El primero, antes de que surgiera la otra mitad

POR EINAT ROZENWASSER

Se hizo socio de Boca en el amateurismo, cuando los hinchas aún no eran la mitad más uno. Tiene 103 años y tres nietos de River

Clarín
23=10=2012

Son los elementos del ADN básico del porteño ideal en una sola persona. Porque el vecino que nos espera tiene historia, barrio, una familia “como las de antes”, fútbol, pasión, algo que ver con las clásicas pizzerías de la avenida Corrientes y un final cantado al ritmo del 2×4. ¿Qué no puede ser? Espere a que terminemos de ordenar la presentación. Damas y caballeros, respetable público, con ustedes, Miguel Claparols: tiene 103 años, es el socio número 1 de Boca Juniors, y se ríe.

Miguel nació en Villa Urquiza, “en Triunvirato y Monroe”, precisa. “La mía era una familia del 1800 por sus costumbres, por su bienestar dentro del poco dinero que tenía. Siempre alegres, siempre contentos, nunca haciendo cosas fuera de la ley. Es decir, como debe ser una persona”, se presenta. Su papá era herrador de caballos y hacía curaciones en animales. “¿Que si lo ayudaba? No, yo no, mi hermano menor, nunca me gustaron los caballos”, explica. Su hija María Marta apunta que Miguel es el mayor de cinco hermanos, dos varones y tres mujeres, todos longevos e inseparables.

“Yo estudiaba y trabajaba en una oficina. Hice la primaria y fui a la escuela superior de comercio Carlos Pellegrini. Me quedé hasta segundo año, pero después me fue imposible. No se podía trabajar con los ritmos que había antes. No eran dueños, eran secuestradores de libertad”, define sin titubear. Ganaba 40 pesos por mes que iban en un sobre cerrado a las manos de su mamá. “Mi papá tenía una hipoteca eterna, sin hipoteca no vivía. Pagaba religiosamente y cuando terminaba, la renovaba”, cuenta.

Todo bien con la historia, el barrio, la familia a la antigua y los recuerdos de la Buenos Aires del tranvía a 10 centavos, pero si no empezamos a hablar de Boca la barra xeneize se nos va a venir encima (o va a dejar de leer que, en este caso y sólo en este caso, es peor todavía). Lo llevó por primera vez su abuelo Antonio y se asoció cuando tenía 12 años. Aunque el equipo todavía era amateur, ya se perfilaba entre los grandes.

Dice que a La Bombonera siempre fue una cantidad de gente “impresionaaaante” y que no, las hinchadas no eran como las de ahora (“hay mucho de intereses particulares, yo no entiendo nada”, desliza). ¿La mejor formación? Nombra a Mutis, a Cherro, a Mario Evaristo, a Bidoglio, a Médici y, claro, a Américo Tesoriere. “Siempre llevaba a un chiquito con él y lo dejaba atrás del arco”, sigue. Durante la gestión de Alberto J. Armando recibió el carné con el número 1 que lo transformó en uno de los hinchas más mimados del club.

¿Cuántos partidos vio? “¡Todos!”, responde. Sí, hasta el año pasado iba a la cancha. “Campeonato, a las Copas no”, aclara. Ahora los mira por televisión, aunque dice que el estilo Tano Pasman no es lo suyo. “El fútbol es así. Hay que aceptar lo que viene. Son los dirigentes a los que hay que controlar. Algunos se retiran tristes aparentemente, pero llenos formalmente”, explica con un guiño. ¿Por qué nos gusta tanto? “Porque es un deporte tan sano, tan barato y tan humilde que es para todos”, sintetiza.

Miguel se casó con María Trovatto, tuvieron dos hijas y enviudó muy joven. De sus cinco nietos, tres son de River y dos de Boca. ¿Si jugaba al fútbol? Por supuesto, en el club del barrio. “De 11, zurdo y definía, sí, sí”, confirma. Hasta el año pasado practicaba natación dos veces por semana. Vive en Belgrano y todos los días sale a caminar con Edith, la señora que lo cuida. “Vamos hasta la plaza de Juramento y nos sentamos a tomar un cafecito en alguna de las confiterías. Le encanta. Una vez estuvimos siete horas porque salíamos de una y quería entrar a otra”, cuenta ella. ¿La obsesión de Miguel? Que Edith se haga socia del club de sus amores, por supuesto.

A esta altura los amantes de la historia se pueden dar por satisfechos, los futboleros también: quedan los del club de la fugazzeta que miran con cara de “el pueblo quiere saber”. Es que Miguel tuvo una marmolería dedicada a la decoración, con la que entre los años 50 y 60 hicieron los salones de las pizzerías y restaurantes más importantes de la época, Las Cuartetas y El Molino incluidas.

Vendimos risas y un final cantado al ritmo del 2×4, y allá vamos. Aparecen juntos, entre chiste y chiste, justo antes del café con leche espumosa y después de un comentario sobre su capacidad para conservar el buen humor. “¡Es lo único que conservo!”, devuelve con velocidad. ¿Es de los que piensan que en la vida hay que reír y divertirse? “Con cuidado de que no nos pesquen”, concede sin poder aguantar la carcajada. Mira fijo, entrecierra los ojos y canta: “Ríe, tu risa me contagia, con la divina magia de tu gracia sin par . “¿Conoce el tango?”, pregunta. Y vuelve a entonar.

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