Una luchadora que festejó sus 100 años entre amigos, nietos y bisnietos

Perdió a su mamá y tuvo que hacerse cargo de su casa. Y al enviudar, crió sola a 7 hijos

Clarín
07/01/13

La vida la puso a prueba más de una vez y ella dio todo para sostener a su familia, como hija, hermana y madre. Con la pérdida temprana de su mamá, se hizo cargo de la casa. Ya casada y con siete hijos, le tocó ponerse al frente del negocio matrimonial. Ninguno de esos sacudones pudo con su temple forjado en las cercanías del monte tucumano y logró salir adelante. Y con ella, todos los que siguieron su camino y que ayer se reunieron para celebrar su nueva proeza, llegar a los cien años . Pero también para homenajear su obra, reflejada en esas decenas de rostros alegres que la rodeaban, desde los curtidos por el paso del tiempo hasta los rozagantes, unidos todos por la misma sangre.

Genoveva Alcaraz de Ruiz nació el 6 de enero de 1913 en Santa Lucía de Tucumán, cuando al pueblo se lo conocía como Ingenio Santa Lucía. Allí todos vivían de la zafra, incluidos su padre y sus hermanos a los que crió como una madre. “Tuvo que dejar la escuela para hacerse cargo de ellos”, contó con orgullo Alba Ruiz, la menor de sus cuatro hijas que, junto a tres varones, tuvo con su marido Jesús. Ambos atendían el almacén de ramos generales del lugar, centro de atracción de los pobladores por los generosos créditos que daba. La muerte de su esposo volvió a arrojarle a sus manos el timón familiar. “Ha tenido una vida muy sufrida, pero pese a todo aquí está y no parece que tuviera cien años”, resaltó su sobrino Andrés Alcaraz desde la casa donde unas 70 personas, entre miembros de la familia y varios amigos de Tucumán, se reunieron ayer a celebrar en La Tablada. Allí se radicaron uno a uno sus hijos a medida que la crisis de la industria azucarera los obligaba a dejar la provincia en busca de su propio futuro. Así se fueron yendo Fermina, Martín, Elsa, Manuel, la propia Alba y Eduardo. La última en abandonar el lugar fue Genoveva con su hija mayor, Agustina.

“Me acuerdo de las comidas típicas espectaculares que nos preparaba”, evocó Marcelo Ruiz, uno de sus diez nietos. Correr por el campo y jugar en la amplia casa de la abuela forman parte indeleble de los recuerdos veraniegos de infancia que en la celebración de ayer afloraron para compartir con los trece bisnietos, también integrantes de la herencia de esta heroína centenaria. Con su extraordinaria lucidez, ella misma contribuyó para que varias anécdotas familiares permanezcan vivas aún. “Se la ve muy bien, contenta y disfrutando de que todos nos hayamos reencontrado en torno a ella”, describió Eduardo Ruiz, su hijo menor. Genoveva respondió a su estilo, reservado y tranquilo. “Gracias, gracias, gracias. Estoy muy emocionada, pero feliz”. Por su sencillez, convencerla de la fiesta no fue fácil, pero al final, todos celebraron.

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