Mi nieto gana batallas de alegría en la plaza

POR JUAN CRUZ. PERIODISTA Y ESCRITOR ESPAÑOL. ENTRE SUS LIBROS FIGURAN “OJALÁ OCTUBRE” Y “EGOS REVUELTOS”.

Muchos abuelos hablan de felicidad: disfrutan sin el peso de las obligaciones. “¡Qué va!”, se opone el autor de este artículo al admitir “una responsabilidad que no sabe decir su nombre” y que se asocia a todas las preguntas que el chico quiere pero aún no puede hacer

Clarín
24.3.12

Llevo cincuenta años preguntando; un día me dijo mi madre: “Este chico se pasa la vida preguntando”. Y ahora que ha pasado medio siglo en cuyo transcurso le hice entrevistas a todo el que se cruzó por mi camino, resulta que no puedo preguntarle, ni él puede responderme, a la persona que más me intriga entre todas las que he venido conociendo a lo largo de tan dilatada experiencia profesional.

Esa persona es Oliver Arenas Cruz y es mi nieto. Mi único nieto, hijo de mi única hija, Eva, y de su compañero, Yonyi.

Tiene once meses; lo conocí a las 09.13 de la mañana del 5 de abril de 2011 en la Maternidad de O´Donell, en Madrid. A la maternidad nos llevó de madrugada un taxista que meses después me reconoció en otro trayecto, de día. Me dijo: “¿Qué tal está su nieto?”. Él recordaba aquel viaje trascendente, y en este otro momento en cierto modo era la primera vez que un desconocido se interesaba por la vida de Oliver. El niño ya tenía carta de naturaleza, formaba parte de la sociedad, era sujeto actuante, ya no estaba en la barriga de Eva, ya circulaba por la vida. Era, por así decirlo, un personaje. Sus puñitos ya podían golpear, sus ojos podían mirar, sus manos podían aplaudir, era pronto aún pero muy pronto podía arrastrarse por el suelo para conseguir propósitos que iría desarrollando en su cabeza seguramente bulliciosa.

Nació, pues, muy de mañana; me sorprendió, al verlo, que tuviera los ojos tan abiertos, que mirara alrededor con tanta intensidad, que moviera las manos con tanta destreza, que se rascara la nariz como si hubiera aprendido en el seno materno que cuando te pica la nariz es la mano la que puede ayudarte en las maniobras de alivio, que mostrara un vago interés por lo que ocurría, que moviera los ojos a un lado o al otro como si ya tuviera constancia de las idas y venidas de la actualidad, que está en varios sitios a la vez. En esos primeros momentos lo veía como un espectáculo hipnótico. Ahí ya quise preguntarle: cómo ves todo esto.

Cuando lo subieron a la octava planta del hospital mi hija Eva siguió aún un rato en el paritorio, o donde estuviera, de modo que estábamos los abuelos (los padres del padre, Mercedes y José Luis, y Pilar y yo, que somos los abuelos maternos) y estaba el padre, Yonyi Arenas, que se había hecho, de madrugada, varios kilómetros en los pasillos sombríos de aquel hospital para parir. Yonyi caminó, sin percatarse quizá de la intensidad de su ritmo, a lo largo de las dos horas que duró el parto al menos desde que nos dijeron que comenzaban los trámites que dan lugar al nacimiento del niño hasta que éste, en este caso Oliver, viene al mundo exterior. Si se aplica un cálculo aproximado, de los que Gabriel García Márquez suele usar en sus libros para calcular cantidades, es factible decir que el padre de Oliver corrió por aquellos pasillos un total de 221 kilómetros lisos. Y no terminó exhausto.

Lo cierto es que ver al niño fue una de las alegrías que Eva dijo un día que iba a traer este muchacho. Dijo, cuando el médico le dijo que Oliver se adaptaba perfectamente al espacio interior de su barriga de madre: “Este niño no me va a traer sino alegrías”. Fue una alegría y también una emoción; descubrí a mi alrededor algunos llantos felices cuando Eva ya tuvo al niño al lado, en la habitación, y yo mismo, que jamás lloro, sentí lo que Albert Camus dice que sentía al volver a las mañanas de Argel: una “embriaguez leve”.

Antes del parto, todo el mundo allí distrajo su nerviosismo de la manera que mejor supo. Los abuelos paternos y los abuelos maternos. El padre, batiendo records de kilometraje. En mi caso particular, me llevé a la sesión de espera, que fue larga, la última novela de Javier Marías, Enamoramientos. La novela es una intriga sobre el amor, pero sobre todo es una indagación sabia en las nervaduras extrañas del enamoramiento. Era una lectura muy adecuada para la ocasión, no sólo porque generalmente nacemos como consecuencia de un enamoramiento, sino porque esa intriga podía atenuar la viveza nerviosa con la que estábamos asistiendo a la espera de Eva. El suspense que aplica Marías a la historia compensaba, en cierto modo, la incertidumbre real que se vivía en la penumbra de la espera real por el nacimiento del nieto.

Era una situación extraña: la única hija, a la que seguíamos llamando “la niña”, iba a tener su primer hijo, y nosotros íbamos a tener con respecto a otros dos seres, súbitamente, dos parentescos sucesivos, padres y abuelos, íbamos a tener, se decía, la alegría pero no la responsabilidad; iba a ser el hijo de Eva y de Yonyi, y nosotros como abuelos íbamos a ser los espectadores despreocupados del avance en la vida de una criatura.

No es así, eso no es así, qué va. Supe en seguida que un nieto es mucho más que una prolongación familiar; es un hijo por otros medios, y es por tanto una responsabilidad de la que da vergüenza hablar pues se entiende que el exceso de celo en su cuidado, desde la perspectiva de los abuelos, puede entenderse como el ejercicio de una apropiación indebida.

Por eso mientras el parto es solo un proyecto muchos te dicen que lo que va a suceder no te atañe, que no te metas en eso, pero te metes, cómo no te vas a meter. Si es tu nieto y por tanto el espejo de otros parentescos: es el nieto, pero es también el hijo del hijo del hijo, pues tu memoria alcanza a tu propio abuelo, y en el muchacho verás, inevitablemente, rasgos de aquel hombre (el abuelo propio) que puso una uva en tu lengua la primera vez que sabes que comiste algo sólido en el patio de la casa en la que nació tu padre… Y es el hijo de la hija del hijo de tu padre, aquel hombre que se sentaba al atardecer a ver jugar a sus primeros nietos y los veía, seguramente, como una prolongación de su propio abuelo, y así sucesivamente…

Lo cierto es que, en cuanto nació y tuvo ojos y gestos, y manos y actitudes, me dediqué a observarlo como si fuera a la vez un milagro y un estímulo, o un reconocimiento, en todo caso la presencia en vivo de lo que llamamos edad o tiempo. El nacimiento de Oliver ponía en claro una circunstancia de la vida que uno creía que no llegaría a producirse nunca de manera tan nítida, tan certera, tan diamantina. La vida tiene lugar de manera armónica, más o menos, y en un momento determinado llega un mensaje que la parte en dos, o en tres. La parte en dos el nacimiento del hijo, y el nieto viene a partirla en tres. Y son tres partes definidas, reales, se pueden percibir como bloques de mármol, o de hielo.

Ser abuelo es comprobar que ya no eres tan solo padre o, sobre todo, que ya no eres hijo únicamente, sino que tienes la edad de un abuelo, o sea, eres la persona que él va a ver partir antes que a otros, de acuerdo con las temibles costumbres abisales de la vida.

José Saramago decía que uno va con el niño que fue. Hasta entonces, hasta ese 5 de abril de 2011, yo fui con el niño que había sido; desde esa perspectiva, conservé las dos miradas, la del niño que fui (o que seguía siendo) y la del adulto que era (y que era, me parece, a pesar de todo). Pero el nacimiento de Oliver ya no prolongaba sólo esa circunstancia, sino que avanzaba otra: yo, Juan, el que se mira al espejo como tal, era el niño que fui, con el que iba, pero ese niño iba a quedar inmediatamente sepultado por el nieto. No sé veían en el espejo ni el niño ni el nieto, pero ya esas miradas mañaneras de la vida incluían los dos espectros, iban conmigo, podía verlos no sólo en el cansancio de los ojos sino también en lo que los ojos guardan de la ingenuidad que hubo.

En cierta medida, el nieto era ahora el niño que fui. Y así empecé a mirarlo en cuanto él empezó a mirarme. Como si me viera con los ojos que yo tuve, como si contuviera, en su mirada aún balbuciente, clara a veces, a veces oscura, en todo caso intensa, curiosa, pero a veces también indiferente, preguntas que en algún momento él me desvelaría.

Mientras se iban haciendo (quizá) esas preguntas en el ámbito diluido de su cerebro yo mismo me iba haciendo las mías, que, por supuesto, se quedaban también en la nebulosa de mis neuronas. En todo caso, esas preguntas no eran para él, sino para mi mismo. Todas tienen que ver con la edad, con el paso del tiempo. A los cuarenta (o cuando empiezan a faltarte parientes, amigos, seres queridos en general, porque han sido arrasados por el tiempo) ya sabes que el mundo te faltará en algún momento determinado; se acabará pronto, si no se ha acabado ya, el sentimiento de inmortalidad que alberga la inconsciencia de cualquier cuerpo joven. Pero como a los cuarenta (y todavía algo más adelante) eres capaz de duplicar tu edad y es factible que llegues a los ochenta, a los noventa, e incluso es posible que superes los cien, tiendes a creer que tienes toda la vida por delante, y aún más allá.

La eternidad, escribió Eliseo Diego, y eso le sirvió para un hermoso título de libro a su hijo Eliseo Alberto, por fin comienza un lunes. No, no comienza, ni termina, la eternidad es infinita, pero la vida mortal no lo es. Y cuando ya definitivamente sabes que esto se acaba tarde o temprano, que la edad es la forma temporal de la guadaña, es cuando ya nace un muchacho que lleva tu sangre y en alguna instancia quizá lleve también algo de tu carácter o de tu semblante o de algunas otras características que te mantienen como un ser con una determinada identidad que algunos próximos recordarán más allá de tu propio final. El nacimiento del nieto es, a la vez, la evidencia de que se te abre otro tiempo, con preguntas inéditas que van latiendo en su cerebro; el niño no te hace preguntas, pero tú te haces las preguntas que el niño te trae. Y esas preguntas son implacables; algunas son placenteras, quién lo duda, pero otras, que son las que nunca se atreverá a hacerte, son implacables.

Así pues, ahí estaba Oliver Arenas Cruz certificando el final de una época, ese verano de nuestra juventud del que hablaba Jaime Gil de Biedma en uno de sus más lúcidos ensayos de melancolía. Llegaba en medio de la primavera después de una gestación que yo contemplé admirado e inquieto, como si de cualquier paso, o de cualquier mal paso, de mi hija Eva yo fuera a ser el causante o el culpable.

Aún hoy, cuando la veo junto al niño, amamantándolo, acariciándolo o conduciéndolo, siento muy dentro de mí el latido de una responsabilidad que no sabe decir su nombre. Es decir, resulta ridículo apropiarse de la responsabilidad que le tocan a ella y a su compañero, y por tanto hace bien el abuelo en optar por el silencio, ellos sabrán lo que hacen, pero mientras estoy con el niño, aunque éste se halle acompañado, albergo la sensación de que cualquier traspiés se debería a mi descuido. Eso ocurre, lógicamente, cuando tampoco está el niño en mi presencia, cuando me lo imagino durmiendo o en un automóvil, siendo arrastrado por las calles en su actual modo de transporte…; siempre siento que lo que suceda en esas circunstancias puede deberse a mi impericia, aunque ésta sea imposible que se produzca…

Ahora ya lo tomo en mis brazos, lo conduzco, porque apenas empieza a caminar, con mi mano grande agarrando su mano chica, y lo veo mirando, incesantemente, a los alrededores, a los pies grandes de los que se cruzan en nuestro camino; lo veo, alborozado, llegando a los cruces donde se hacen grandes las calles que él sabe que lo conducen al parque… Lo veo hacerse ya a las costumbres de la vida; late su corazón más fuerte (eso se ve) cuando le ponen delante de emociones que ahora son la comida, el pato Donald, la llegada de los padres, la sensación de que son suyos los abuelos que le vienen a ver… A veces no lo digo, o no lo digo nunca, pero es muy feliz el sentimiento que me transmite cuando creo que es por mí por lo que se alegra…

El abuelo o la abuela son tan responsables del nieto como el padre o como la madre son responsables del hijo, pero a aquellos (al menos a mi) les da vergüenza social expresar esa preocupación. En un tiempo, cuando tener en brazos a Oliver era disponer de una peligrosa materia deslizante, renunciaba a ese contacto; para mi era un nieto visual, una distracción fascinante a la que acudía casi a diario, a comprobar que era cierto lo que predijo Eva, este niño no me dará sino alegrías…

Antes de que naciera le compré juguetes en Suecia, que fue de donde vinieron mis primeros juguetes. Sentía que Oliver (a quien yo quise que pusieran Juan, no sé por qué tuve esa manía) iba a cambiar mi visión de la vida, e incluso de los juguetes; me iba a juntar irremediablemente con mi infancia, pues al fin la infancia es ese paraíso provisional en el que uno vivió esperando que durara eternamente. Ahora me pregunto, cuando lo veo, y lo veo casi a diario, qué preguntas se estará haciendo ya, qué querrá decirme cuando acabe ese período de silencio en el que solo ejerce gestos, grititos… Qué preguntas tendrá, qué me dirá del mundo por el que él mismo me va a preguntar…

Decía Peter Handke que el hombre consiste de preguntas. A veces me mira Oliver muy atentamente, como si quisiera decirme , interrogarme, reprocharme incluso el estado en que encuentra lo que ve. Aun dice, tan solo, sílabas, como “Ta”, que fue lo primero que dijo. “Tatité” fue su segundo conjunto de sílabas. Y observé el otro día que para expresar la felicidad que siente al acercarse al parque, antes de cruzar la calle grande, exclama lo siguiente:

-Tatá yatá.

Es, probablemente, su primera respuesta. Ya tendrá tiempo de desarrollarla. De momento está cruzando el muro de su silencio; ya se ríe, ya aplaude, ya riñe, ya gruñe. Ya es un habitante de este mundo, ocupa un sitio. Ya me preguntan por Oliver como si Oliver viniera de una larga batalla. Ojalá que la gane, ojalá que la gane y siempre pueda decir, antes de cruzar una calle grande:

-¡¡Tatá yatá!!

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