A los 62 años aún prefiero a las mujeres que saben volar

POR ERCOLE LISSARDI ESCRITOR URUGUAYO. ENTRE SUS LIBROS FIGURAN “EL CENTRO DEL MUNDO” Y “LA PASIÓN ERÓTICA”

El sexo y el amor en la madurez. ¿Cambia con el tiempo lo que se busca en una relación? ¿Hay menos interés en lo corporal y más en lo afectivo? Según Lissardi, no es así: en su caso los años no esfumaron el goce ni las ganas de compartir nuevas experiencias.

Clarín
6/7/13

Sucede, sí, al cruzar la línea de los 60. Es una especie de shock. Empezamos a ver las cosas con otros ojos. No porque se incremente la conciencia de la finitud de la existencia. Uno –yo al menos– tiene conciencia de la brevedad y la precariedad de la vida desde que tiene los ojos bien abiertos. Tampoco es que uno aprenda a disfrutar más plenamente de las cosas porque se es más consciente de lo efímero que es todo.

Siempre tuve una avidez demente por todo lo que la vida me pusiera por delante. Es que realmente se empieza a ver las cosas con otros ojos. En todo, incluida la relación con las mujeres, es decir, el amor.

De hecho, y puesto que he sido toda mi vida alguien totalmente abierto al llamado del deseo, es especialmente en la relación con las mujeres que ese cambio de perspectivas se me hace más relevante, sensible. ¿Cómo lo definiría? Antes, no sé cuánto antes, porque estos procesos son sutiles, sólo muy progresivamente se vuelven claros, antes y desde siempre me interesaban más o menos exclusivamente las mujeres de mi edad. Me parecía que el entendimiento perfecto implica un cierto número de sobreentendidos que son los propios de compartir la edad. Es cierto, ese entorno etario fue cambiando. En la adolescencia no tenía ojos sino para las que tenían prácticamente mi misma edad. Luego, diez años más o menos no hicieron diferencia. Pero ahora ya no es así. Ahora las mujeres en tanto posible relacionamiento se me dividen en dos universos bien definidos: por un lado las mujeres jóvenes, veinte, treinta o incluso cuarenta años menores que yo, y por otro, las mujeres de mi entorno etario.

Lo que unas me dan las otras no pueden dármelo, y viceversa. Y ambas me dan cosas que realmente necesito.

A nadie sorprenderé, supongo, ni escandalizaré afirmando que un número considerable de mujeres jóvenes se siente atraídas por los caballeros en edad madura o casi. No voy a detenerme en sus razones, que de antemano declaro perfectamente legítimas, sino en lo que este tipo de relaciones, que antes no me llamaba en absoluto la atención, ha comenzado a darme. No diré que me resultan estas relaciones como una inyección de vida. No es así.

No necesito inyecciones de vida.

A los sesenta está uno –yo al menos– en el ápice de la lucidez y de la avidez vital. Lo que me dan estas relaciones es algo que cuando uno es joven no aprecia en la cabal medida: el misterio de ser joven. Veámoslo así: en cada vida convergen vetas de pasado –remoto o cercano– que la constituyen y que son hasta cierto punto la condición y el límite de lo que esa vida llegue a ser. Hay en algunos jóvenes una aguda conciencia de ese abanico de límites. Están parados en el borde de un abismo y se preguntan: ¿y si me lanzo? ¿podré volar?

Exagero un poco, dramatizo, pero sin ese brillito en los ojos no hay mujer joven, hermosa o no, que despierte mi deseo. Porque mi deseo es compartir, vicariamente, desde las sombras del abrazo, ese momento embriagador de la existencia.

Una sola regla me he dado para tratar con las mujeres jóvenes: ellas tienen que hacer el primer movimiento. La gente está llena de prejuicios y a partir de cierta edad los resbalones suelen doler el doble. Me hago cargo de que con semejante regla puedo estar dejando pasar de largo unas cuantas maravillas, quizá entre ellas la maravilla definitiva, pero se trata de una regla que no admite excepciones.

Permítaseme mostrar cómo funciona la cosa con un ejemplo. Tere, una ninfa pletórica en su veintena, me entrevistó para la televisión en ocasión de la Feria del Libro de Buenos Aires. La expresión de simpatía no era pura pose: a Tere la acompaña un aura indudable de vitalidad y picardía. Cuando nos sentamos en sillones enfrentados para la entrevista, tan mágicamente como en la playa se retira la marea, su falda cortita me reveló en toda su plenitud sus magníficos muslos. Casi me desmayo. Eran un canto a la vida y a la gloria efímera de la piel. Tere hizo muy bien su trabajo. Para nada la incomodó mi mirada, que continuamente pasaba de sus ojos risueños a la clamorosa invitación al amor que eran sus muslos.

Se me dirá que, en el caso de Tere, su provocadora presentación era ya un primer movimiento por demás claro. No necesariamente. ¿Quién me podría asegurar que no se presenta así siempre, sin implicar una invitación real a nada para nadie? Así pues, hecho el trabajo, nos despedimos, y no volví a saber de ella en casi dos años. Hasta que me escribió pidiéndome que le comentara unos textos de erótica en los que estaba trabajando.

Eran textos breves escritos en una primera persona que se regodeaba en actos de adoración oral de la virilidad. A riesgo de dar por tierra con mi probidad intelectual debo confesar que aquel envío inesperado me pareció una excusa, una invitación y una promesa.

Comenté, pues, aquellos retazos de, a decir verdad, no mala literatura, con un entusiasmo que recibía buena parte de su inspiración de los fuegos del deseo reavivado. Y finalicé mi extenso elogio participándola de mi inminente visita a Buenos Aires, y sugiriéndole que nos viéramos para seguir tratando el tema.

Una sola cosa tengo para decir de la noche interminable e inolvidable que vivimos. Ni por un solo instante vi que Tere me mirara como una dulce damisela se supone que debiera de mirar a un sexagenario. En ningún momento vi en sus ojos sino una mirada, que gracias a Dios, bien que conozco: la mirada de la mujer que se entrega al hombre que desea.

En cuanto al otro universo femenino, el de mi mismo círculo etario: las que me interesan, aquellas en busca de cuya relación emprendo maniobras, son las que sacan las cuentas de la vida con lucidez, y que no se dan por vencidas aunque las cuentas no cierren, que rara vez cierran, y que no se dan prematuramente por viejas.

Con la gente de mi edad soy tan selectivo como con las jóvenes, necesito el brillo en la mirada, la genialidad de existir, si no, no me interesa. Son, pues, pocas las mujeres jóvenes que me interesan, pero también son pocas las mujeres de mi edad que me interesan. Amo, es decir, deseo, a las que han llegado al otro lado del abismo y pueden decirse “He volado”, a las que pueden exhibir la entereza de una vida dedicada a luchar por algo, lo que sea.

Una consideración especial me merecen en este sentido las relaciones con mis ex, legales o no –me casé cuatro veces–, es decir las mujeres, todas ellas de mi edad, con las que he vivido relaciones de pareja. Siempre me he preocupado de mantener con mis ex relaciones de cariño y de respeto. Pero a aquella, Adela, que fue mi primer amor, y luego mi primera esposa, en una relación que duró toda una década, a ella la llevo siempre en lo más hondo de mi corazón, aunque después de la separación sólo nos hayamos vuelto a ver accidental y fugazmente. Nuestra relación, por cierto –más allá de que tuviéramos la certeza de amarnos verdaderamente, y más allá de la perfección con que nuestros cuerpos se entendían–, era imposible: queríamos de la vida cosas diferentes, nuestro posicionamiento ante cualquier cuestión o asunto era, siempre, irreconciliablemente opuesto.

Pues bien: no hace mucho invadió mis días y mis noches el recuerdo de la felicidad que compartimos… o, para ser más preciso, el recuerdo de la felicidad sexual que repletó hasta el más delicioso hartazgo nuestros años de juventud.

Esos años están para mí protegidos dentro de una burbuja luminosa: a ellos el tiempo no los toca. Tan intenso se me hizo este recordarla que –sensato como soy, a mis horas– comprendí que tanta insistencia sólo podía responder a una especie de llamado, y que no podía ignorarlo. Conseguí, pues, su teléfono, y la llamé.

La recibí en mi departamento. Impecable ella, como siempre, aunque se había hecho en el rostro una cirugía estética que no la favorecía en absoluto. Perturbados por aquel encuentro inesperado, nos tratábamos con tanta amabilidad como distancia, con una deferencia un poco demasiado formal. Yo no tenía una agenda de temas que quisiera conversar con ella, de manera que ahí estábamos, un poco cortados, navegando un silencio más bien incómodo. En realidad fue cuando le estaba sirviendo el té que comprendí lo que quería de ella: quería tenerla, físicamente quiero decir, una vez más.

Casi se me cayó la tetera de las manos cuando comprendí. Era absurdo, improcedente, a contramano de todo, pero era eso: quería tenerla una vez más.

Se lo expliqué, parsimoniosa y respetuosamente. Sé cómo hablar con ella. Lo aprendí en incontables momentos de mutua incomprensión. Hay que hablarle sin arrebatos, mostrarle la lógica del asunto. Le insistí en la necesidad de ratificar lo vivido, de celebrarlo, subrayándole el derecho que la vida nos daba a eso y el nulo daño que causábamos. Escuchó con atención como si tratáramos un asunto mucho más prosaico, mientras bebía con deleite sorbitos de té –por supuesto: había salido a comprar el que a ella, al menos cuando éramos marido y mujer, le gustaba–. Viéndola escucharme supe, sin la menor sombra de duda, que estaría de acuerdo.

“Sí”, dijo finalmente, “yo pensé algo parecido, pero no me hubiera atrevido a llamarte”. Así era Adela, y así es. En ese instante sentí que me sumergía en su ser tanto como lo había estado todos aquellos años.

Respiré una vez más su sencillez, su absoluta integridad, su respeto por todo lo que presentara a su espíritu con una lógica y un derecho indiscutibles. Los años no la habían cambiado para nada. “¿Querés ahora?” preguntó, y agregó “No hay problema, porque me tomé la tarde libre”.

Nos desnudamos completamente. Me mostró su cuerpo nuevo, su cuerpo de sexagenaria, sin pudor alguno, como cuando éramos muchachos. Mirándola sentí que para mí no había un cuerpo nuevo y otro que ya no estaba, ambos eran para mí un mismo, un único cuerpo, que me deslumbraba como sólo puede deslumbrar el cuerpo del amor profundo, verdadero, imperecedero. Sonrió dulcemente cuando vio la respuesta vigorosa de mi virilidad. “Como siempre ¿eh?” dijo, a la vez juguetona y seria. “Como siempre con vos” mentí, como correspondía. Le acaricié. Estaba pronta para el amor. “Como siempre ¿eh?” retruqué dulcemente en su oído. “Como siempre con vos”, mintió seguramente, a su vez. Y después dijo, en tono de protesta: “Y no vale, con todo lo que yo me cuidé siempre, que te veas más joven que yo ”. “No es cierto”, le aseguré. Su boca se prendió de la mía con una avidez que no le conocía, y se dejó venir encima de mí. No volvimos a vernos. Había sido una celebración, o una despedida. Un momento perfecto, sólo para comprobar que ella no había cambiado, y que lo que habíamos tenido en el pasado, seguía intacto. Fuera del tiempo.

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