La experiencia de los años hace más atractiva a las personas

Aunque vivamos 200 años, siempre serán pocos; hay que disfrutar de cada día sin temores y sin prejuicios así la mente nunca envejece y la madurez nos llena de sabiduría

Por Osvaldo Cattone
Revista Susana
Viernes 06 de julio de 2012SU LECTURA

No nos confundamos, no estoy hablando de jubilación, de retirarse a gozar de lo que hemos ahorrado (si es que hemos podido), de la hora en la que vamos a jugar con los nietos, de ir al café con los amigos, o a jugar a las cartas con las brujas de siempre. No. Me refiero a otro retiro; a ese lugar donde el placer desaparece, y las curvas de una mujer o los pectorales de un hombre ya no nos excitan. ¿Quién decide que llegue ese momento? ¿La naturaleza? ¿O el pudor de no mostrar nuestro cuerpo con el esplendor de antaño?

Si nuestras neuronas funcionan, nuestro comportamiento frente al sexo no tiene por qué mutar. A veces sucede que “uno no tiene ganas” o inventa que no tiene ganas para encubrir la carencia de ofertas.

La publicidad, en el mundo entero, pareciera que está hecha para la juventud. La ropa la lucen modelos flacas, el reloj de marca está en la muñeca del actor de moda, el último celular está en la oreja de una veinteañera. Esto siempre me pareció un disparate, porque creo que es a partir de la madurez cuando se tiene el poder adquisitivo de gozar de esos privilegios. Si yo tuviese una agencia de publicidad, y me dieran bola, haría programas de televisión para la tercera edad, ropa para cuerpos ensanchados y joyas que se luzcan en cuellos que han transitado el tiempo. O sea, para los que pueden adquirirlas.

Y lo mismo sucede con el sexo. La magia que tiene un hombre o una mujer a una cierta edad, su mirada, su humor, son de un magnetismo incomparable. Esa experiencia nos promete momentos de placer, distintos al apresuramiento de nuestros años locos.

Pero nuestros hijos y nuestros nietos no saben respetar ese espacio que todavía necesitamos. Ellos ven con ironía, y a veces con ácida crítica, esa necesidad de sentirnos seductores. Porque sólo el final de la vida puede apagar la emoción de sentir el renacimiento de comunicarnos con otro ser humano en un plano espiritual o físico.

Muy seguido converso con amigas o amigos que determinan un retiro incomprensible. Es como entrar a la batalla sabiendo que se perderá el combate. Con una autoestima que se ve deteriorada por la mala información de los medios o por la familia, que no ayuda a crear una clima de comprensión, exponiéndonos al ridículo ante el derecho de creer que aún somos capaces de amar.

Por eso admiro a quienes tienen la fuerza de ser fieles a sí mismos. La persona que es capaz de equivocarse y empezar de nuevo, que resuelve su vida con libertad de elección, que es capaz de hacer valer su derecho a reencontrar la felicidad.

Hace poco, cuando estaba detenido en un semáforo, leí en un kiosco de periódicos un titular que me aterró: “Anciano de sesenta, asesinado por su nieto”. No me causó tanto estupor que el nieto asesinara al abuelo, como tildar de “anciano” a un hombre de sesenta.

Por eso, cuando se llega a la barrera de los setenta, ya nos están avisando que entramos al último tramo de nuestra breve historia. Sí, señoras, breve, porque aunque se vivan 200 años, siempre serán pocos.

Por eso, en cada nota que me hacen, bato siempre el parche sobre el mismo tema: ¡vivir!, ¡vivir! Sin temores, sin prejuicios, haciéndonos cargo de nuestra propia sensibilidad, de nuestros propios gustos, de nuestras propias sensaciones.

Vivir hasta el final, sin someternos a los prejuicios que han impuesto las religiones, los gobiernos de turno o los parámetros de la sociedad. Nadie tiene derecho sobre la vida de nadie. Hay que hacerse cargo de la propia vida, que bastante trabajo nos da. Disfrutemos del hecho de haber nacido, de tener nuestros sentidos intactos y de gozar de la naturaleza que nos ha creado, que nos ha dado un cuerpo y una mente para poder usarlos.

Por supuesto habrá momentos de dolor, muchas pérdidas en el camino pero, mientras tanto, como dice Shirley MacLaine en uno de sus espléndidos libros: ¡BAILA MIENTRAS PUEDAS!.

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