El “viejazo”, o la crisis de la mitad de la vida

El término no es muy científico que digamos. No lo aceptarían las academias ni los manuales médicos o psiquiátricos, aunque en la calle, en los bares, en las sobremesas y en muchos otros lugares se lo conoce bien y se lo escucha bastante seguido.

Por Miguel Espeche | Para LA NACION
Sábado 27 de julio de 2013

Nos referimos al “viejazo”, palabra usada de manera silvestre que nombra una suerte de “síndrome existencial” que aqueja a muchas personas que, al ver que su DNI acumula años, sienten un conglomerado de cosas que luego se traducen en conductas, en muchos casos, dislocadas.

El primer problema es reconocer a qué edad aparece el “viejazo”. Algunas voces lo ubican en simultaneidad con la entrada en la cuarentena, si bien hay apariciones más tempranas, y otras, por el contrario, más tardías.

Es verdad que no es una situación que aparezca unánimemente, ya que muchos hombres y mujeres no lo viven, más allá de que es amplia la mayoría de quienes, tras décadas de intentar llegar a viejos, se descubren atisbando los primeros signos de ese cometido y se asustan como chicos. Y, por supuesto, se quejan de aquello por lo que tanto han bregado…

A “ojo de buen cubero” diríamos que el “viejazo” es mayoritariamente patrimonio masculino, si bien muchas damas, pasados los años, cumplen con los requisitos del fenómeno. Digamos, por otra parte, que el “viejazo” es una de las maneras que existen para asumir lo que se da en llamar la “crisis de la mitad de la vida”, crisis que a veces se torna “viejazo”, y a veces no, ya que se orienta a otro tipo de conductas y estados emocionales o espirituales.

Podemos afirmar que lo que destaca al “viejazo” es una falta de aceptación de la edad que se tiene, lo que se traduce en una sorda o explícita rebeldía frente a la realidad. A eso se suman los siguientes elementos: repentina crisis de pareja (con destino incierto, si bien abundan las separaciones); rebeldía con el sistema de vida, pero sin cambios sustanciales de fondo; uso de ropas similares a las de los hijos; exageradas preocupaciones estéticas (especialmente, capilares); nuevas amistades y parejas mucho más jóvenes; una idea de que la vida se escapa y hay que vivirla apurado, antes de que se vaya.

Llene el lector otros posibles signos de “viejazo” que, sin dudas, nos faltan. El fenómeno es muy extendido y no extraña su existencia, ya que es sabido cuánto se ensalza en nuestra cultura a lo joven, y, paralelamente, cuán poco se valoran los beneficios que el paso de los años suma al vivir. La sabiduría no es un valor que se ponga en relieve, pero es justamente esa sabiduría uno de los elementos que compensan las mermas físicas que vienen con los años. Así, no es de extrañar que los Dorian Gray modernos pululen por doquier, con miedo al paso del tiempo, sin percibir sus beneficios.

Repetimos que nos estamos refiriendo a una de las maneras de vérselas con los clásicos y deseables replanteos que la mitad de la vida genera en quienes toman en serio su existencia. No toda crisis posterior a los cuarenta años es un signo de “viejazo”, ya que es verdad que es una edad que habilita a revisiones profundas, sinceramientos y sacudones que permiten distinguir lo efímero de lo perdurable.

El “viejazo” aquí descripto es un intento de detener o atrasar el tiempo, no de vivirlo con nuevas verdades y planteos genuinos que no niegan los años, sino que los hacen valer de buena (aunque a veces dolorosa) forma.

Mejor que parecer más jóvenes es sentirse más vitales. La vitalidad genuina siempre tiene que ver con la verdad de las cosas, por eso no será jugando a ser jovencitos que se accederá a lo anhelado, sino potenciando al máximo las capacidades con las que se cuenta. O sea: usando los años a favor, no luchando contra ellos..

http://www.lanacion.com.ar/1604806-el-viejazo-o-la-crisis-de-la-mitad-de-la-vida