Max Berliner: hace 50 años que para en la misma esquina

POR EINAT ROZENWASSER

Está en Villa Crespo y hay un café que antes era un bodegón. A los 93, sigue actuando y camina por Corrientes para mantenerse ágil.

Clarín
7-2-13

Podríamos empezar por el clima y el espíritu con el que, a sus 93 años, Max Berliner enfrenta un mediodía agobiante en Villa Crespo, pero de pronto estamos en el Once de 1930 rodeados de inmigrantes judíos. Al 2300 de Lavalle la Corsetería Berliner y en la esquina de Pasteur la lechería, la carnicería en la que vendían wurst, el enorme almacén y la panadería de Stein. Los chicos jugaban a la pelota en la calle pero sabían que el límite era el local familiar: Don Berliner no quería que molestaran a sus clientas. Max no jugaba, lo mandaban a estudiar violín (hasta que se cansó y tomó el piano que había abandonado su hermana; todavía toca y compone para sus obras).

Habían llegado desde Varsovia en 1922. El barco, el Hotel de los Inmigrantes y a hacerse un lugar en Buenos Aires. La familia polaca se oponía al viaje a estas tierras de prostitutas (aquí vendría bien la historia de la red mundial de trata Zwi Migdal, aunque quizás corresponda a otra sección), pero Don Berliner se dedicaba a la fábrica de municiones para el ejército y sospechaba que la cosa no seguiría bien. Con una carta de recomendación consiguió trabajo en una fábrica de camas. “Se usaban las camas de bronce, con huecos en la cabecera y al pie para la foto del papá y la mamá”, explica.

Su mamá empezó a fabricar fajas y corpiños y así llegaron a Lavalle: una salita, el local del 2058 que ya no existe, la corsetería. El papá se sumó al negocio familiar. “Aprendió a cortar los modelos y ahí surgió la espaldera, para las chicas que estudiaban en las Academias Pitman. Entonces las mujeres no se hacían cirugía estética como ahora, se hacían corset y pedían que mi viejo se los atara para que quedara bien ajustado”, sigue.

Lo de las prostitutas era cierto y en esa casa se mezclaban todos. “No discriminábamos”, se ríe. Y cuenta la vez que fueron a recorrer los cafetines de Alem y 25 de Mayo con un amigo que tenía carnet de policía: “Cuando entrábamos hacían sonar un timbre para que se portaran bien. Estaban las mujeres que venían a hacerse los corpiños en casa. Había dos teatros donde hacían revistas ‘verdes’ y te encontrabas con gente amiga”.

La gente del teatro también pasaba por el local de los Berliner. Max recitaba en idish desde los 9 años (“no es un dialecto, es el idioma madre, no tiene que desaparecer pero soy el único que está peleando para que no se borre”, insiste, y convoca actores a sumarse a una obra en ese idioma), en una época en la que el circuito porteño llegó a tener diez salas en las que se presentaban obras en idish. “Hasta último momento funcionó el Mitre, en Corrientes y Acevedo, donde está el supermercado. El escenario quedó atrás, no lo pueden sacar. Y la gente iba a tomar café al San Bernardo y volvía”, recuerda. En ese circuito fue que, entre encuentros y desencuentros, conoció a su esposa, la artista plástica (y actriz) Rachel Lebenas.

Vive en Villa Crespo desde hace 50 años y siempre paró en la misma esquina. “Esto era un bodegón, bajabas unos escalones y entrabas. Todos los días, a las 10, nos encontrábamos con Leibele Schwartz (el gran cantor litúrgico y padre de Adrián Suar). Y aparecía la mujer, siempre muy coqueta, diciendo ‘donde está mi Leibele, oh, Leibele’. Veníamos a chimentar”, recuerda. Las confiterías de Corrientes en las que escuchaba música clásica. El mismo café, en el mismo bar alargado frente al Hospital Israelita, con el que esperó el nacimiento de sus dos hijos. Esta esquina.

“Yo camino, por eso tengo esta agilidad. Si voy al Abasto, por ejemplo, camino hasta donde puedo y después me tomo el subte. Eso sí, con este calor de tarde no salgo”, cuenta. Ahora ensaya para el reestreno de Póstumos (teatro Regio), la obra que José María Muscari escribió a partir de las entrevistas que realizó a los actores. De regreso pasa por el bar, lee los diarios, hace sus anotaciones. “Por ejemplo, acá estaba reflexionando sobre la vida”, dice, y muestra una servilleta de papel. “ La vida nos da vida / vivir la vida es dar vida / vivir la vida es saber vivir / lo más bello es la vida / no hay nada más hermoso que la vida / saber vivir nos da vida…

Qué se yo, locuras”.

http://www.clarin.com/ciudades/Hace-anos-misma-esquina_0_861513945.html