Cómo vivir en paz con los muertos

En la Historia se trató de soportar la idea de la muerte. Hoy se buscan formas de valorarla y entenderla.

POR BESS LOVEJOY
Revista Ñ
31/12/12

Antes, conmemorábamos a los muertos, les dejábamos afuera ofrendas para alimentarlos y lámparas para que los guiaran a casa. En la actualidad, Halloween se ha alejado mucho de sus raíces en los festivales paganos y católicos, y los espíritus que apaciguamos ya no son los de los muertos: los fantasmas necesitados fueron reemplazados por niños disfrazados que piden golosinas.

A lo largo del último siglo, desde que los europeos y los norteamericanos empezaron a aislar a los moribundos y los muertos de la vida cotidiana, nuestra sociedad viene empujando la muerte hacia los márgenes. Sintonizamos programas de TV sobre asesinos seriales, pero en éstos no se muestran cadáveres reales, editados de las coberturas de los medios, ocultos detrás de cortinas de hospital. El resultado, como escribió Michael Lesy en su libro de 1987 The Forbidden Zone (La zona prohibida) es que cuando la muerte se produce “reverbera como un aplauso en un auditorio vacío”.

No siempre fue así. La muerte en una época tenía lugar en la casa, con los amigos y los familiares reunidos alrededor. Las mujeres locales eran responsables de lavar el cuerpo y coser la mortaja. A veces se dormía en la misma habitación que los cadáveres, porque no había otro lugar adónde ir. En la Edad Media, los cementerios solían hacer las veces de plaza pública: no sólo se caminaba sobre las tumbas, se comía, se bebía, se comerciaba y a veces hasta se cantaba y bailaba. Esta familiaridad con la muerte puede verse en las formas en que se trató históricamente a muertos famosos. La momia de Alejandro Magno fue uno de los objetos más reverenciados del mundo antiguo, y una escala en su tumba daba impulso político a los emperadores romanos (supuestamente, Augusto llegó a besar el cadáver, aunque se dice que al besarlo hizo caer la nariz de Alejandro).

La veneración de las reliquias es una práctica religiosa conocida, pero la tradición también influyó en el trato a santos seculares como Galileo y Descartes, cuyos huesos fueron vistos como símbolos de su genialidad. Cuando Galileo fue exhumado en 1737 en Florencia, Italia, para trasladarlo a una tumba más lujosa, se extrajeron varios dedos, un diente y una vértebra de su esqueleto para guardarlos como reliquias. Cuando Descartes fue exhumado en Suecia en 1666 para ser sepultado en Francia, un guardia se robó el cráneo, y el embajador francés se guardó el dedo índice derecho. Durante la Revolución Francesa, un curador informó que había tallado algunos huesos de Descartes para hacer anillos, que repartió entre “amigos de la buena filosofía”.

La idea de transformar a los muertos en joyas no les habría parecido extraña a los victorianos, que con frecuencia usaban anillos, medallones y otros adornos hechos con el pelo de los seres queridos muertos. Los Románticos fueron particularmente serios con estas cosas, y Mary Shelley llegó a guardar el corazón de Percy Shelley –arrancado de la pira funeraria en la playa– en el cajón de su escritorio hasta su muerte. En su defensa, guardar un corazón como reliquia no era totalmente excepcional: el corazón de Voltaire todavía está guardado en la Bibliothèque Nationale de París, en tanto el de Chopin se conserva en alcohol en la iglesia de la Santa Cruz en Varsovia. Cuando el escritor y político Tomás Moro fue decapitado en 1535, su devota hija Margaret rescató su cabeza hervida y alquitranada de su pica en el Puente de Londres, la conservó con especias y luego pidió que la enterraran con ella en los brazos.

Hoy estas historias nos parecen macabras; exhiben una intimidad con la muerte que parece lisa y llanamente poco saludable. Sin embargo, tomadas como signos de su época, es posible que en realidad muestren una relación más saludable con la muerte que la nuestra en este momento. Pese a los avances (con frecuencia encomiables) que han suprimido la muerte como una presencia constante en nuestras vidas, sigue siendo inevitable y muchos de nosotros estamos mal preparados cuando llega.

Borrar la muerte también nos permite imaginar que nuestras trivialidades morales y nuestras ansiedades son permanentes, mientras que una conciencia constante de la muerte –para los que pueden digerirla– puede ayudarnos a vivir en el aquí y ahora, y enseñarnos a valorar lo que tenemos. De hecho, un estudio realizado por investigadores de la Universidad de Missouri constató que contemplar la mortalidad puede estimular el altruismo y la amabilidad, entre otros rasgos positivos.

Esta idea habría parecido más extraña hace medio siglo que ahora. Si bien la muerte sigue estando en gran medida ausente de nuestras vidas, estamos empezando a sentirnos un poco más cómodos hablando de ella. Desde mediados de los años 1950, ha surgido un corpus creciente de bibliografía académica en torno de la muerte, morir y el duelo. Productos culturales que se ocupan de cadáveres –desde el best-séller Stiff de Mary Roach hasta la serie de video en Internet “Ask a Mortician”– están volviéndose más populares. En Inglaterra se iniciaron “Los cafés de la muerte”, donde la gente se reúne a tomar el té con torta para hablar de la mortalidad, y se están propagando a los EE.UU., junto con otras conferencias y festivales (sí, festivales) que tienen por tema la muerte. De especial importancia, el movimiento de “hospice” volvió a sacar la muerte de un ambiente exclusivamente médico, y son más los estadounidenses que en la actualidad mueren en su casa, frecuentemente entre familiares. (Según el Centro para el Control y Prevención de Enfermedades, 19% de los estadounidenses de 85 años murieron en su casa en 2007 comparado con un 12% en 1989).

Nunca es fácil afrontar la mortalidad, pero quizás en el próximo festejo (en EE.UU.) al repartir las golosinas y admirar los disfraces de los chicos del barrio, valga la pena volver a algunos de los orígenes de Halloween reservando un pensamiento para los que se han ido antes. Como bien sabían nuestros ancestros, es posible que recordar sus muertes agregue significado a nuestras vidas.

The New York Times. Traducción de Cristina Sardoy.

http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/vivir-paz-muertos_0_837516258.html