“Hay que evaluar el dolor de un paciente, pero no juzgarlo”

Diana Finkel, Médica anestesióloga

POR DANIEL DOS SANTOS

Dice que sólo el paciente sabe qué y cómo le duele, porque no hay herramientas para medirlo objetivamente. Y que el ser humano se adapta al dolor, pero no debería resignarse a sufrirlo.

Clarín
29/6/2012

Hay experiencias intransferibles. La muerte es una de ellas. Otra, el dolor. Como nadie puede morir por uno, tampoco nadie puede sentir dolor por uno, aunque quiera. Ni la muerte ni el dolor tienen buena prensa. Adhiero fervientemente a ese principio de “cuanto más lejos mejor”. Es más, confieso que sobre mi muerte tengo pocas noticias. Y sospecho con fundamento que cualquier dato objetivo sobre el suceso me llegara a destiempo. No sólo por eso, esta nota dejara a un lado ese tema, para adentrarse en el dolor, aunque sea, claro, teóricamente. Existe otro principio que parece cierto: “para derrotar a tu enemigo, primero debes conocerlo”. Y este resulta un gran problema con el dolor (bah, con la muerte también), porque lo saben intrínsecamente los que lo sufren. Y ni siquiera hay una tabla fiable para medir su intensidad.

Diana Finkel no podía saber a los 7 años que su respuesta a aquel remanido y molesto ¿qué vas a ser cuando seas grande? se cumpliría pero no totalmente. Ella decía por entonces que sería médica de niños. Bueno, fue médica pero anestesióloga, jefa de ese servicio (por concurso) en el hospital Ramos Mejía, directora del Departamento de Docencia e Investigación de la Fundación Dolor, especialista en cuidados paliativos y tratamiento del dolor. Empecemos. La Asociación Internacional de Estudios del Dolor lo define “como una experiencia sensorial y emocional desagradable, asociada con lesión hística (de los tejidos) real (actual) presente o potencial o en términos de la misma”. Demasiado poco, demasiado críptico.

¿El ser humano está preparado para el dolor?
Existen mecanismos neurofisiológicos que le sirven al sistema nervioso para adaptarse a situaciones nuevas y, entre ellas, al dolor. El sistema nervioso libera sustancias químicas analgésicas endógenas, similares a la morfina. Pera la persona no está preparada a resignarse al dolor, aunque buena parte de la comunidad médica le aconseja eso a un paciente con dolor crónico. ‘Es normal que duela, viene con los años’. Como si no tuviera cura.

¿Qué quiere decir que el dolor no sea objetivamente mensurable y no tenga signos externos del sufrimiento que genera?
Sólo el paciente sabe qué y cómo le duele. Por eso en cuidados paliativos se asegura que el dolor es lo que el paciente dice que tiene. Por lo tanto, al dolor hay que evaluarlo, pero no juzgarlo.

¿Y para medirlo?
Hay herramientas unidimensionales que miden solamente la intensidad del dolor. Se le explica al paciente: ‘Cero es nada de dolor, 10 el máximo soportable, 11 es incompatible con la vida. ¿Dónde cree usted que está el suyo?’ ¿Pero siempre por la experiencia del paciente?
Sí. No hay un algesiómetro. También se puede medir la pérdida de calidad de vida, el sueño.

¿Diría que hay enfermedades que provocan mayor sufrimiento?
Las oncólogicas y las neuropáticas, generadas en la lesión o en la disfunción del sistema nervioso central. También se hicieron estudios que asimilan el dolor de parto de una mujer que no tiene pareja ni preparación con dolores clínicos de alta intensidad, como el que produce una amputación.

¿El tratamiento del dolor es aliado del ensañamiento terapéutico?
No. La idea es acompañar con calidad de vida al paciente, sin prolongar ni acortar la expectativa de vida.

Llevado al absurdo, ¿no hay mayor sufrimiento que morir sin síntomas?
Si me muriera quisiera estar con mis seres queridos, sentir sus manos. Y no que el dolor impida ese cuadro, que los vómitos, la disnea, una excitación psicomotriz, una obstrucción intestinal, una hemorragia masiva me lo impidan. Todos síntomas terminales en cuidados paliativos.

Un paciente que cada vez recibe una dosis más alta ¿no está dopado para despedirse?
No. El paciente se va neuroadaptando a los efectos adversos de los opioides como la morfina. Como el aumento de dosis es progresivo el paciente desarrolla una cierta tolerancia. Queda el efecto de analgesia y va desapareciendo el de sedación.

¿Cuándo es un mal día para Usted?
Cuando en el hospital no hay analgésicos y lamentablemente ocurre bastante seguido en todos los hospitales públicos.

¿Qué hace para relajarse?
Hago yoga, escucho música, me gusta la opera, voy al ballet, leo mucho.

¿Se deprime cuando un paciente empeora o se muere?
No. Todos los que tratamos dolor debemos hacer terapia. Porque hay que establecer empatía con un paciente -para acompañarlos- pero también -para protegernos- definir un punto de corte a esa empatía. Para no sufrir el síndrome de quemazón, por estar expuestos a tanto estrés y deterioro.

¿Sufrió un dolor agudo?
Sí. Tuve tres partos. Los dos primeros los pasé sin anestesiólogo. Cumplí con el “parirás con dolor” de la Biblia sin ser creyente. Mi obra social no me cubría la analgesia y yo no tenía dinero suficiente para pagarla.

Madre de tres hijos -el mayor a punto de recibirse de médico, la segunda licenciada en Ciencias Biológicas y la tercera en el secundario-, divorciada, nacida en el oeste del conurbano, donde vivió hasta los 19 años, Finkel dice que no es una hija única, sino que sus padres son únicos. Una de las razones: la familia se mudó a Caballito para que “la nena” -como ella cuenta ahora- no tuviera que tomar el Sarmiento y pudiera llegar en el 132 a la facultad de Medicina.

Cuando la llaman a las tres de la mañana para una operación ¿cuál es su reacción.

Ahora no me pasa más, porque después de 20 años dejé de hacer urgencias. Era paradojal: medio dormida me salía una expresión en inglés –“fuck you”–, pero al final es lo que me gusta hacer y me ponía a pensar en el estado del paciente para que me llamaran a esa hora. Y me olvidaba de todo lo demás.

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