“Puedo contar lo que he vivido, pero no sé imaginar”

ALEDO LUIS MELONI, GRAN POETA Y COPLERO, CUMPLIO CIEN AÑOS

Nació en una estación ferroviaria bonaerense, pero en 1937 se radicó en el Chaco. Allí ejerció la docencia durante 25 años y allí también ubicó su universo creativo. Es pícaro y autocrítico: “El escritor escribe mucho, pero guarda menos; tiene que tener un canasto para tirar”.

Por Silvina Friera
Desde Resistencia
Página/12
DOMINGO, 5 DE AGOSTO DE 2012

En puntas de pie, camina descalzo el viento de Resistencia. Anda por la calle Don Bosco al 600, la cuadra del gran poeta y coplero de estos pagos, el ya centenario Aledo Luis Meloni, un sábado a la mañana. El sol flirtea con las nubes, pero no se decide. De a ratos aparece, de a ratos se esconde. Valentina, que lo cuida y acompaña hace más de veinte años, abre la puerta y pronto va en busca de don Aledo. “¡Miren cómo estoy!”, dice con la sonrisa ensanchando el marco de su rostro. Está en silla de ruedas. Pero mueve los pies rapidito a ras del parqué del living, como si quisiera ponerse de pie para recibir a sus invitadas. Sobre las piernas tiene un par de ejemplares de sus “libritos”. Abre uno y saca una hoja con la última copla que escribió a mano. Su letra es prolija, redonda, perfecta. “El amor crea la vida,/ y la vida, sucediendo,/ como una lenta suicida/ sola se va destruyendo.”

–¿Cómo es este asunto de cumplir cien años?

–Al que me dice “¡qué lindo que llegó a los cien años!”, le digo: el hombre no debe llegar a los cien; ochenta, ochenta y cinco sí. Aunque esté mentalmente como yo, espiritualmente hay soledad, porque uno es de otra época. Toda mi familia, mis nietos y bisnietos me quieren mucho, pero son de otra época. De mis amigos, no queda nadie. Yo soy como una espiga de maíz desgranada: soy solo y algún otro granito. La espiga está vacía. Y se siente… Yo soy de la generación del ’40; son setenta años que han pasado. La literatura actual no es mi literatura. Mi literatura no encaja con lo de ahora y la literatura de la juventud me cuesta disfrutarla más que entenderla, porque es otro el sentimiento, otra manera de expresar, otro lenguaje. Usted puede estar vivo y estar solo. Y a veces está como un hueso fuera de lugar. Pero así es la vida. Por eso digo que la vida, como una suicida, nos va destruyendo poco a poco.

–Pero usted suele recibir muchas visitas, también de escritores de Resistencia, ¿no?

–Sí, recibo a toda la gente y leo con gusto, a pesar de que es otra literatura, otro lenguaje. Todavía utilizo el canotier, ese sombrero de paja, ¿se acuerda? (risas). No, usted es demasiado joven. Imagínese lo viejo que soy… Mire si seré viejo que ahora con la computadora, el televisor y todo eso, me acuerdo cuando en mi casa de la provincia de Buenos Aires compraron el primer grafófono –como se decía entonces–, un aparato que tenía la bocina y un perrito. Y se compraba el disco de pasta y una cajita con púa. Yo era pupilo en una escuela de la estancia de Huetel, entre Bolívar y 25 de Mayo. ¡Y no me avisaron que habían comprado el grafófono! Que era el fonógrafo, pero le decían grafófono…

Como en éxtasis, la mirada de Aledo atesora el asombro de ese encuentro con la nueva tecnología que alguna vez fue el grafófono. “Es justo que ame la tierra/ como una madre se ama,/ si nací el uno de agosto/ día de la Pachamama.” No nació en Bolívar, el poeta y señor de la copla. Lo anotaron en ese lugar, que es otro cantar. Meloni hijo vino al mundo en la estación María Lucila de la línea ferroviaria que va de Puente Alsina hasta Carhué. Esa estación no existe más. Su padre –cuenta– era inspector de vía. Después dejó el ferrocarril y arrendó campos en Huetel. En Buenos Aires se recibió de maestro normal, pero le costó conseguir empleo. “De la cordillera de los Andes al océano Atlántico y de Jujuy a Tierra del Fuego, me da lo mismo; no tengo preferencias”, respondió Aledo cuando le preguntaron a dónde quería trabajar. Llegó a General Pinedo, en el interior del Chaco –entonces Territorio Nacional–, el 20 de julio de 1937, nombrado maestro en una escuela rural, a 17 kilómetros, en pleno monte. El cuello del poeta se estira repentinamente y señala con una curiosidad casi infantil en los ojos un objeto que ostenta una pequeña luz roja encendida. “Pero no me dijo que está grabando –le reprocha a Página/12 con un tono zumbón–. Ahora me voy a cuidar de lo que diga.”

–Entre los tantos poemas que escribió hay uno dedicado a Antonio Machado. ¿Qué significó el poeta español?

–Machado me enseñó a escribir, me enseñó lo que pudo (risas). Antes de leer a Machado, tiré todos los poemas de juventud. Y no me arrepiento. Machado me enseñó esa poesía simple, breve, que no llama la atención, pero es entradora como una llovizna. Especialmente la primera parte de la poesía de Machado, que es más íntima.

–¿Machado le enseñó también a escribir coplas?

–No, aunque Machado tiene algunas coplas. En realidad aprendí a escribir coplas de Victoria Pueyrredón, que murió hace unos años. Ella publicó un libro de coplas que cayó en mis manos de casualidad. Lo leí y dije: “¡Qué lindo!”, en cuatro versos se puede expresar un pensamiento total. Como no soy larguero en las expresiones, porque no tengo fluencia, la copla me viene bien. Tengo como quinientas coplas; algunas bien, otras regular y otras mejor descartarlas. Las descartables procuro tirarlas. El escritor escribe mucho, pero guarda menos; tiene que tener un canasto para tirar. Suelo decir que escribir un poema es como tirar al blanco: a veces emboca, a veces no. Cuando no emboca, el poema tiene que ir al canasto. Publiqué mi primer libro a los 52 años. No me arrepiento de lo que tiré. Me arrepiento, sí, de algunos versos que están en mis libros y que tendría que haberlos tirado.

La memoria del poeta, un templo que se construye línea a línea, es un milagro de ladrillo y argamasa. Recita sus coplitas sin acudir a las páginas de sus libros –casi una veintena de poemarios y uno de relatos, Tal cual–; atiende el llamado “del esposo de Ana María” –con quien chancea que el postre de kinotos lo guardó para el mediodía–; y pone al descubierto un rosario de anécdotas imperdibles. Desde septiembre de 2010, la escuela 1031 de Fontana lleva su nombre. Y tiene un busto de Meloni. “A cada uno que va a la escuela, le digo: ‘Lleven un martillo y tírenlo abajo’. Me hicieron peor de lo que soy –afirma–. Lo cómico fue que vino el escultor y me quería hacer el molde. Me tiró en el suelo y en eso llega mi hija, me ve tirado y grita: ‘¡Qué le han hecho a mi papá!’. Como no pudo con el molde, hizo el busto a ojo de buen cubero.” Después de tantas carcajadas, se reclina sobre el respaldo de la silla de ruedas y cierra los ojos unos instantes, como si buceara en el arcón de momentos desopilantes. “Tengo un amigo muy amigo que tiene 98 años, un gran abogado que ahora no recibe a nadie. Yo iba a verlo tres veces por semana. ‘¿Usted hace yoga?’, me preguntó. ‘Sí, hago yoga’, le dije. Pero desconfió. ‘¿Usted hace la vela?’. Entonces para demostrarle hice la vela. En eso se asomó la empleada. Cuando me vio, salió corriendo y empezó a gritar: ‘¡Doña Lolita, doña Lolita, a Aledo le agarró un ataque!’. Yo estaba como esas vacas que mueren de carbunco con las patas para arriba.” El episodio sucedió hace cuatro años. Hasta los 96, Aledo practicaba yoga.

“Yo escribí El trébol verde a la edad en que ningún escritor escribe un libro. Tenía 97 años –revela Aledo sin fanfarronear, simplemente como un dato extravagante de la realidad–. Lo escribí en el bar Zan-En. Y empiezo con un haiku que dice: ‘De muchas cosas/ se duele el corazón,/ menos de amar’. Le regalé el libro a una chica, que debía estar muy dolorida porque me dijo: ‘No es cierto lo que usted dice; es mentira’. Y le digo el último haiku de este libro, que viene muy bien: ‘No me hallo en la tierra:/ella es redonda/ yo soy cuadrado’.”

–¿Por qué fue adoptando la forma más breve del haiku respecto de la copla?

–Me fui achicando en la escritura. Leí algunos haikus y me gustaron por la brevedad; expresan un pensamiento y uno puede acercarse al acierto. Es lindo el librito porque es chiquito, es como una criaturita. Es para llevar en el bolsillo. Cuando está esperando que lo atienda un dentista o quiere pagar un impuesto, lo lleva en el bolsillo y lo lee.

–¿Sigue escribiendo?

–Sí, alguna copla como la que le di. Ahora recuerdo otra más que escribí hace poco: “Cualquiera puede escribir/ la copla más ingeniosa/ es cuestión de hallar la tinta/ con que se escriben las coplas”. Y tengo coplas para sonreír, todas decentes, pero no para publicar, para reír con los amigos.

–Hay mucha picardía en varias de sus coplas, ¿no?

–Es mi otro yo (risas). “El día que yo me muera/ más de uno se alegrará/ más de uno que anda debiéndome/ y no me quiere pagar.” Pero mi otro yo es simple, no soy tan pícaro. He tenido una vida simple, he sido maestro de campo, tuve un matrimonio simple y mi señora era muy de la casa; nosotros no éramos salidores.

–¿Recuerda el momento en que sintió que sería poeta?

–Comencé a escribir poesía cuando tenía 15, 16 años. Tenía ganas de expresarme, quería entrar al alma ajena, comunicarme a través de la poesía. La mejor manera de comunicarse es a través de la poesía, la música, especialmente la música, que es más entradora que la poesía. Y seguí, seguí… hasta que llegó Machado y me enseñó más o menos a entender lo que es la poesía. Tierra ceñida a mi costado, mi primer libro, es el único que le gustaba a mi señora, porque decía que ahí yo estaba en lo mío: el campo, los colonos, el viento norte. “Después te hiciste el literato”, me reprochaba. Claro, cambié un poco; con el tiempo dejé la rima, pero no el ritmo. El ritmo lo mantuve siempre. No tengo el oído para la poesía libre porque soy de la guardia vieja.

–¿Por qué mantuvo el ritmo sin la rima?

–Sin ritmo, no hay poesía. La poesía es música; si usted le saca la música a la poesía, pasa a ser prosa, aunque tal vez me equivoco. El pensamiento, el sentimiento, es lo que hace a la poesía. Pero si usted manifiesta un pensamiento o un sentimiento rítmicamente me parece que es mejor.

El timbre suena; es don Juan, el muchacho que lleva las cartas que Aledo redactó para un amigo de González Catán y otro de Buenos Aires. “Uno fue comisario en general Pinedo –recuerda–. Yo, director de escuela, fui a la comisaría con una nota para hacer un baile a beneficio de la cooperadora. Pero encontraron un detalle y no me autorizaron. Y me contó él que observó cuando me iba, me miró los labios y yo iba diciendo: ‘La puta que lo parió’.” No extraña su experiencia como maestro rural. Pero evoca con un dejo de nostalgia los tiempos en que fue corrector en dos diarios chaqueños: El Territorio y Norte. “Eramos todos muy amigos, había una amistad tan linda entre correctores y periodistas. Teníamos un jefe de taller que sacaba el diario a las once y media, pero cuando tenía algún entripado con la empresa, salía a las dos de la mañana. Cuando José estaba apurado, gritaba: ‘¡Originales, originales!’, mientras pedía los textos de los periodistas. Lindo es el trabajo cuando uno trabaja a gusto.” La casa de don Aledo se pone concurrida. Llega el escritor y periodista Rolando Cánepa junto con su mujer. “Puedo contar lo vivido, pero no sé imaginar”, confiesa el poeta que de un tiempo a esta parte crea sonidos con su quena. En el cuento “El secreto del viento” narra cómo al dejar su trabajo como corrector en Norte, a los 76 años, se compró una quena. Y cómo, sin darse por vencido, aprendió a soplar. “Ella, la quena, en mi soledad, más que un entretenimiento, se ha convertido en una compañía fiel, una amiga piadosa”, subraya hacia el final del relato.

–¿Qué leyó últimamente?

–Unos cuentos del uruguayo (Juan José) Morosoli, ¡qué hermosos! Los leí de un saque; hay dos cuentos que me gustaron, “Soledad” y “El viudo”. ¡Qué escritor de primera! Lástima que murió relativamente joven…

“Los puntos suspensivos son como el rastro de las ideas.” Es palabra de Aledo. “Revivo conversando con gente amiga; es una alegría que hayan venido”, agradece al pequeño auditorio que podría continuar escuchándolo durante horas. Antes de aceptar la sección fotográfica cerca de un helecho despampanante que tiene en el patio, el poeta elige despedirse con otra de sus certeras coplas: “La medida de mi suerte/ ha sido y es Dios mediante/ haber burlado a la muerte/ hasta este preciso instante”.

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