Erotismo en la vejez, un signo de salud

Contra los prejuicios. Los adultos mayores necesitan, desean y buscan algún tipo de intercambio amoroso. El bienestar corre en fantasías y diversas modalidades de encuentro.

04/07/2012 00:01 | Josefina Edelstein
La Voz
Publicado por Mayores en Movimiento

“A la vejez, viruela” es un antiguo dicho popular español que se refiere despectivamente al amor entre los que hoy se definen como “adultos mayores”, y no en vano es el título de una comedia escrita a principio del siglo XIX, que narra los avatares de un amorío entre dos ancianos. Sucede que por ancestrales pautas culturales se considera que la sexualidad, por una cuestión de etapas de la vida, es uno de los tantos aspectos vedados a la vejez, una actividad propia de adolescentes y jóvenes, y no de gente mayor que, según el concepto generalizado, se supone debe transcurrir sus días sosegadamente y lejos de todo tipo de acción, sobre todo de la amorosa.
Sin embargo, y acorde a los tiempos que corren, hoy existe una tendencia a favor de la “viruela en la vejez”, que es cada vez más firme. Es lo que explica Ricardo Iacub, profesor de Psicología de la Tercera Edad y Vejez en la Universidad de Buenos Aires (UBA): “La tendencia en los adultos mayores es formar más parejas. Desde aquella visión que se tenía hace dos o tres décadas, cuando se suponía, por ejemplo, que una vez que enviudaba una mujer ‘no podía rehacer su vida’ porque pertenecía a un solo hombre, hoy asistimos a una ruptura de esa idea. Vivimos en una sociedad que responde más a las demandas individuales, no tanto a ciertos criterios morales muy rígidos. Y, en alguna medida, lo que siente la gente es que le gustaría reanudar una pareja”.
El especialista sostiene que esta tendencia tiene ámbitos específicos, es decir, lugares en los que la gente de la tercera edad tiene posibilidades de socializar. “En organizaciones como el Cepram o en centros de jubilados, es habitual que puedan surgir parejas, y donde hay claramente una demanda de ‘me gustaría tener en algún momento una pareja’. De hecho, una de las quejas más puntuales de las mujeres es que no hay hombres, porque efectivamente hay un defasaje de género, por una cuestión de que las mujeres viven más años o de que se casaron con hombres más grandes. Esto genera que pasen mucho tiempo viudas. Hoy hay una tendencia en la que la persona deja de refugiarse en su familia social, con sus nietos, e intenta seguir formando parejas”, afirma el especialista.
Para Iacub, las limitaciones a la sexualidad y al erotismo en la tercera edad vienen de muy atrás. Griegos y romanos tenían una visión impiadosa de la vejez. “No veían a los viejos como personas que no tuvieran deseos, sino que nadie iba a querer estar con ellos porque eran feos, eran horribles y las cosas que decían de ellos eran espantosas, no tenían límites”, asegura.
Después, la herencia cristiana “no fue mucho mejor porque, justamente, la idea era que la reproducción era el único sentido que tenía la sexualidad”, lo cual excluía obviamente a los ancianos. Sin embargo, el investigador rescata que “en el judaísmo había una invitación plena a que la sexualidad se viva a lo largo de toda la vida”.
Pero lo concreto es que lo que prevaleció del legado de la tradición judeo-cristiana sobre las sociedades occidentales fueron los preceptos restrictivos hacia la sexualidad en la vejez, con lo que los estrictos límites impuestos responden a una cuestión sociocultural y no biológica. “La longevidad no va en contra de la sexualidad, esto es un dato importante. Si una persona llegase física y mentalmente sana y con buenas expectativas, podría tener relaciones genitales hasta los 120 años. Es decir, sin límite”, asegura, y agrega: “Por ejemplo, lo normal de una mujer mayor es que pueda tener relaciones sexuales más lentas, con más cuidados, pero perfectamente bien, y de hecho la mujer tiene muchos menos problemas biológicos que el varón. La mujer está mucho más preparada que el varón para tener relaciones genitales a lo largo de toda la vida”.
“A nivel funcional, uno de los cambios más radicales es el tiempo de la sexualidad. Es decir, hay un progresivo enlentecimiento en todas las fases de la sexualidad, tanto en el varón como en la mujer. Por ejemplo, a un varón joven le basta un simple estímulo visual para tener una erección en segundos; en cambio, un varón mayor va a requerir otros estímulos (manuales, orales) y mucho más tiempo”, agrega Iacub.
Otro elemento que aporta a la sexualidad durante toda la vida de los individuos de todos los géneros es lo que comúnmente se denomina “ratoneo”. “El ser humano siempre sigue teniendo fantasías sexuales. Y por eso es muy importante destacar que la genitalidad es una parte de la sexualidad, pero después hay otra parte inmensa que es el erotismo”, señala.
En definitiva, venciendo tabúes y censuras que se hunden en los siglos, el erotismo, la sexualidad y el romance en el atardecer de la vida se suman a la oferta de los adultos mayores de las sociedades modernas, cada vez más dispuestos a lanzarse a una aventura que todavía tiene mucho de desafío a las costumbres adquiridas.
En geriátricos es difícil
Iacub considera que la formación de parejas y el romance no son para nada comunes en los geriátricos. “Lo que puede llegar a haber es lo que infantilmente se llama ‘novios’, una parejita que se haga cierto nivel de cortejo”.
La razón es la fuerza del prejuicio en estas instituciones. “El joven entiende que el adulto mayor no tiene sexo, que ya abandonó el erotismo cuando corteja”, sostiene Luciano Ponce, docente de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC) y del Cepram. “En los geriátricos –explica– está la imagen del ‘abuelito’ y los cuidadores dicen ‘el abuelito está de novio con Martita’. En realidad, son lugares donde ni siquiera hay espacio para tener relaciones sexuales”.
Sin embargo, Iacub reconoce algunas instituciones, “como los geriátricos de la Nación, y muchos provinciales, con reglamentaciones muy progresistas a nivel de la sexualidad, y donde una pareja homo o heterosexual puede pedir una habitación si son novios, y se la tienen que dar”.
“En estos lugares se responde más a la demanda de los viejos. En los geriátricos privados se responde más a las demandas de los hijos”, afirma. “Entonces –agrega– los establecimientos públicos no sólo permiten juntarse, están construidos desde el discurso gerontológico actual que propende a que el adulto mayor viva como un adulto joven, es decir, donde no se lo infantilice y donde no se piense que es un sujeto extraño o singular, sino que es como uno de nosotros que tiene 20 ó 30 años más, nada más”.
Revanchas de la vida
“Trabajando con adultos mayores uno se da cuenta de que la sexualidad es una moneda de intercambio mucho más frecuente en la vejez de lo que uno se hubiera imaginado e, incluso, resulta un indicador de salud”, dice el psicólogo Luciano Ponce.
“En mi experiencia, particularmente con pacientes mujeres mayores –cuenta–, he notado que muchas están dispuestas a reconfigurar su vida social y afectiva, pero de ningún modo piensan abandonar la vida erótica que han llevado hasta el momento”.
“Además, pasa algo muy interesante: las mujeres que vivieron su sexualidad primaria como una obligación marital, a los 70 años no es extraño que redescubran la sexualidad en otro punto y muy probablemente con su segunda
pareja”.
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