace unos meses fue declarada ciudadana ilustre en un emotivo acto en la Cámara de Diputados. Piensa la danza como liberación, como transformación del espíritu, pero también del cuerpo. “A través del movimiento se generan cambios no sólo físicos, sino que involucran a nuestro cuerpo interno, con sus fantasmas, sus miedos o problemas, tanto sensoriales como psíquicos. Cambiar los no del cuerpo por sí. Bailamos y expresamos no sólo belleza, sino miedos, rabia, angustia, dolor, y es a través de la danza, más que de la palabra, que todos estos estados encuentran salida.”

¿Cómo hace una mujer de más de 90 años para seguir dando clases y bailando todos los días? “Para mí, estoy en el comienzo, tengo 90 años, pero me siento en el comienzo. Ese comienzo de abrir los ojos y ver un nuevo día todos los días. Aún tengo mucha energía, tengo mucho para dar. Y es porque verdaderamente amo lo que hago.” Y al hablar de comienzo hay una pregunta, algo que se debería dejar para el final, como una forma de encontrar en el origen el verdadero por qué de todo. Un final siempre es un comienzo. Y entonces, la pregunta del final/comienzo: “¿Por qué empezaste a bailar, María?” Luego del silencio de su recuerdo, cuenta la historia de su familia. Que su madre llegó a nuestro país desde Rusia, porque eran judíos y ya se los había empezado a perseguir. Que su madre sufrió un accidente y que tuvieron que extirparle los meniscos de unas de sus rodillas. Y que su movilidad quedó limitada para siempre. “Ella fue un ejemplo de todo lo que se puede hacer aun con un problema de inmovilidad como ése; tenía amor por sus hijos, por su marido, por su casa, por la comida que hacía, para todo tenía amor.” Y cierra con una frase liberadora: “Yo soy la pierna de mi madre, yo soy esa pierna que danza”.

LA PELÍCULA DE MARÍA

Hay alguien retratando la vida de la maestra Fux. Iván Gergolet es un cineasta italiano que filmó horas y horas. Conoció de cerca la liberación del cuerpo, el cambio a través del movimiento. Lo eternizó en fotografías que se mueven. Podría decirse que hay algo de magia en el cine al igual que en la danzaterapia. Iván cuenta que supo de “María Fux a través de mi esposa, que sigue siendo una de sus alumnas. Ella comenzó a viajar regularmente a Buenos Aires para seguir sus clases y seminarios. Me dije: esta mujer debe tener algo muy especial si mi esposa ha decidido organizar su vida para ir cuatro veces al año a la Argentina. Mirar una clase de María es como mirar un cuadro en el cual las personas que danzan son los colores que componen una única imagen. Con estas impresiones en mi mente filmé una entrevista con ella y se la mostré a mi productor. Estábamos tan emocionados que unos meses después regresé a Buenos Aires para proponerle a María hacer una película juntos”. El film, Bailando con María, se estrenaría en septiembre de este año..

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