Trabajar más de 11 horas por día duplica el riesgo de depresión

Un mal que afecta especialmente a las mujeres

Expertos en salud mental recomiendan construir la identidad más allá de lo laboral

Por Tesy De Biase | Para LA NACION
Sábado 14 de julio de 2012

Trabajar en exceso deprime, según las conclusiones de investigadores europeos y canadienses que estudiaron durante casi seis años a empleados públicos británicos de 35 a 55 años. Quienes invierten más de 11 horas diarias entre la jornada laboral oficial y el trabajo que trasladan a la casa tienen un riesgo de sufrir episodios depresivos 2,5 veces mayor que aquellos cuya jornada se limita a 7 u 8 horas por día.

El estudio, cuyas conclusiones publicó la revista científica Plos, proporciona además un identikit de aquellos con más riesgo de caer en la saturación laboral: varones casados o viviendo con su pareja que ocupan un puesto de alta responsabilidad y con una carga importante de presión. Sin embargo, no son ellos los más predispuestos a manifestar los embates emocionales del exceso laboral: las mujeres se llevan la peor parte.

Ya un estudio previo realizado por el mismo equipo entre casi 3000 empleados de 44 a 66 años había encontrado que las mujeres son más sensibles al exceso de trabajo fuera de su casa. Cada 10 horas adicionales sobre el horario laboral básico de 35-40 horas semanales, las participantes incrementaron 40% el riesgo de depresión y 31% la probabilidad de caer en crisis de ansiedad.

En diálogo con LA NACION, la autora principal de ambos estudios, Marianna Virtanen, del Instituto Finlandés de Salud Ocupacional, arriesga que posiblemente sea el estrés el “mecanismo que asocia la sobrecarga laboral con la depresión y la ansiedad. Las mujeres multiplican su carga laboral con las tareas domésticas, suelen estar más estresadas en términos del conflicto trabajo-vida familiar y además suelen tener trabajos más monótonos, con menor control personal sobre su función y las horas extras que deben cubrir”.

Stephen Stansfeld, integrante del Instituto Wolfson de Medicina Preventiva de Londres y coautor de las investigaciones, vía correo electrónico, coincide en que “son varios los puntos que diferencian a hombres y mujeres en su relación con el trabajo, pero también hay que tener en cuenta sus roles por fuera del ámbito laboral, que también son distintos a los que asumen los hombres”. Al parecer, a las mujeres británicas y finlandesas, la liberación femenina también les ha multiplicado la jornada laboral, aunque sin retribución monetaria en el ámbito familiar.

“Terminar exhausto por exceso de trabajo puede precipitar una crisis depresiva, pero también es disruptivo con respecto a las relaciones más cercanas y le resta tiempo al relax”, agrega Stansfeld, introduciendo un tema que la investigadora mexicana Araceli Damián denominó “La pobreza de tiempo”, que define al tiempo como un recurso cuya disponibilidad afecta directamente la calidad de vida y cuya falta puede enfermar.

El profesor de Psicología Laboral y de las Organizaciones en la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional de Tucumán, Eduardo Guardia, asocia el exceso involuntario de horas de trabajo con la depresión y la ansiedad por detrimento del “tiempo vital propio”, que iguala a hombres y mujeres.

MÁS ALLÁ DEL TRABAJO

Otro capítulo lo constituyen quienes invierten voluntariamente su tiempo en agotadoras jornadas laborales por otros motivos. No es lo mismo trabajar en exceso por estricta necesidad que hacerlo por el proyecto personal de construir una carrera o por ser un adicto al trabajo. Quien centra toda su autoestima e identidad en el ámbito laboral le abre la puerta a la adicción.

Además, el adicto tiende a contagiar o imponer alguna variable de su adicción a quienes trabajan con él, especialmente si son subordinados. Y éste es un factor de riesgo para los otros trabajadores, que no siempre se defienden o no oponen resistencia por temor a ser despedidos.

Ya sea por necesidad, proyecto o adicción, la sobrecarga laboral paga un costo que excede el terreno de la psicopatología. El profesor relata el caso de un ingeniero de 50 años vinculado a la producción agro-industrial que confiesa sentirse realizado profesional, técnica y laboralmente, pero a costa de haber perdido parte de su vida familiar. “Son vidas ambivalentes, retazos de éxitos carcomidos por las ausencias familiares, que fracturan o debilitan la construcción de un proyecto de bienestar propio”, interpreta.

Guardia propone recuperar la identidad más allá del ámbito laboral y construir un proyecto vital integral para evitar una de las consecuencias de la saturación y sobrecarga laboral: “el vaciamiento del alma”..

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