Malva, retrato de una travesti de 90 años

Cruzó los Andes a pie y vivió los años en que la homosexualidad se pagaba con cárcel; la historia de una travesti que, en el último tramo de su vida, se decidió a escribir sus memorias

Por Violeta Gorodischer
Rolling Stone
17-5-2012

Con el negro de la pava que usan para matear y la raspadura del jabón mojado, arman una pasta compacta como rimel para pestañas. El tizne seco es el delineador de ojos y cejas. Las paredes son de color rosa: raspan el revoque y tienen rubor para las mejillas. Los aros los fabrican con el papel plateado de los cigarrillos, que se pegan al lóbulo de la oreja con jabón común. Del techo de la celda cuelgan un jarrón que hace las veces de micrófono y ahí sí: que empiece el show. Ellas cantan, bailan y se olvidan del mundo. Una es Blanquita Amaro, otra Nélida Roca, otra Alicia Márquez. Los del pabellón vecino aplauden primero y chistan después, con el consabido “putoooos de mieeeerrrrda, dejeeeen dormir” y alguna que otra amenaza. Los guardiacárceles las dejan hacer, hasta que se cansan.

La escena de este grupo de “locas” montando un variété carcelario no salió de un libro de Copi, ni de Manuel Puig, ni de Pedro Lemebel, ni de ningún otro clásico de la literatura queer latinoamericana. Es parte de la biografía de Malva: una travesti de más de 90 años que, en el último tramo de su vida, quiso dejar huella en el circuito cultural porteño. Hasta hace un par de años, nadie la conocía ni sabía quién era. Hoy es columnista en el suplemento Soy de Página/12 y pertenece al staff de El Teje, la primera revista trans de América latina, amadrinada por la célebre cronista María Moreno. Como no tiene computadora, escribe todo en un cuaderno y después lo pasa en limpio con su máquina de escribir. Aunque le tiemblen las manos. Aunque se canse. Aunque le lleve demasiado tiempo y sus editoras le supliquen que encuentre otra forma. “Mis ideas, mis reflexiones, son muy coordinadas. Coordino bien”, dice Malva mientras sirve con cuidado un café de saquito. Es flaca y tiene el pelo blanco, muy blanco. Usa pantalones y camisas holgadas que define como “vestimenta unisex”. Ya no se maquilla. “Yo no tuve una preparación, digamos, en cuanto a cómo tenés que escribir, pero ya es nato; en mí, es nato. Se me ocurre una idea, la transformo en manuscrito, leo, voy corrigiendo, voy dándole forma”, explica.

Estuvo presa en tiempos de gobiernos peronistas y después se las rebuscó como pudo, donde pudo. Recolectó fruta, trabajó de modista en el teatro de revista de la calle Corrientes e incluso viajó a Río para armar los trajes de algunas escolas de samba. Vio el cambio de siglo, Malva. Y es una de las pocas travestis ancianas que hay en Argentina. Su voz es gruesa y habla mucho, tanto que a veces se queda muda y tiene que hacer silencio por un par de días. Cuando sale a comprar pan o a tomarse el colectivo, la gente le dice “abuela”. Hace un tiempo decidió escribir sus memorias y pocos meses atrás el Centro Cultural Rojas le ofreció publicarlas. “Se dio de una manera muy casual, porque yo no estaba destinada a esto”, dice. “Estaba destinada a ser una viejita ñoña que ya terminaba sus días recordando lo que había vivido.” Sin embargo, el destino cambió su curso y así apareció el primer libro de Malva, que ella escribió íntegramente a mano y tituló Mi recordatorio. El primer capítulo se llama “El cruce de los Andes.”

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