El abismo de la vejez y la muerte

Por Luciano Monteagudo

Bajo una lluvia torrencial, que opacó el ritual de la alfombra roja pero que –como el encapotado día de su proyección, una semana atrás– pareció adecuarse a la gravedad de su tema, Amour, del austríaco Michael Haneke, protagonizada por dos leyendas del cine francés, como son Jean-Louis Trinti-gnant y Emmanuelle Riva, se llevó ayer la Palma de Oro de la edición del 65º aniversario del Festival de Cannes. Para Haneke es la segunda Palma, después de su triunfo apenas tres años atrás con su película inmediatamente anterior, la excepcional La cinta blanca (2009). Y este doblete viene a sumarse a los premios que ya había obtenido antes en Cannes –mejor director por Caché (2005) y Grand Prix du Jury por La profesora de piano (2001)–, con lo que Haneke se convierte en el director más galardonado por el festival en toda su historia.

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“Es el más grande director de cine viviente”, ratificó desde el escenario del inmenso Grand Théâtre Lumière el también inmenso Trintignant, que volvió al cine después de una década de ausencia por el solo hecho de haber sido convocado por Haneke. De hecho, cuando el presidente del jurado oficial, Nanni Moretti, anunció la Palma lo hizo –en un hecho inédito en el festival– mencionando no sólo al director austríaco sino también a sus dos actores protagónicos, sin quienes la película no hubiera sido posible. “Fue un trabajo apasionante, dos meses de rodaje y convivencia inolvidables”, ratificó Emmanuelle Riva, ante una larga ovación de toda la platea, que se puso de pie para aplaudir al cineasta y sus intérpretes. Estos también tienen una larga historia asociada a Cannes: Trintignant fue premiado como mejor actor por Z, de Costa Gavras, en 1969, mientras que Riva fue la legendaria protagonista de Hiroshima mon amour, presentada en el festival de 1959.

Suerte de réquiem sobre un matrimonio de profesores de música que debe enfrentar la realidad de la enfermedad y la muerte cercana, Amour aborda su tema, de por sí doloroso, con el rigor y la sequedad habituales en Haneke, sin conceder nada al sentimentalismo o la nostalgia. Después de un concierto de uno de sus antiguos alumnos en el Théâtre des Champs-Elysées de París, Anna sufre un accidente cerebrovascular y vuelve a su casa en silla de ruedas, con parte de su cuerpo paralizado. Y ese amor que George le profesa –y que se explicita en infinidad de detalles que hacen a la rutina cotidiana de la pareja– será puesto a prueba más que nunca en su vida. Anna le ha hecho prometer a George que no la volverá a hospitalizar y George, con sus propios males a cuestas, logra ir ocupándose de todo, convirtiendo el dormitorio en el santuario en el que guardará los últimos días de su mujer. Film valiente pero nunca cruel, a la manera de algunas de las películas anteriores del director (Moretti alguna vez había declarado haberse sentido “violado” con Funny Games), Amour se asoma al abismo de la vejez y la muerte con los ojos bien abiertos.

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