Como si fuera ayer, vuelven al barrio a jugar a la pelota en la calle

POR DARÍO CORONEL

Tienen entre 60 y 70 años. Una vez al mes recuperan la historia en donde crecieron.

30/12/12
Clarín

Son las tres de la tarde de un sábado, y las primeras vallas y móviles policiales se ven sobre Jonte, esquina Boyacá. En un rato, por la última fecha del Torneo, Argentinos Juniors recibirá a Newell’s. A quince cuadras del estadio Diego Armando Maradona también hay un móvil policial cortando una calle, por un partido, otro partido. Está en Galicia y Bolivia, en el barrio Villa Mitre. Aquí, en esta cuadra llena de árboles altos y casas bajas, no hay estadio pero se juega un clásico , a pesar de los casi 30 grados de temperatura.

Veinte tipos de entre 60 y 70 años vuelven al barrio que los vio crecer para jugar al fútbol. O a la pelota, que es muy distinto. “El fútbol era la base de esa amistad, la excusa para juntarnos. Fueron los años más felices de mi vida. En esa época la calle era la verdadera escuela”, dice Gonzalo Demarchi, 61, delantero, que a los 18 se fue del barrio y volvía cada sábado en el colectivo 124. Antes, los sábados en Galicia y Artigas eran así: fútbol toda la tarde, en la calle; ducha; esquina tomando una Crush con amigos; y baile.

El reencuentro es con una Pulpo, esa redonda de goma con la que se criaron jugando como hoy: con un árbol y la pared del convento haciendo de palos de los arcos. Julio Fukelman (63) dice que formaba parte de la segunda camada de la barra, y que jamás se va a olvidar de esas tardes. “Lo peor pasaba cuando colgábamos la pelota en la casa de alguna vecina que no te la devolvía ni loca. O cuando venía la Policía y salíamos corriendo”, dice, entre risas. Pero hay muchas anécdotas: la vez que uno de los pibes entró por una puerta al patrullero y se escapó por la otra; o cuando escaparon todos y el arquero quedó mano a mano con la Policía.

Este evento es conocido en el barrio. Los que juegan se hacían –se hacen– llamar “La barra de La Plaga”, por la conocida canción de los mexicanos Teen Tops. Eran de esas típicas bandas de amigos que a mediados de los cincuenta se la pasaba jugando desafíos de barrio en plena calle. Un día de 2002 Angelino, el hincha de Racing más calentón de la barra, decidió regresar al barrio y tocar todos los timbres de las casas por donde pasaba a buscar a sus amigos de La Plaga. Fue difícil. Apenas tres continuaban viviendo allí. Pero insistió y logró que el segundo sábado de diciembre de 2002 se reencontraran. Fue para jugar a la pelota, como antes. Ese día hicieron un minuto de silencio, por los amigos fallecidos. Desde ese momento, se juntan a comer una vez por mes. Y todos los segundos sábados de diciembre cortan Galicia, se dividen en dos equipos, tiran la pulpo y se ponen a jugar a la pelota. Como cuando eran chicos. Como cuando se podía jugar en la calle. Como cuando todo era tan distinto y tan igual a lo que es este sector de la Ciudad. Jugaron hasta los veintipico, cuando comenzaron los matrimonios y las mudanzas.

“Cuando estamos todos juntos en una mesa, nos miramos y decimos ‘nos conocemos hace más de cincuenta años, viejo’. Nadie lo puede creer. Porque hicimos la primaria juntos, crecimos juntos, y nunca dejamos de estar en contacto. Ahora nos vemos todos los meses”, dice Mario Dibona, 66 años, defensor. Es que después del fútbol llega el tercer tiempo, lo más esperado. Es en “El Balón”, el bar de Gaona y Bolivia.

A quince cuadras Argentinos Juniors pierde dos a cero y Newell’s erró un penal. En Galicia el arquero ataja con anteojos; hay un delantero de jean y camisa manga larga adentro del pantalón, y uno de Racing que se vive quejando en todas las jugadas. Después hay otro que juega con zapatos, y le pega de puntín. El cordón complica todo; los arcos están sobre la vereda, pero cada llegada al arco es gol: la pelota es muy liviana y la elasticidad de los arqueros no es la misma que antes. Los goles se gritan fuerte. Acá no se juega por plata ni por puntos. En la calle se juega sin réferi, y todos dicen un resultado distinto. Como si fuesen chicos, discuten cada jugada. Para algunos es un 5-3; para otros 5-5. Nadie quiere perder.

A metros del arco que da a Bolivia, en una esquina, hay una placa que se colocó antes del comienzo del partido. Dice: “Que el fin del mundo nos encuentre jugando a la pelota”. Ese parece ser el deseo de estos tipos que no tienen estadio pero sí un policía y una valla en la esquina, cortándole el paso a los autos, y que demuestran la diferencia entre jugar al fútbol y jugar a la pelota y que su verdadera escuela fue la de la calle. Escuela a la que quisieran mandar a sus nietos, pero ahora no se puede.

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