¿Te parece que estoy por cumplir 70 años?

POR LILIANA HEKER ESCRITORA. ENTRE SUS LIBROS FIGURAN “LA MUERTE DE DIOS” Y “EL FIN DE LA HISTORIA”

Viejos son los otros. Esa es la sensación de una mujer que al cumplir los veintidós sufrió una crisis de llanto, pero que ahora respeta los años como su mejor patrimonio. Lo vivido le permite mirar con ganas y energía todo lo que aún le queda por hacer

Clarín
1/7/2012

Estoy sentada en el segundo asiento del 28, sumergida en el transitorio estado de levedad que me provoca cualquier viaje, por corto o colectivesco que sea, siempre que esté sentada y consiga aislarme del entorno: es una buena ocasión para soltar amarras y echarme a navegar. Distraídamente miro hacia la puerta y veo que sube una señora mayor .

Cierto reglamento interno que me pilotea desde el origen me impulsa a ponerme de pie y cederle el asiento. Si el acto se completa, ocurrirá que unos segundos después, desde mi condición de pasajera-a-pie (rápida ojeada hacia abajo), seré atravesada por una pregunta que me va a dejar perpleja. Pero si la pregunta irrumpe antes de que le deje el asiento a la señora mayor, voy a poder frenarme a tiempo.

¿Mayor que quién? Porque abruptamente habré recordado que me faltan pocos meses para cumplir setenta años y (rápida ojeada hacia arriba) es muy probable que la mujer cristalizada por mí en una senectud sin remedio sea menor que yo. Querida, voy a pensar un poco desafiante desde mi asiento, ¿sabés cuántos años tengo yo? Sin ninguna culpa, voy a regodearme en el mal humor de la mujer, quien (pienso) seguramente estará pensando qué maleducada esta chica que no me cede el asiento y encima me mira desafiante . Porque estoy convencida de que la mujer jamás creería que tengo la edad que tengo. Pero la que en realidad no cree del todo que tiene la edad que tiene, soy yo.

Digamos, aunque suene grotesco, que algo dentro de mí aún aletea y arde en un tiempo sin edad . Y aunque soy consciente de mis años y los pongo sobre la mesa en toda circunstancia que se presenta (cosa que, doy fe, provoca cierta incomodidad en los otros, como si los años –sobre todo los años de una mujer– fueran un tema tabú) y sostengo que no hay que falsear la edad porque los años vividos son el patrimonio que una tiene, sobre todo si es escritora, y sé que mi cara debe revelar sin mayores subterfugios esa edad, aun así, no puedo ser sino a través de esa que aún arde y aletea.

Es rara esa duplicidad: saber la carga cultural que acarrea el número de años que una tiene y, al mismo tiempo, sentirse extranjera respecto de ese número. Una tarde, me acuerdo, yo estaba tomando mate con mi madre, y ella, refiriéndose a una de sus hermanas que se negaba a salir y ya no se arreglaba, con esa falta de escrúpulos que siempre la caracterizó, me dijo: “Ya no la aguanto más: parece una vieja de ochenta años ”. Lo curioso es que mi tía, en ese momento, tenía ochenta y uno, y mi impiadosa madre, ochenta y tres. Su construcción mental de las viejas de ochenta años no se correspondía con su propia persona; nunca pronunció, refiriéndose a sí misma, la palabra “vieja”. Lilúshkale, me dijo en su yiddish sui generis el día en que cumplió ochenta y cuatro, ya me estoy poniendo grande .

Sin embargo, podía hablar con naturalidad de su edad, y de lo que eso significaba en vida vivida, sólo que para ella, hasta el día en que perdió la conciencia, las viejas de ochenta años siempre fueron las otras. Esa tarde del mate el comentario de mi madre me dio risa; no me di cuenta, en ese momento, hasta qué punto me iba a parecer a ella. O ya me estaba pareciendo. Porque la sensación de extrañeza respecto de mis años había empezado mucho tiempo atrás , tal vez cuando cumplí los treinta, sólo que, por entonces, me faltaba mucho para descubrir las posibilidades del omóplato; a duras penas me había librado del síndrome de la cornisa .

El síndrome de la cornisa me había acechado desde la adolescencia y básicamente se resumía en esta pregunta: “Si ahora mismo se me cae esa cornisa encima, ¿qué va a quedar de mí?”. La respuesta era impiadosa: “Cuatro o cinco cuentos, nada más que eso”.

Un episodio puede ilustrar lo que quiero decir. Ocurrió un 9 de febrero, en Mar del Plata, en la casa de la madre de Raúl Escari. Yo cumplía 22 años y, cuando todos se disponían a festejarme , caí en una inmoderada crisis de llanto. Reconozco que el whisky debe de haber ayudado, pero el hecho es que yo fui atacada por la conciencia (y juro que era una conciencia aguda y dolorosa) de que había arribado a mi vigésimo segundo cumpleaños sin haber cumplido esa tarea grandiosa que me había propuesto hacer. Vista desde afuera, tal vez seguía siendo precoz: estaba terminando mi libro Los que vieron la zarza , era subdirectora de El escarabajo de Oro (revista que dirigía Abelardo Castillo), llevaba publicadas varias críticas que hasta me hacían parecer alta. Pero dentro de mí sólo contaba lo no realizado, y eso era absoluto. Lo que no había hecho hasta ese momento, no estaba hecho y se acabó: se trataba de una meta incumplida, de un sueño mentiroso.

El futuro sólo tenía sentido para mí en términos ideológicos; aplicado a lo personal, era un vocablo de libro de lectura, una palabra hueca . Si alguien, en una conversación casual, llegaba a jugar con la idea de mis hipotéticos cuarenta o cincuenta años, lo que me invadía era una sensación de asco.

Unos meses antes de cumplir los treinta entré en pánico. Estaba segura de que algo me iba a pasar. Alguien como yo, pensaba (y quería decir “alguien que anda por la vida explotando sus aires de adolescente ”), no puede cumplir treinta años. Pero los cumplí y el mundo no se vino abajo. Mi cara no cambió de golpe (sin duda había empezado a cambiar mucho antes sin que yo hubiera querido notarlo: la cara, por fortuna, siempre cambia, si no seríamos monstruosos ), y nadie –ni siquiera yo– caía desmayado cuando, interrogada sobre mi edad, respondía: “Tengo treinta años”.

Lo cierto es que este incidente de mi vida me llevó a reflexionar tan a fondo sobre la categoría balsaciana de “la mujer de treinta años” en la cual me negaba a encajar, y sobre la carga cultural que una cree que deberá sufrir sobre la espalda por el solo hecho de cumplir treinta años, que me creé antídotos contra cualquier cambio posterior de década.

Aprendí que una sin duda cambia, y a veces a saltos, pero no prolijamente cada diez años. Y aprendí también que no todo cambio es destrucción .

La cornisa sigue estando al acecho, cada vez más probable, pero solo en ocasiones pienso en ella. Y el estado de inminencia –lo que no hice hasta ahora no está hecho y se acabó– poco a poco se fue transformando en su opuesto. Paradójicamente, a medida que el futuro –según toda previsión lógica– se me achica, yo, cada vez más, tengo la convicción –irrefutable, por otra parte– de que en cada segundo, ahora mismo mientras anoto estas palabras, me queda toda la vida por delante. Todo lo que no escribí, todo lo que no leí, todo lo que quise ser y no fui, todo lo que no, aún está por hacerse. Y eso me reconforta: alguien tan incompleto como yo tiene buenas posibilidades de mejorar con el tiempo.

Será que nunca fui bendecida con ese tipo de juventud resplandeciente que habrá de ser muy doloroso ver esfumarse con el paso de los años . No tuve cintura de avispa, ni pechos desbordantes, ni caderas turbulentas, ni una cabellera salvaje que me rodeara como un aura: nada que pueda caerse, o ablandarse, o engrosarse demasiado; tampoco un talento espontáneo por el que las estrofas algún día me hayan brotado como agua de manantial.

Cuando tenía veinte años, en una mesa de Bachín , Alba Mujica, que leía las manos, miró mi palma y, sin ninguna consideración por mis ínfulas de chica precoz , me dijo: “No sos el Niño Jesús, y tampoco sos Mozart”. Debió decir más cosas pero eso es lo único que recuerdo porque me dio justo en la matadura. “Nena (leí debajo de sus palabras), lo que quieras conseguir, sea un cuerpo elástico o una página legible, lo vas a tener que conseguir a fuerza de trabajo”. Y así ando. Como cualquier proletario del mundo, en cuanto a los dones dorados de la juventud, no tengo mucho que perder. ¿Ciertos chorros de alegría que me atravesaban en la adolescencia? He descubierto con sorpresa que eso no se pierde, es lo que, desprevenidamente, me impulsa a levantarme del asiento cuando sube al colectivo una señora mayor. Todo lo demás me queda por hacer.

A los treinta y dos años, en mi cuento La sinfonía pastoral , la protagonista escribe: “A veces tengo la sensación de ser una especie de bofe pensante dejado en el mundo sin forma ni destino pero con infinitas posibilidades: tener una cara, escribir libros, hacer la vertical”. Me pregunto: ¿Sabía realmente ella los alcances de lo que estaba diciendo? Concebía esa que se situaba con cierto horror a las puertas de sus treinta y dos años, a esta que ahora, sin horror, se sabe a las puertas de los setenta? No lo creo. En esa época, a mí las edades futuras todavía me provocaban un vértigo que se parecía a la náusea .

Claro que (y en el cuento se advierte) yo ya estaba preguntándome sobre el trabajo del tiempo, pero en ese tiempo, mi tiempo de entonces. Me quedaba mucho por descubrir, varias luchas que emprender . Ese es el gran dilema: cuándo me voy a entregar dócilmente al trabajo de los años. ¿Existirá ese momento o, como quiero decidirlo ahora, la muerte me va a encontrar triunfante , en la actitud de cederle el asiento a una señora mayor? No lo sé. Por el momento, sigo recogiendo el guante.

La vertical me está saliendo mucho mejor que a esa mujer de treinta y dos que no sabía para qué lado bajar las piernas; y el saque me sale mal pero poco a poco va mejorando .

Sé que debo perfeccionarlo, de eso no hay duda, pero ¿acaso no me queda toda la vida por delante? Hace poco descubrí mi omóplato derecho. Resulta que, vaya a saberse por cuáles avatares de la vida, hacía décadas que, sin saberlo, lo tenía bloqueado . Caramba, me digo, mientras frenéticamente lo muevo frente al espejo, si aun sin ese omóplato manejé el mouse, cargué paquetes de revistas y aprendí tardíamente a jugar al tenis, ¿qué no voy a conseguir con mi omóplato en la plenitud de sus aptitudes motrices? Un sinfín de posibilidades se abre ante mí. Todo es nuevo porque todo es mirado por mí a la luz de una edad que me era desconocida. Considerada así, la vida es bastante interesante. No me engaño. A veces, cuando subo al colectivo, un muchacho con walkman o una chica de rulos me cede el asiento. Me ha cosificado en mis años y tiene derecho. Yo me sorprendo un poco pero aprovecho la volada y me siento. Es una buena ocasión para que suelte amarras y me eche a navegar.

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