Trabajó con Evita, sobrevivió a dos accidentes gravísimos y cumplió 90

MARÍA ADOSINDA REVELLO

“No habrá ninguna como ella”, asegura. Vivió experiencias límite durante un viaje de ayuda social.

POR EZEQUIEL VIÉITEZ
Clarín
28/5/2012

Aunque aclara una y cien veces que no le interesa la política, María Adosinda Revello estuvo muy cerca de convertise en mártir del peronismo. Trabajaba con Evita en su fundación, como enfermera, cuando viajó a Ecuador para socorrer a las víctimas del terremoto de 1949. Pudo ser la última vez. Primero, el micro en que la delegación se trasladaba en el país andino se cayó de un camino de montaña. Después, el avión que los traía de regreso se estrelló. Ahora, con 90 años, dos hijos, cuatro nietos y una vitalidad arrolladora, asegura: “No habrá ninguna como ella”.

A pesar de ser sólo dos años y medio más grande, Evita la mimaba. “Acá está la chiquita del grupo”, le decía cuando se cruzaban en algún viaje para dar asistencia. “Era muy humana”, evoca la enfermera. “Revello vení, que me dijeron que estás de novia… ¡Y que le escribís cartas todos los días!”, ríe al relatar cómo disfrutaba Eva al escuchar historias de amor.

Para ese entonces, María Adosinda ya era preceptora del internado para chicas del Interior de la Escuela de Enfermeras de la Fundación Eva Perón. Había llegado de Portugal a los 14 años y a la fundación, mucho después, desde el Hospital Rivadavia.

El viaje a Ecuador fue terrible. Ese país estaba en ruinas y la gente, deshauciada. Una noche, tras horas de atención médica a desesperados en Riobamba, alguien decidió viajar para ganar tiempo. Había niebla y las nubes bajas cubrían el camino en la Cordillera. “Los hombres, ¡cabezas frescas, cuándo no!, insistieron en salir. El micro avanzaba despacito y apareció un jeep. El chofer quiso hacer lugar para los dos y se escuchó un crack fuerte. La cabeza se me fue para atrás y me dije: ‘Hasta el otro mundo’”.

El colectivo cayó 40 metros y, milagrosamente, quedó retenido por un balcón de roca. “Recuperé la conciencia ya en la ruta –dice–, con la clavícula fuera de lugar y la espalda quemada. Mi amiga Amanda Allen tenía un muslo abierto y colgando. Descalza y atontada, yo había trepado sola hasta la ruta”, casi como una ostentación de fortaleza.

En Buenos Aires, la noticia estalló. “¡¡¡Son heroínas!!!”, intentaba calmar a Bernardo Arias –el novio, director de cine y hoy esposo de 88 años de Lucy–, la secretaria de la Escuela, Teresa Fiora. Al rato, supieron que las chicas habían sobrevivido.

Pasaron largos días de internación en Quito para que Lucy, Amanda, Luisa Komel y Haydée Barzola, las cuatro enfermeras que habían viajado por ser de las más experimentadas, pudieran volver al país, con el resto del equipo. Era el martes 27 de septiembre de 1949. Evita esperaba en la Base Aérea de Morón.

A las 18.45 empezaron los rumores. En Castilla, cerca de Mercedes, se había visto caer un avión en llamas. Sí, era el Douglas DC-4 cuatrimotor de la Flota Aérea Mercante Argentina (FAMA) en el que venía la delegación, con 24 ocupantes. Cuenta Lucy: “De atrás de la cabina de los pilotos brotó humo. Un escape en una bomba de oxígeno generó el fuego y el aparato empezó a caer”.

Los pilotos Norberto Lorenzo Fernández y Juan Torrealday no soltaron los comandos para aterrizar de emergencia, a pesar del calor inhumano en la cabina. Murieron, pero hoy un monumento los recuerda en Aeroparque: gracias a ellos, sólo hubo otros tres muertos, arrancados por el viento cuando alguien abrió una puerta, por la falta de oxígeno. Tras el impacto, los pasajeros abandonaron el avión como pudieron. Algunos que estaban en camilla, corrieron. Después, el operativo los llevó al Hospital Rivadavia.

El jueves 23 de marzo de 1950, las cuatro enfermeras recibieron la Medalla Peronista en el Teatro Colón, como “reconocimiento a sus virtudes, para ejemplo y estímulo de los compañeros”. Lucy se dedicó a su familia por algún tiempo y luego retomó el trabajo en sanatorios, que no abandonó hasta los 88 años, hacia el final con un régimen más flexible. Pero nunca se retiró del todo, su carácter firme no se lo permitiría. “¿Cómo llegué hasta acá? Hay que lamentarse poco y mirar para adelante”, aconseja

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