Un ángel de la guarda en el Rivadavia

Lía Badino

Esta bisabuela y ama de casa está por cumplir 50 años de servicio a pacientes y familiares junto con las Damas Rosadas

Por Leandro Milán | Para LA NACION
Sábado 02 de junio de 2012

“Este trébol azul es la insignia que nos dan cuando superamos las 6000 horas de voluntariado, y es la más alta de las condecoraciones para nosotras.” Lía Badino supera con creces esa cantidad de horas: ella, con sus casi 90 años, de los cuales no acusa recibo, lleva más de 20.800 horas (lo que equivaldría a más de seis años de cualquier empleo full time) de trabajo comunitario, entregadas a cambio de lo que define como el pago más valioso: la felicidad y la alegría de los pacientes.

A comienzos del siglo XX, la Cruz Roja de Gran Bretaña decidió instruir a un grupo de voluntarias para que en caso de un estallido bélico pudiesen realizar algunas tareas de enfermería y ayuda a los heridos. Este grupo de voluntarios, conocido como los Voluntary Aid Detachment (VAD, que en español significa Destacamento de Ayuda Voluntaria), fue el génesis de las Damas Rosadas: un grupo de mujeres que ayudaba a los heridos más graves.

“El nombre de Damas Rosadas (en inglés, Pink Ladies) proviene, según dicen las malas lenguas, del color que adquirían los delantales blancos de esas voluntarias luego de que se mancharan con la sangre de los soldados”, explica Lía durante nuestro recorrido por las instalaciones de las Damas Rosadas, en el tercer piso del hospital Rivadavia (sobre la avenida Las Heras 2670, en la ciudad de Buenos Aires).

“Yo entré en las Damas Rosadas en febrero de 1964, apenas empezó a funcionar en este hospital el servicio en las salas de Oncología y de Ginecología. Me hubiese gustado entrar en el 59, cuando comenzaron realmente las Damas Rosadas, en la sede central en Beccar (en el Hospital Central de San Isidro), pero la fundadora, mi amiga Eloisita Casal, me lo impidió porque yo era de Capital Federal, y no consideraba justo que tuviera que viajar tanto. Me prometió que cuando hubiera una filial, una que fuese en Capital, me iba a tener en cuenta, y así fue.”

A los 33 años, Lía ingresó junto con otras 55 voluntarias en el hospital Rivadavia y rápidamente quedó cautivada con la labor social que hacían allí con los pacientes, y cómo su pequeño grano de arena brindaba la contención que muchos de ellos -y sus familias- estaban buscando.

“Cuando comenzamos con las Damas Rosadas tuvimos algunos problemas con los empleados del hospital, porque pensaban que veníamos a quitarles el trabajo. Pocos sabían que no sólo no percibíamos dinero por nuestra labor, sino que además pagábamos nosotras para estar allí y ayudarlos a ellos. Por suerte, con el tiempo vieron que sus miedos carecían de fundamentos y fueron abriéndose a la idea de tener un grupo de mujeres ayudando desinteresadamente.” Luego de unos pocos años, la labor de las Damas en el Rivadavia fue vox pópuli, y el número de voluntarias creció exponencialmente, hasta llegar a las 108.

“Hoy, el número de voluntarias ha bajado muchísimo si lo comparamos con aquellos primeros años. En la actualidad, en esta sede somos alrededor de 65. El problema no reside en la falta de solidaridad, sino en que, en esos primeros días, las voluntarias tenían entre 35 y 50 años, y eran amas de casa. Ahora, la mayoría cuida a sus nietos, mientras sus hijos e hijas trabajan, y no pueden dedicarle al servicio el tiempo que requiere. Pese a eso, entre las cinco filiales suman más de 400 mujeres.

Todas cumplen con el férreo reglamento que rige su conducta con los empleados y su rol dentro del Rivadavia, sus obligaciones como voluntarias y también su vestimenta como Damas Rosadas, aunque esto quizás esté más vinculado con la tradición que con fines prácticos. “Por estatuto tenemos que dedicarnos al hospital por lo menos cuatro horas, un día por semana, pero quienes quieren pueden también venir fuera de su turno y sumar horas a su registro. Si alguna no puede cumplir con su horario tiene que avisar con tiempo, para que cambiemos su día con otra de las voluntarias, y obviamente la regla más importante de todas es la de utilizar siempre nuestro uniforme: un delantal rosa (sin posibilidad de modificarlo).” Esto último, a simple vista tan sencillo, es una de las reglas que se tornan más penosas para cumplir en los helados pasillos del hospital Rivadavia. “No podemos usar pantalones debajo de nuestro delantal, y eso en invierno es bastante duro. Nosotras, las más grandes, somos más resistentes, pero las jóvenes sufren muchísimo con esa norma.”

No obstante el rígido estatuto de las Damas Rosadas, la mayoría de las integrantes supera las cuatro horas reglamentarias de voluntariado y muchas, al igual que Lía, llevan parte del trabajo a sus hogares para ayudar a la mayor cantidad de personas posibles. “Yo ahora, como estoy grande, vengo una sola vez por semana, pero me llevo trabajo a casa para darle una mano a las demás. Por ejemplo, ahora estamos haciendo individuales para vender en el Torneo de Bridge y Canasta que vamos a realizar el 4 de junio en el hipódromo de San Isidro, y varias de las voluntarias continúan confeccionándolos en sus casas”, explica mientras señala a las mujeres trabajando los retazos de tela que reciben como donaciones. “Todo el dinero que se reúne en los eventos y de nuestros aportes mensuales se utiliza para pagar los remedios más caros a los pacientes más necesitados, y los viáticos de aquellos que es importante que no abandonen un tratamiento.”

Además de la ayuda económica a los más necesitados, las voluntarias realizan otras tareas en el hospital, como por ejemplo ayudan a los doctores a vestirse antes de entrar al quirófano, dan contención a los pacientes oncológicos, acompañan a las futuras madres en las horas previas al parto, entre otras tareas. “El departamento de Obstetricia es el más solicitado por todas. Pesar, bañar y entregar al recién nacido a las madres son de las cosas más hermosas que hay, aunque todas las tareas son lindas, porque el paciente siempre está agradecido”, explica Lía sonriendo con las miradas cómplices de las demás Rosadas.

Pese al tiempo dedicado al hospital, ninguna de las voluntarias tiene permitido meterse en la labor de los doctores, ya que su misión es la de ayudar a los profesionales, nunca reemplazarlos. “La única vez que tuvimos alguna clase de instrucción médica fue en la década del 60, cuando el jefe de la cátedra de Ginecología, el Dr. Mónaco, solicitó la autorización de la presidenta del hospital para instruir a cinco voluntarias en la labor de instrumentistas, que se desempeñaron en su nueva función hasta que apareció la profesión de instrumentadores quirúrgicos.”

Sorprende ver a Lía Badino, esa licenciada en Ciencias Económicas por la Universidad de Buenos Aires, con sus casi 90 años, madre de dos hijas (ambas fueron voluntarias), abuela de seis nietos y bisabuela de seis, cómo lleva casi 50 años manejando hasta el hospital con su propio auto para dar su ayuda desinteresada en alguna de las tareas que realizan las Damas Rosadas, con el mismo brío que las más jóvenes. “Es que ser una Dama Rosada es algo que te devuelve mucho más de lo que uno da. Cuando mi marido falleció, venir al hospital y poder ayudar a la gente más necesitada fue lo que me permitió superar el dolor y seguir adelante”, resume Lía con la mirada vidriosa y una sincera sonrisa dibujada en su rostro mientras evoca el pasado.

El escritor francés Marcel Jouhandeau dijo alguna vez: “Como no tenemos nada más precioso que el tiempo, no hay mayor generosidad que el perderlo sin esperar nada a cambio”, y es una frase que hace que Lía y sus más de 20.800 horas como Dama Rosada den a la comunidad una gran lección de vida y de generosidad.

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