La sonrisa del viejo brujo

Por Enrique Pinti | Para LA NACION
Domingo 07 de abril de 2013

Hay cosas tan obvias, tan evidentes y tan simples que quizás por eso son tan difíciles de asumir. El paso del tiempo es una de ellas, ¿quién puede negarlo? Mucha gente está empeñada en conservarse, así, en bastardilla, para diferenciarlo del concepto positivo de cuidar la salud física y espiritual. La palabra conservar aplicada al ansia de la eterna juventud suena al mítico congelamiento del cadáver de Walt Disney, es como petrificar un rostro de 30 años y pretender estirar la apariencia juvenil hasta que el cuerpo aguante. Esto no significa denostar o ridiculizar a los que con adecuada alimentación, hábitos de actividad física frecuentes y factores genéticos privilegiados ostentan una lozanía que también brota de un equilibrado estado espiritual. De todos modos, cuidados, descuidados, sanos, achacados, exitosos o frustrados, a todos el tiempo nos pasa por encima y cada fiesta de cumpleaños, los festejemos o no, es el testigo implacable de cuánto tiempo llevamos viviendo en este planeta. Y eso que es tan obvio muchas veces nos sorprende, porque la vida parece larga (y en el caso del que esto firma lo ha sido). Pero al mismo tiempo, más allá de los números, es cortísima y pasa volando. Por eso, muchas veces los veteranos no nos paramos a pensar que estamos hablando con gente a la que le llevamos ¡cincuenta años!, y no asumimos que la mitad de las cosas que para nosotros son familiares y cercanas para ellos son completamente desconocidas y suenan, por lo tanto, a cuentos y fábulas de otro siglo, del que ellos solo han oído hablar a sus padres y abuelos. Y ya se sabe que la mayoría de las cosas que los jovatos contamos pueden ser poco creíbles para los que nacieron medio siglo después. Además, y no es un detalle menor, cada uno cuenta la historia según como le ha ido, y es muy posible que épocas miticamente recordadas como épocas de oro y demás calificativos rimbombantes puedan haber sido dolorosos y difíciles para el ahora anciano y no coincida su relato con el de otros de edad similar, que habrán vivido la misma época en la dorada nube de alegría y placer con que de por sí brindan los años jóvenes. Los jóvenes, por su parte, están viviendo con toda intensidad los tiempos actuales, a los que ellos califican mayoritariamente como caóticos y contradictorios. Muchos de ellos son periodistas o comunicadores que emiten opiniones desde su lugar de protagonistas. No creen en la mitad de las cosas que los mayores manifestamos y compran la idea de los que pintan su época como ideal, maravillosa, llena de buenas conductas, palabras de honor y honradez a carta cabal, omitiendo inconsciente o deliberadamente sucesos espantosos y capítulos aberrantes en la historia reciente, y muchas veces, aun reconociéndolos, le restan dramaticidad con el consabido pero eso era un cuento de hadas comparado con lo que pasa hoy en día. En el extremo opuesto, otros veteranos minimizan lo que pasa actualmente y se ponen medallas y moños al decir lo que tuvieron que sufrir y lo mal que la pasaron en la época de oro. Y como siempre en la vida, todos tienen una parte de razón. Por eso, desde mi mentalidad septuagenaria aconsejo escuchar, filtrar, averiguar la historia personal de los contadores del pasado y partir de la base de que no siempre el tiempo pasado fue mejor, pero que hay detalles, formas de vida y pautas de conducta que no estaban mal medio siglo atrás, y que pueden ser rescatadas sin que esto implique ignorar sucesos luctuosos y atropellos vergonzosos a la dignidad humana que se han cometido a lo largo de la historia.

Lo que no podemos hacer los mayores es pretender que los que tienen la edad de nuestros nietos interpreten la realidad con nuestras pautas. Deberíamos usar nuestra energía para contarles nuestras experiencias con el mayor lujo de detalles que nos sea posible para que comprendan que casi todo está inventado y que nosotros también navegamos por las mismas turbulentas aguas del no entender el mundo, de quererlo cambiar y de no haberlo logrado del todo, pero con la agridulce sensación de que valió la pena intentarlo.

Hace poco el que esto firma vió La dolce vita, del inolvidable Fellini, que por 1960 mostró a paparazzi y celebridades de cartón sumidos en un clima de angustia. Y los jóvenes que estaban conmigo, asombrados, dijeron: “¿El mundo ya era un caos en 1960?” Yo sonreí como el viejo brujo de una tribu..

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