Ingratitud

Por Enrique Pinti | Para LA NACION

De todas las cosas desagradables que los seres humanos tenemos que sufrir, una de las más amargas es la ingratitud. Esa terrible mezcla de olvido y maldad, con toques de frivolidad y egoísmo, es un muy mal trago que cuesta procesar. Amigos del alma, familiares más o menos lejanos y muchas veces hijos, padres y cónyuges perpetran ese acto tan censurable. Y no es que uno crea que por el hecho de haber parido, criado, mantenido y educado a un hijo el susodicho pase a ser propiedad del que lo trajo al mundo, ni que hacer favores por amor habilite al que lo hizo a esperar eterno agradecimiento expresado verbalmente todos los días. Nada de eso. Es obligación de padres proteger y educar, y de hijos, honrar, querer y -llegado el caso- velar por la salud de los que un día lo cuidaron. Y cuando uno ayuda a un amigo lo hace de corazón y no espera ninguna devolución material. No obstante, la gratitud debe estar siempre presente y uno debe recordar a la hora de discusiones y enfrentamientos coyunturales todo lo bueno que esos con los que hoy discutimos y polemizamos han hecho por nosotros. La gratitud y la buena memoria ponen en la balanza lo positivo y lo negativo, y sólo algo muy fuerte e irreparable puede inclinar los platillos para el lado malo. Los seres humanos estamos sujetos a cambios debidos a experiencias terribles que pueden golpearnos y hacer tambalear o directamente destruir sistemas de valores que hasta esos sucesos parecían firmes y eternos. Por eso no debe extrañarnos que muchas veces los que creíamos amigos de hierro nos hacen cosas que no entran en nuestra cabeza y nos hacen pensar que el mundo fue y será una porquería. No hay que desesperarse y mucho menos dejar de lado nuestros valores porque alguien que considerábamos hermano del alma nos decepcione. A veces esas ovejas descarriadas vuelven sinceramente arrepentidas y si uno es verdaderamente amplio y de mente abierta en homenaje a las cosas buenas del pasado podrá pasar página e intentar una recomposición. Ya no será lo mismo y en alguna recóndita partecita del corazón habrá una quebradura dolorosa, pero vale la pena intentar otra vez.

En otros casos es imposible la vuelta atrás y también es respetable la reacción contraria pero este vejete nunca creyó demasiado en frases como: para mí se murió. La gente a veces no muere ni siquiera en el cajón y sigue viva en el recuerdo para bien o para mal. De todas maneras lo que es injustificable es el desagradecimiento. Ninguno de nosotros se ha hecho solo y sin ninguna ayuda. Padres, familia, maestros, amigos han marcado nuestra senda. E incluso los enemigos con sus piedras en el camino, sus desprecios y ninguneos han excitado en nosotros la rebeldía y la bronca necesarias para obligarnos a demostrar nuestros valores negados por ellos. No digo que debamos hacerles un monumento pero a final del camino seremos honestos al reconocer que si no hubiera sido por sus juicios negativos quizás no habríamos llegado tan triunfantes a nuestras metas.

Todos dependemos de todos, por eso el egocentrismo exagerado de creerse único y excepcional conduce inevitablemente a la soledad, prima hermana del peor fracaso que es el fracaso interior.

Aquellos que nos enseñaron a leer y escribir, los que nos dijeron cosas que no entendimos bien en su momento, pero que después nos ayudaron a comprender el mundo, aquellos otros que con sus equivocaciones nos mostraron sin quererlo los caminos que no debíamos recorrer, los que nos prestaron atención y nos consolaron en nuestros pesares, los que compartieron nuestras alegrías, los que cocinaron para nosotros y los que desde nuestro recuerdo siguen siendo ejemplos y faros en la oscuridad merecen nuestro agradecimiento y no importa donde estén siempre serán nuestros referentes.

Agradecer, verbo a veces olvidado junto con respetar, comprender ó ayudar, debería ser conjugado diariamente. Sería una buena manera de pasar por esta vida tan larga y tan corta, tan loca y tan cuerda, tan difícil y tan maravillosa..

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