La dama de las mil autobiografías

Diana Athill cumplió 95 años y publica un libro inmenso donde cuenta todo: romances turbulentos, años de silencio, historia de su país. Convertida de pronto en ícono literario, habla la última gran dama inglesa.

POR TIM ADAMS
Revista Ñ
6/8/12

Diana Athill, que tiene 95 años, es ampliamente apreciada por su honestidad, pero tal como acontece con los escritores exigentes, es tan interesante por lo que omite como por lo que cuenta. “La honestidad es verdaderamente conjetural, ¿no le parece?”, se pregunta en voz alta. Una de las cosas que niega categóricamente es que ella sea una escritora. Sin embargo, en su departamento en el último piso de un edificio con vista a Primrose Hill en el norte de Londres, la evidencia es difícil de ignorar porque está ante nuestros ojos, sobre una mesa: Life Class, un libro de memorias de 800 páginas, seleccionadas de sus cuatro últimos libros [entre los que destaca Antes de que esto se acabe]. “Odio ese libro tan gordo”, dice, con énfasis, mientras me mira fijamente para estimar mi reacción. “Yo soy una amateur; en serio, lo soy”.

La convicción de Athill al hacer esa confesión tiene su fundamento en los “verdaderos” escritores con los que trabajó durante sus 50 años de editora en jefe de la editorial literaria Andre Deutsch. Esos escritores fueron, entre otros, Philip Roth, Jean Rhys, VS Naipaul, Brian Moore, John Updike. Luego cuenta que el novelista irlandés Moore siempre le decía que jamás se casara con un escritor, porque si él no estaba escribiendo la vida sería un infierno y él querría suicidarse. Y si estaba escribiendo, estaría tan ensimismado que olvidaría que tenía una esposa. “Yo creo”, dice Athill, “que es eso lo que me dice que debo ser una amateur. Porque se supone que escribir es una tortura ¿no? Pues bien: yo adoro escribir”.

Athill empezó a escribir hace más de 50 años. Su primera obra fue un libro de cuentos y después un libro de memorias de su vida hasta la edad de 42 años: Instead of a Letter. Ese libro fue , entre otras cosas, un acto de autoterapia. Relató en él, minuciosamente, la humillante mancha que había empañado su juventud privilegiada –era hija de un coronel del ejército y la familia poseía una gran propiedad rural en Norfolk, al este de Inglaterra– que nunca pudo borrar. A Athill le dieron calabazas, su novio la dejó. Ella había estado desesperadamente enamorada, desde los 15 años, de un graduado de Oxford llamado Tony Irvine, que entró en su casa como tutor de su hermano. Por aquel entonces ella estaba estudiando en Oxford e Irvine era un piloto de la RAF. Se comprometieron en matrimonio, pero la boda no se realizó nunca. Estalló la guerra e Irvine, que tan afectuosamente había expresado promesas de un futuro juntos, cesó abruptamente de responder las cartas de Athill. La novia no supo nada de él durante dos años. Después él escribió una breve misiva, en la que solicitado ser relevado de su compromiso porque pensaba casarse con otra mujer. Poco después, murió en combate. Fue el escribir sobre todo aquello lo que la sacó a flote; y, además, encontró su propia voz. Pero poco después y también súbitamente, abandonó la escritura.

Empezó a redactar sus memorias más recientes después de haber dejado a Andre Deutsch –con quien nunca había sido feliz– y cuando estaba sin un peso, viviendo en un departamento en una casa que era propiedad de su primo. Publicó su primer libro, Stet, en el que contó la historia de su vida laboral, nueve años atrás; y luego dos volúmenes más, que tuvieron un éxito importante y perdurable. Athill, que hizo una carrera laboral favoreciendo las carreras de otros escritores, se encuentra ahora en la extraña situación de ser una celebridad literaria, algo que, para su sorpresa, le gusta enormemente. Ahora es muy solicitada en las reuniones mundanas del mundillo literario, donde la gente le dice dos cosas: la primera, que la desconcierta, es que ella es “una gran inspiración”; y la otra, infaltable ( y susurrada) es: “No le molestaría que le pregunte cómo hace para conservar una piel tan maravillosa?”.

La mañana en la que la visité estaba resfriada y, también, irritada porque había tenido que cancelar sus planes para ir a Canadá, donde tenía que participar de un panel con la escritora Alice Munro. “Es la primera vez que tengo que cancelar algo”, dice. “He tomado muchos antibióticos, pero ayer me levanté y me sentí tan débil que supe que tenía que decir que no. Yo creo que empieza así.”

La frase “empieza así” se refiere al fin de los eventos literarios y de todo lo demás, pero ella lo registra, y lo dice como dice todas las cosas, sencilla y francamente y hasta con un atisbo de curiosidad. Su singularidad y la seguridad que le dan sus libros, han sido cosas ganadas duramente, pero ahora las lleva con cierto orgullo. Su memoria es su mayor logro: los lapsus la ponen ansiosa. Habla de un viaje reciente, “hacia el norte, a Wigton, con un grupo de gente joven”, organizado por su editorial, Granta. “Íbamos cantando canciones tontas. Yo traté de recordar ‘The Captain Bold from Halifax’. pero no pude. Sin embargo, a la mañana siguiente cuando me desperté la recordaba completa.” Y entonces la canta para mí, con voz segura. Mientras ella canta, no puedo dejar de pensar que toda la vida de Athill tiene algo de clima de balada de barraca, aunque ella ha evitado los destinos más oscuros. Al leer sus memorias en un volumen uno tiene una sensación de que su vida es simplemente dolor mitigado por el tiempo. En muchos de sus recuerdos hay un toque de humor perverso, ocasionales relámpagos de posibilidad, su voz es por momentos aguda y alegre. Pero lo que uno recuerda después es la herida, y su resistencia frente a ella.

Athill ha aplicado a sí misma una o dos veces la recomendación de Graham Greene: que todos los escritores tienen que tener una “espina de hielo” en el corazón. Pero la pregunta que sus libros nunca responden es si nació con esa espina o si la aprendió.

Habla, memoria

Sus ojos se posaron primero sobre su padre, cuyas relaciones informaron todo lo que siguió. La escritura de Athill, además de ser un retrato de la vida en cartas, es un minucioso examen de la estrictez emocional de determinada clase en determinada época. Su madre había sido destruida por un affair que tuvo poco después de casarse y se sintió torturada por un sentimiento de culpabilidad, que escondió. Ella le contó todo a su hija un día después de la muerte de su marido, el padre de Diana, aunque ella ya lo había descubierto mucho tiempo antes.

“Lo peor de todo fue que mi padre siguió adorándola, y ella se molestaba por eso todo el tiempo, y con frecuencia tenían terribles disputas. Usted tal vez no sepa cómo una situación así afecta a un niño. En mi infancia, cuando era una niña pequeña, tuve mala salud, problemas estomacales. Años después mi abuela me decía: ‘Eras una pobre niña; todo te hacía mal’. Yo nunca había visto ese problema en su conjunto, pero ahora y retrospectivamente, veo que mi abuela tenía razón. Uno queda así para siempre: esperando como un niño la próxima explosión de los problemas hogareños. Los niños no son capaces de enfrentar eso.”

Ella se pregunta ahora si la ausencia de amor en su hogar contaminó sus propias relaciones. “Creo que sí, y en gran medida. Mi madre era totalmente inocente cuando se casó. Era una chica normal, sexy, saludable, pero cuando un joven la besaba en un baile ella creía que tenía que casarse con él. Pero yo supongo que poco después del matrimonio se puso en evidencia que mis padres no eran en absoluto compatibles sexualmente. O creo que mi padre era un amante pobre, tal vez puritano, hijo de un párroco. Pobre. Es triste pensar en eso, en todos los años que vivieron juntos.”
Su padre escribía bien, redactó un elegante relato para la Royal Geographical Society de un viaje que hizo a Abisinia. Su madre era una jardinera maravillosa y además creía que la poesía era una sarta de tonterías.

Hablando con ella, leyendo sus libros, uno tiene la sensación de que Athill comparó mucho su propia vida con la energía de su madre. “Tú no eres el único guijarro en la playa”, decía su madre. La inocencia de Athill no fue un resultado de aquello, sino que fue siempre un acto de desafío. Su madre vivía aun cuando ella publicó “Instead of a Letter”, un libro en el que se hablaba sin atenuantes de la promiscuidad de Athill y además de un aborto. ¿Cómo reaccionó ella?

“Hice algo bastante astuto”, rememora Athill. “Yo tenía un editor estadounidense que quería publicar el libro, así que lo publiqué primero allá, de modo que ninguno de sus amigos lo leería. Le mandé a ella esa edición. Y no hizo ningún comentario. Por años. Fuimos a pasar una temporada con mi madrina, y yo pensé preguntarle qué le parecía. Pero no pude. Y después la llevé a su casa en auto y pensé que podría hacerlo en el viaje. Pero luego decidí preguntárselo después de la cena. Mientras estábamos cenando, mi hermano llamó por teléfono para hablar con ella. Ella me entregó el auricular y él dijo: “Mamá iba a decirte que nunca publicaras ese libro, pero yo le dije que no fuera tan tonta”.
Y después, dice, sucedió algo notable. Se sentaron y por primera vez hablaron de todo como dos mujeres adultas. Hablaron de las relaciones amorosas y del aborto, y Athill pensó: “¡Esto es maravilloso! ¿Cómo pudimos hacer este tremendo avance?”.
Pero no funcionó así. Después de ese breve momento de apertura, la cortina bajó una vez más. Después de esa noche no se pronunció una sola palabra más sobre la vida íntima de Athill.

Ella sabe cuán fácilmente la franqueza puede degradarse y convertirse en insensibilidad o en crueldad. Una de las notas impactantes en sus libros es esa. Otra relación, con un huésped, el escritor Waguih Ghali, se prolongó aun después de que ella en su diario íntimo una entrada sobre ella: “He empezado a detestarla… Siento que es imposible vivir en el mismo departamento con alguien cuya presencia física me produce miedo…” Posteriormente Ghali se suicidó en ese departamento.

Tal vez como consecuencia de tales experiencias, Athill despliega una gran insensibilidad respecto de los límites de su responsabilidad con quienes ha amado. En cierto momento le pregunto cuáles han sido los mejores momentos de su vida y, sin vacilar, responde que ese momento fue “cuando conocí a mi querido Barry y tuvimos un maravilloso affaire que duró años”.

El amor es más fuerte

El dramaturgo Barry Reckord vivió aquí con Athill durante 40 años, con una interrupción de seis años a fines de los años 70, cuando él llevó al departamento a su amante, una muchacha joven, aspirante a actriz, llamada Sally Cary, y los tres vivieron juntos. Entonces me pregunto: si sobrevivieron a eso, ¿cómo terminó la relación de Athill con Reckord?

“Bueno, desde luego él envejeció y enfermó”, dice. “Ahora su sobrina lo cuida, vive en Jamaica, gracias a Dios. Durante los últimos dos años que estuvo aquí yo estaba por cumplir ya 90 años y él lo único que quería hacer era quedarse en la cama y mirar los programas de deportes y leer cuentos de terror, aunque odiaba los cuentos de terror. Cuando la buena de Margaret, su sobrina, llamó, fue como un milagro. El no quería irse, y todavía hoy quiere volver a casa. Pero yo ya he dejado de comunicarme con él.”

-¿En qué se diferenció de un matrimonio la relación entre ustedes?
-Fue diferente desde el comienzo. Nuestra relación había sido buena y se había desarrollado bien antes de que él rompiera su matrimonio. La consecuencia fue que cuando se mudó a esta casa, la pasión había desaparecido. Lo primero que me dijo fue que él no volvería a casarse. Terminaba la década de mis cuarenta años. Entonces apareció la adorable Sally y los dos la quisimos mucho. El decía siempre que me amaba a mí y que también la amaba a ella. No sé si era cierto. Ella fue y todavía es una de mis personas favoritas.

-Acaso diría que Reckord fue el amor de su vida?
-No, pero yo confío mucho en el amor de Barry.

-¿Aun cuando él llevó otra mujer al hogar de ambos?
-Bueno, por entonces no dormíamos juntos. Y si yo no dormía con un hombre, no veía por qué él no querría dormir con otras personas. Yo odio la posesividad. la detesto.

Mientras piensa en su vida, Athill está sentada en su silla favorita, rodeada por pilas de cartas de su pasado, que un erudito americano rastreó en el archivo Andre Deutsch de la Universidad de Tulsa. Allí está el proyecto de un libro de su correspondencia con Jean Rhys, autor de Wide Sargasso Sea, de quien ella fue editora, confidente y “niñera”. Revisa con afecto las cartas una vez más, misivas de otra vida. Mientras me muestra breves fragmentos, escucho las cadencias de su permanente fuerza de voluntad, de los riesgos que siempre toma y de su decisión de vivir para contarlo.
Athill se enfrenta al futuro con ese espíritu. Junto a los manuscritos ella señala una carta que le ofrece un lugar en una “casa protegida” en Highgate y dice que está pensando en aceptar. “Creo que ya es tiempo”, reflexiona. “Yo tenía allí una amiga, que era la columnista periodística más vieja de Londres. Me dijo que debía ir. Entonces le pregunté cómo era la lista y ella respondió: “Siempre se muere alguien…”

-Si quisiera trazar la trayectoria de su vida, ¿cómo lo haría?
-Bien, un buen comienzo, y después todo anduvo bien, y desde entonces ha estado mejorando constantemente.

Traza con el dedo una línea vertical entre nosotros. Y parece completamente decidida a no permitir que la curva ascendente se detenga.

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