El reino del revés: los adultos mayores crecen y se multiplican

Dentro de 13 años aumentará 122,3% la población en edad de jubilarse, con la expectativa de vivir 15 años más. Es el inminente desafío que afrontan la sociedad, el régimen previsional y el de salud. Hacia 2050, la perspectiva empeora: cada tres, cuatro personas en edad de trabajar (entre 20 y 64 años) habrá un adulto mayor de 65 años para cuidar y mantener hasta después de los 80.

Revista Mercado
22-10-2012

Por Rubén Chorny

Los extremos demográficos se tocaron en menos de un año: Dánica Camacho, la habitante número 7.000 millones del planeta, nacía en Filipinas, mientras en España, a los 111 años, acaba de morir el hombre más longevo de Europa, Francisco Fernández Fernández.
Podrían haber sido, globalmente hablando, tatarabuelo y nieta.
Pero este choque de generaciones tan opuestas explotó sobre la cabeza de 1.800 millones de jóvenes entre 10 y 24 años (la cuarta parte de la población mundial) que desde hoy hasta que se retiren de la actividad laboral cargarán con el sambenito de desentrañar la “ecuación del millón”: cómo se las arreglarán con tantas “personas de cierta edad” que, una vez atravesada la barrera de la jubilación, albergan la expectativa de seguir envejeciendo otros 15 años más promedio demandando cuidados y atención.
¿Habrá seguridad social que resista? ¿Medicina que aguante? ¿Tolerancia familiar que acompañe? ¿Cómo conseguir que los que vivan más, vivan mejor y dejen vivir al resto?
Las proyecciones demográficas, para quienes se pongan a pensarlo, tienen en 2050 la próxima recalada. Habrá para entonces 2.300 millones de habitantes más en el mundo, aunque la mayor parte nacerá en Asia, África y América latina y la mayor tasa de envejecimiento se está dando en Europa.
La Argentina navega con los fluctuantes números de su economía por la mitad de semejante océano demográfico. Quizá los que actualmente más tendrían que pre­o­cuparse sobre su suerte para la tercera edad en 2050 serían los de la clase 1985, pero su atención está volcada más bien a encaminar la vida profesional o laboral y, en muchos casos, constituir familia.
¿Cuáles serían las luces y sombras al acecho?
• Si para el momento de retirarse habrá 11 millones de habitantes más que ahora en el territorio nacional, sin contar corrientes inmigratorias.
• Si serán entonces 10 millones de jubilados a ser mantenidos.
• Si habrá tres y medio activos en condiciones de aportar por cada pensión.
• Si la productividad de la economía para entonces podrá superar a la de los últimos 20 años, cuando la masa salarial aumentó 50%, el PBI 89% y el empleo subió al 70% y aun así al régimen previsional y de salud no alcanza.

La depresión y el pesimismo
William Faulkner describió, aunque en un borrador de novela que no le alcanzó la vida para terminar, el regresivo timing de las prioridades existenciales: “Con el tiempo te haces viejo y ves la muerte. Entonces te das cuenta de que nada, ni el poder, ni la gloria, ni la riqueza, ni el placer, ni tampoco, siquiera, verse libre del sufrimiento, tiene tanto valor como el simple acto de respirar, el simple hecho de estar vivo, incluso con todo el pesar del recuerdo y el dolor de poseer un cuerpo irremediablemente gastado; sim­plemente saber que estás vivo”.
Gambeteando visiones tan fatalistas y más pendientes de asociar una larga a una sana vida aparece una cada vez más numerosa legión de cruzados contra el tabaquismo, el sedentarismo, la obesidad, el consumo de alcohol, estrés, que no solo aspiran a cruzar el cordón de la tercera edad en buenas condiciones, sino a durar más en plenitud. La reciente multitudinaria asistencia a respirar paz con Ravi Shankar, en Palermo, registró tanta elocuencia.
Entre la depresión y el optimismo, en el aquí y ahora de nuestro país ya se bosqueja el paisaje del envejecimiento poblacional. Niños hasta 14 años representan 25%; de 15 a 64 años 64% y de 65 años para arriba, 11%. Por cada 7,36 muertes diarias nacen 17,34 bebés cada 1.000 habitantes.
Constituyen estos los aprestos estadísticos de los que deberían estar tomando debida nota los que hoy transitan por los 50 años (la clase 1960), máxime cuando se recorta en el horizonte no muy lejano de 2025, según calcula la socióloga top en estas lides, Susana Torrado, un nuevo aumento de la población argentina, que llegará a 47.160.000 almas, dentro de la que habrá ¡122,3% más de mayores de 65 años!
Directora de la cátedra de Demografía Social de la UBA, de la que Torrado es titular emérita, Mabel Ariño interpreta que si para 2015 la esperanza de vida al nacer estará en 74,2 años para los varones y 81,7 para las mujeres, es porque ha existido una asociación positiva entre esa prolongación de vida y el PBI por habitante: “El mayor ingreso podría considerarse causa de la mejor salud, que se alcanza por mejor educación, nutrición, vivienda, sanidad y demanda por servicios de salud”, esgrime.
El encuadre económico del intríngulis que se presenta de ahora en más lo brinda Jorge Colina, de IDESA: “Las características de la población activa en la Argentina en 2030/50 indican que habrá menos jóvenes que trabajadores que aporten al sistema previsional y más jubilados para asistir. Entrará en tensión la temporalidad de las necesidades sociales”, sostiene.
Cuenta que en Europa se establecieron regulaciones para nivelar unas y otras necesidades: en Holanda, por ejemplo, se institucionalizó dentro del sistema de salud la inclusión de la residencia especializada en el cuidado de largo plazo de los ancianos.
Admite no obstante Colina que “las soluciones en América latina suelen forjarse a partir de las crisis, y que después del Plan Bonex de 1992, en la Argentina se empezaron a capitalizar los ahorros durante 15 años, luego vino de nuevo la estatización y vuelta a reparto en 2008, cuando abre otro ciclo que nos lleva hacia una nueva crisis”.
Antes de que la sangre llegue al río, el actuario Carlos Grushka, economista y demógrafo, le abre un crédito al crecimiento de la clase activa por el lado de los ingresos más que por las edades, como sucedía cuando la tasa de fecundidad no había bajado.
Pero Colina no confía demasiado en la productividad que pudiera generar la economía nacional para aplicarla a la atención del envejecimiento poblacional, y ve deficiente la formación educativa para conseguirla por el lado del trabajo.

El cuidado descuidado
Zarebski cuestiona específicamente que no se destine más presupuesto a la atención de la salud de esta franja poblacional, ni tampoco a los programas educativos: “Al tiempo que se incrementa el porcentaje de personas mayores de 80 años y crece de manera exponencial la demanda de cuidados, disminuye la posibilidad real de atenderlos dentro del contexto familiar, debido a la caída de la fecundidad (menos hijas e hijos por cada persona mayor) y a la progresiva incorporación de las mujeres al mundo del trabajo. En un futuro muchas menos mujeres tendrán que cuidar a muchos más ancianos”, manifiesta.
En todo caso, aparte de pensiones y salud, Colina plantea otro el gran conflicto en ciernes: que el envejecimiento poblacional haga envejecer a las ciudades y así entren en tensión con las necesidades de los jóvenes. “Se contraponen la necesidad de la sobriedad, la tranquilidad, la atención a las discapacidades, con el bullicio, la agitación y la dinámica, propias de otras etapas de la vida”, apunta.
En este juego de luces y contraluces se detiene Grushka: “Los logros en el mundo se identifican con grupos y preferencias, y por eso se van planteando las disyuntivas: sanos contra enfermos, viejos versus jóvenes, pobres versus ricos, y otros serían: negros contra blancos, unos religiosos contra otros”, ensaya.
Pero aplica finalmente el yin y yan que campea en su dialéctica demográfica: ni Nostradamus ni Hur­tington, en la Argentina estas dicotomías aún no están tan marcadas.

Cara y contracara políticas

Directora de licenciatura en Gerontología y de la carrera de Especialización y Maestría en Psicogerontología de la Universidad Maimónides y autora de varios libros en la especialidad, Graciela Zarebski sopesa el lema de la Organización Mundial de la Salud (OMS) de este año: “Promover el envejecimiento saludable” con el tratamiento que le dio al tema el Fondo Monetario Internacional: “Riesgo de longevidad”.
En la celebración del último Día Internacional de la Salud, se puso de manifiesto que para 2017 los mayores de 65 años serán más que los menores de 5 y que para 2050 una de cada cuatro personas tendrá más de 60 años, lo cual inspiró a la Escuela de Ciencias del Envejecimiento de la casa de estudios a la que pertenece Zarebski a enumerar las cuestiones que habrá que abordar, como:
• Pérdida de la autonomía: se habrá cuadruplicado el porcentaje de personas dependientes,
• Personas de edad muy avanzada que no pueden vivir solas (problemas de salud física o mental),
• Enfermedades puntuales que harán sentir más su presencia. Ejemplo: demencias como la enfermedad de Alzheimer.
Y los desafíos que impondrá esta realidad al sistema de salud:
• Necesidad de atender a más gente,
• Aumento de la atención y cuidados de forma prolongada: domiciliaria, comunitaria, residencial, vivienda asistida, estancias hospitalarias prolongadas,
• Ayudas públicas a familias para la asistencia a domicilio.
“Si bien la primera estrategia debería consistir en destinar presupuesto para las políticas públicas, y nuestra clase dirigente demuestra en áreas de salud y desarrollo social tener conciencia de ese futuro, hay presiones globales para que quienes trabajaron toda su vida pasen a la categoría de enemigos de la estabilidad económica y resulten una carga para la sociedad a cuyo sustento contribuyeron en sus días anteriores”, advierte la especialista.
“El organismo multilateral apunta a que los Gobiernos deberían imponer que la edad de jubilación aumente tanto como la longevidad esperada: ‘Si no es posible incrementar las contribuciones o subir la edad de jubilación, posiblemente haya que recortar las prestaciones’”, denuncia.
De modo que, “en este contexto político-económico, lo que debería ser una conquista de la humanidad y la concreción del deseo de larga y fecunda vida, se va transformando en un problema”, señala.
Y alerta: “Desde nuestra prospectiva gerontológica, si no hacemos nada, también estaremos construyendo nuestro futuro, esta vez por inacción”.

Proyecciones previsionales suma cero

Uno de los autores, junto con Fabio Bertranou, Oscar Cetrángolo y Luis Casanova, de “Encrucijadas en la Seguridad Social Argentina: reformas, cobertura y desafíos para el sistema de pensiones”, dic. 2011, editado por CEPAL y OIT, Carlos Grushka, llega a la conclusión de que los desafíos demográficos por venir no pueden dirimirse según las proyecciones estadísticas, sean optimistas o pesimistas.
“Si tomamos desde 1950 vemos que, a pesar de todas las predicciones, se mantuvo pareja la curva de crecimiento entre la población mayor a los 65 años (que en 60 años pasó de 4 a 10%), mientras la que mide la relación de dependencia adulta, que toma la proporción de activos (entre 20 y 50 años) respecto de los pasivos que tendría a cargo, pasó en el mismo lapso de 8 a 20%”, analiza.
Advierte que desde 2010 la alta volatilidad de las variables económicas altera las tendencias. Pone como ejemplo que Europa bajó su tasa de fecundidad a un hijo por pareja, lo cual descompensa en la región el cálculo de relación de dependencia de adultos de más de 65 años respecto de los de 20 a 50, pero ve que el equilibrio vendrá por el lado de la migración. Además subraya otras reacciones: “Francia, por ejemplo recuperó, Alemania bajó algo y Austria aceptó migrantes para no disminuirla. Otros países fomentan una mayor fecundidad”, repasa.
Naciones Unidas cambia cada dos años los grupos poblacionales ya que mientras se creía que el desarrollo global aumentaría las desigualdades, y que estas presionarían aún más sobre la fecundidad, sucedió que esta no baja de 2, se crece y se disminuye, como sucedió con Francia”.
La forma negativa de proyección sería “pronosticar que el envejecimiento de la población producirá el aumento de los costos previsionales más los potenciales de salud, que nacerán menos chicos y la sociedad tendría que remplazar escuelas por geriátricos”.
A lo que contrapone: “También podríamos interpretar que la menor cantidad de chicos en el sistema de salud compensaría, en parte, los mayores costos de los de más de 65 años, y que habría que ver cuántos serían los trabajadores activos para atender a los pasivos, siendo que en cuatro décadas la proporción se mantuvo relativamente estable”.

Gasto público: algo habrá que hacer

En el bunker céntrico del Instituto para el Desarrollo Social (IDESA), cuyo staff comparte con Osvaldo Giordano y Alejandra Torres, Jorge Colina vaticina entre gráficos y cuadros estadísticos que “las primeras consecuencias del envejecimiento de la población recaerán sobre el gasto público, ya que aumentará el número de jubilados para cobrar, siendo que actualmente ocupan la mitad de las erogaciones del Estado nacional. También repercutirán en una mayor exigencia presupuestaria para la salud, que insume 10% del PIB, y las instituciones no están diseñadas para dar una mayor cobertura previsional”.
Explica a la vez que “el régimen jubilatorio contributivo exige 30 años de aportes, que un aporte mensual supera 40% del salario” y que “por esto, se estima que solo cuatro de cada 10 trabajadores está en condiciones de hacerlo”.
Fundamenta en esa desproporción la baja cobertura previsional argentina (63% aproximadamente) hasta que se hicieron las moratorias. “Ahora 90% tiene jubilación, pero como fue por única vez ese porcentaje no se repetirá, a menos que haya otra moratoria”, sentencia.
En ese sentido, destaca que “sería mejor que se instrumentara un sistema que brindara una protección básica al 60% que no puede hacer aportes suficiente para jubilarse en el sistema contributivo y dar complementos superadores a los trabajadores que hicieron aportes, para no cometer la inequidad de la moratoria que equipara a los que hacen aportes con los que no lo hacen”.
Sostiene que con la vuelta al sistema de reparto ha dejado de haber ahorro previsional. “Se basa en que los que nacen hoy tendrán que mantener a los ancianos en el futuro, con lo que se requerirán más impuestos, aumentos en la productividad económica y un sistema educativo que mejore el capital humano”, afirma.

Curarse en salud
En la costa oeste de Estados Unidos, la Asociación Americana de la Salud le hizo la ficha a más de 6.000 mayores de 50 años, sacándole a cada uno un coeficiente con datos clínicos y de atención de la salud para, a partir de ahí, hacerles un seguimiento actitudinal frente a la vida y vincularlo al proceso de contraer ACV: por cada punto de optimismo que se acreditan alejan 9 puntos el riesgo de enfermedad cardiopática.
En la misma línea, la aseguradora Mapfre encara campañas a escala mundial para convencer a la gente que es preferible practicar taichí antes que sacar turnos médicos.
Dentro del país, el sistema nacional de salud no escapa a la asfixia estructural. “Pagan las obras sociales los trabajadores formales, que entre los 30 y 50 años reúnen grupos familiares que utilizan a medias los servicios, salvo por casos puntuales, y dejan de aportar a los 65. Y la salud pública atiende muchos más niños, que son los que no tienen cobertura por ser hijos de desocupados, inactivos y trabajadores informales de bajos ingresos”, describe Colina, para rematar: “Pami tiene una gran concentración de viejos, que demandan más atención y remedios, para lo que tiene una financiación desproporcionada en relación con la de las obras sociales, que afrontan menos exigencias”.
Graciela Zarebski aboga por diseñar programas de asistencia, “en función de los requerimientos de la población cuidadora y de disponer servicios de soporte para complementar el esfuerzo familiar, priorizando los servicios que permiten a las personas permanecer en su domicilio y en su entorno, mediante una planificación individualizada de los casos: ayudas técnicas, intervenciones en la vivienda, ayuda a domicilio, centros de día, programas de formación y de apoyo a familiares”.
La gerontóloga afirma que está demostrado que cuidar a una persona mayor, sobre todo si tiene enfermedades o trastornos cuya atención es compleja (demencias, por ejemplo), exige contar con conocimientos adecuados. “No solo eso, sino que también se requiere entrenamiento en habilidades para el autocuidado (“cuidar al cuidador/a”). Es que están muy estudiados los efectos negativos que el hecho de cuidar comporta para los familiares: sobre su propia salud, sobre su vida afectiva y vincular, en su desempeño laboral”, agrega.

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