Una danza que nos hace bien al corazón

Tango saludable es el concepto que motorizan los bailarines Héctor Mayoral y Elsa María, y que cuenta con el apoyo de asociaciones cardiológicas

Por Florencia Vidal | Para LA NACION
Domingo 16 de diciembre de 2012

Desde sus orígenes rioplatenses, el tango siempre reveló en sus versos historias de abandonos, de desarraigos, de amores no correspondidos, de desencuentros. Por eso, Enrique Santos Discépolo, uno de los máximos representantes de este género, lo definió como un pensamiento triste que se baila. Lo curioso es que esa poesía nostálgica y pasional, bailada al ritmo del 2×4, puede tener efectos positivos tanto en la prevención de enfermedades cardiovasculares como en la recuperación de otras patologías neurológicas, psicológicas o traumatológicas.

La pareja de bailarines que forman Héctor Mayoral y Elsa María, quienes debutaron en la Compañía de Mariano Mores en la década del 60 y fueron maestros de Bill y Hillary Clinton, Robert Duvall, Liza Minnelli, Frank Sinatra y Juan Manuel Fangio, entre muchos otros, creyó desde siempre que el tango es una danza única y placentera. E intuyeron que podía ser beneficioso para la salud.

La evidencia llegó cuando el cardiocirujano René Favaloro se comprometió con el matrimonio de artistas a estudiar sobre el tema, hace más de doce años. Entonces, la Fundación Favaloro junto a otras asociaciones cardiológicas diseñaron un protocolo de investigación que consistía en medir determinados valores respiratorios y cardíacos mientras se bailaba al compás del tango. “Los resultados fueron contundentes. Esto significó un estímulo suficiente para perseverar y profundizar lo que nosotros llamamos tango saludable”, explica Elsa María.

Ahora, con el apoyo de la empresa de medicina Medicus, la pareja brindó una charla en su Petit Palais, la casa del siglo XIX que funciona como academia en el barrio de la Recoleta. El doctor Pablo Merletti, cardiólogo del staff de Medicus, explicó que a la hora de prevenir trastornos cardiovasculares, las actividades aconsejables son: caminar (en la cinta o en la calle), nadar o bailar el tango con una frecuencia de tres veces por semana durante media hora.

La práctica regular de cualquiera de estas disciplinas permite modificar la frecuencia cardíaca y la presión arterial. Estas dos variables cuando están descontroladas pueden producir un infarto o un accidente cerebro vascular (ACV). “Caminar, nadar o bailar de manera sistemática permite que el corazón entienda que hay dos momentos en los que debe trabajar a diferente velocidad, con el ejercicio o con el reposo. Si alguien está sentado leyendo y tiene una frecuencia cardíaca de 100 por minuto, es como estar en un semáforo en rojo con el auto a 1500 revoluciones. Si uno acelera el auto en el semáforo, lo gasta más y consume más nafta. Lo mismo pasa con el corazón, porque trabaja de más cuando no hace falta”, comparó Merletti. En cuanto a la presión arterial, el entrenamiento también permite bajar la dosis de la medicación hipertensiva.

Bailar ayuda, además, a combatir el sedentarismo y el sobrepeso e incide en el estado de ánimo, ya que eleva la autoestima y disminuye la angustia, la depresión y la ansiedad. En la rehabilitación de enfermedades neurológicas como el Parkinson y el Alzheimer resulta un complemento terapéutico, debido a que estimula la agilidad, el equilibrio y la concentración.

Como se trata de un ejercicio de una intensidad de baja a moderada, es adecuado para personas de todas las edades y puede ser una alternativa para aquellos que aún no encontraron una actividad física que se adecue a sus gustos.

De 1 a 100 años hay un tango para cada quien, dice Elsa María. Su práctica no tiene contraindicaciones. Tampoco es necesario saber bailarlo ni seguir una coreografía fija: “Bailar esta música da muchas satisfacciones; uno abraza y se deja llevar. En muchas partes del mundo ya descubrieron que el hace bien, que el tango es mágico”.

EN LAS ALTURAS

Esta pareja creó Tango de alto vuelo, un proyecto en DVD con ejercicios, consejos y clases de tango para proyectarse durante los viajes en avión y así aliviar los efectos de los vuelos de larga distancia..

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