La vejez de una pasión

POR RICARDO ROA
Clarín
8/5/13

Lo único que podemos saber es que nuestra vejez no será como pensamos. No lo dijo el argentino Alfredo Di Stéfano aunque merece haberlo dicho: a los 86 años, esa leyenda del fútbol, se ha enamorado y ha anunciado que va a casarse con una costarricense medio siglo más joven.

Sus cinco hijos se han declarado en pie de guerra y acudieron a la Justicia para evitarlo. Piden que se lo declare incapaz “ante el deterioro evidente de las facultades físicas e intelectivas” y juran que a ellos los anima proteger el “solo interés” de su padre y “no perjudicarle”. Por si acaso, le pidieron al juez “medidas cautelares para la preservación de su patrimonio” que, de casarse, no será mayoritariamente para ellos.

Di Stéfano enviudó en 2005. Por lo tanto, la tercera parte de sus bienes gananciales está ya en manos de los hijos. El cónyuge que sobrevive hereda las otras dos terceras partes, según la ley española. Aquí es diferente: se distribuye en partes iguales. Casi iguales en realidad, porque el cónyuge sobreviviente recibe además de ese 50% la misma cuota que corresponde, de la otra mitad, a cada hijo.

La Saeta Rubia ha tenido siempre una autoestima exageradamente elevada y por lo que se ve tiene aún una lengua filosa: “¿Qué van a decir mis hijos? Pues deben estar en contra. Pero eso a mí no me importa. A mí me importa mi vida y nada más. Ya llevo ocho años viudo”. Bien que hace: si la vida consiste en una gradual pérdida de placeres, vivir en el tiempo presente es el mejor modo de llevarla.

El cuerpo y la pasión envejecen de manera diferente y para cualquier hijo es difícil de comprender y más aún, de aceptar.

“Tengo 86 años pero el corazón joven” proclama Di Stéfano pero nadie con tres dedos de frente ignora que la edad no es un estado mental y que a veces un castigo de los años es que el cerebro se llene cada vez más de niebla, de no entender lo que nos está sucediendo. Y con eso crece una brecha entre tu propio interés y lo que uno mismo cree que es.

La prometida de Di Stéfano se licenció en Derecho en su país, ganó una beca para ir a trabajar a la Radio y Televisión Española y se quedó en Madrid. Cuesta de entender, o quizá no tanto pero cursó después un doctorado en Relaciones Internacionales y la carrera de entrenadora de fútbol. Conoció a Di Stéfano cuando el ex futbolista escribía su autobiografía y se convirtió en su secretaria y hasta se tatuó en un brazo “La Saeta Rubia”.

A los 86 años las emociones más fuertes son de cosas que se acaban pero Di Stéfano quiere emprender cosas nuevas. No quiere seguir solo o acompañado por sus hijos. Y cuando aparece capaz de amar, se lo quiere declarar incapaz. El amor es una capacidad pero las trampas y los apetitos de dinero también se camuflan bajo la forma del amor. Es que nunca es sencillo el amor. A veces no resulta claro ni para quienes aman y menos aún para quienes observan desde afuera.
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