Cuando las experiencias echan raices

Por Sergio Sinay | Para LA NACION

Había sido amigo de Borges, a quien conoció cuando ambos eran muy jóvenes y él acababa de regresar de España, tierra de sus padres, en donde vivió cuatro años, desde los 20. Juntos, Borges y él gustaban de caminar por los arrabales porteños y perderse en ellos. Ambos integraron el grupo Florida, que se reunía en la mítica confitería Richmond ubicada en esa calle, y que contaba también a Oliverio Girondo, Conrado Nalé Roxlo, Leopoldo Marechal, Ricardo Güiraldes, Raúl González Tuñón, entre otros escritores, y a Xul Solar, Antonio Berni, Lino Eneas Spilimbergo, entre valiosos artistas plásticos. El grupo fue una poderosa vanguardia que revolucionó, en la década de los años 20 del siglo pasado, el arte argentino.

El, Francisco Luis Bernárdez, una voz de intenso lirismo, fue activo en la tarea literaria, en la periodística y en la diplomática. Muchos de los poemas más bellos y conmovedores que se escribieron aquí en ese siglo le pertenecen y están en La ciudad sin Laura, El ruiseñor, Poemas de cada día o La copa de agua (algunos de sus libros). Pero hay uno, especialmente, que ha sido memorizado una y otra vez por personas de distintas generaciones y cuyo contenido sólo mejora con el tiempo. Su título es simple: Soneto. Su texto lo parece, pero es de enorme profundidad:

Si para recobrar lo recobrado

debí perder primero lo perdido,

si para conseguir lo conseguido

tuve que soportar lo soportado,

Si para estar ahora enamorado

fue menester haber estado herido,

tengo por bien sufrido lo sufrido,

tengo por bien llorado lo llorado.

Porque después de todo he comprobado

que no se goza bien de lo gozado

sino después de haberlo padecido.

Porque después de todo he comprendido

por lo que el árbol tiene de florido

vive de lo que tiene sepultado.

En apariencia es un poema amoroso, pero Soneto puede leerse también como una reflexión sobre la diferencia entre acumular años en el calendario o vivir de veras una vida. No es una meditación ociosa en estos tiempos en los cuales es visible una doble ansiedad: por una parte, la de no poder esperar a atravesar los procesos, a vivir las cosas según el ritmo de las mismas, la urgencia de tenerlo todo y tenerlo ya, de pasar velozmente por la superficie de los hechos para desplazarse hacia lo próximo sin haber digerido lo anterior. Y por otra parte, la ansiosa búsqueda de artificios que prometan una vida larga y, si fuera posible, eterna, así haya que recurrir a trucos tecnológicos, quirúrgicos, farmacológicos, dietéticos o lo que fuera. ¿Para qué vivir más si apenas vamos a detenernos en lo que vivimos? Es aquí donde repican los dos últimos versos del soneto de Bernárdez: lo que el árbol tiene de florido vive de lo que tiene sepultado. Un árbol no empieza por su follaje, termina en él. Aquello que lo alimenta y lo sostiene no se ve, son sus raíces. La fronda puede florecer súbitamente en primavera. A las raíces les lleva un tiempo largo, silencioso, paciente y constante ir produciendo el arraigo, el contacto íntimo con la tierra de la que tomará el alimento para el tronco, para las ramas, para las hojas, para las flores. Las raíces se echan a lo largo de toda una vida.

El espIritu y la cara

Del mismo modo se puede decir que una vejez fecunda, despierta, activa y, si se quiere, sabia, es la fronda de raíces que no están en la superficie. Es la consecuencia de una forma de haber vivido. En realidad la vejez no es una enfermedad que contraemos súbitamente. Es una etapa de la vida, un ciclo que sigue a otros ciclos. Desde que nacemos, somos cada día un día más viejos. Salvador Dalí, numen del arte surrealista, decía que muchas personas al llegar a los 80 años se daban cuenta de que habían desperdiciado la mitad de su existencia en el insistente esfuerzo de no tener más de 40. Quizá muchos lograron que no se les notara la edad, pero como señalaba Michel Montaigne (1533-1592), cuyos Ensayos son siempre vigentes y estimulantes: “Las arrugas del espíritu nos hacen más viejos que las de la cara”. Y las del espíritu suelen ser el producto de vivir más aferrados al reloj y al calendario (que marca tiempos) que a la brújula (que marca rumbos).

Acerca de esto viene al caso una reflexión del médico, psicoterapeuta y pensador Víktor Frankl (1902-1997), que señalaba: “No hay nada que ayude más al hombre a vencer o al menos a soportar las dificultades objetivas y las penalidades subjetivas que la conciencia de tener una misión que cumplir. Cuando esa misión se concibe como algo personal, hace a su portador insustituible, irremplazable y confiere a su vida el valor de algo único”. En la medida en que los seres humanos no somos producto de una producción en serie, cada vida es única y quien la vive tiene la tarea de descubrir el sentido intransferible de la misma. Esa conciencia y esa voluntad de sentido (como la llamaba Frankl) producen existencias fecundas que se extienden en el tiempo. Frankl solía citar el ejemplo del poeta, dramaturgo y científico alemán Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832), que estaba muy enfermo durante sus últimos años, pero se negaba a morir (para los médicos su supervivencia era poco menos que un milagro) porque tenía una misión por cumplir. Se había impuesto culminar la segunda parte de su Fausto (obra maestra de la literatura). Había publicado la primera en 1807, un cuarto de siglo antes. Goethe murió en marzo de 1832, tres meses después de terminar su tarea, en paz, con la misión cumplida y la certeza de que vivir hasta ese día había tenido sentido.

Una misión no es necesariamente algo grandioso, que se anuncia a los cuatro vientos y es motivo de libros y películas. Una misión existencial puede ser percibida silenciosamente en la intimidad de quien la vive, sin ser voceada. Lo importante es que sea reconocida y sea vivida: puede tener alcances domésticos o sociales, privados o públicos, explícitos o implícitos. Acaso el único requisito es que mejore el mundo al rozar otras vidas y que haga sentir que, aunque más no sea por un minuto experimentado de esa tarea, valió la pena vivir. Para eso, acaso, se nos da la vejez, para que tengamos tiempo de explorar nuestra misión, no para que nos empaquemos en ser jóvenes.

No comerse a los viejos

Una epidemia de juvenismo recorre el mundo, según advierte el filósofo Pascal Bruckner. Las edades ya no se viven como etapas de un camino de realización personal. “Hemos abdicado de las edades para reducirnos a un estado permanente y perverso de pretendida inocencia juvenil”, dice. El problema es que si las edades dejan de verse como etapas de un viaje existencial es mucho lo que se pierde individual y colectivamente.

En su clásico ensayo La vejez, Simone de Beauvoir recoge una leyenda sobre un pequeño pueblo montañés de Bali en donde acostumbraban a comer a los ancianos. El día que se comieron al último desaparecieron las tradiciones, la memoria y numerosos e importantes conocimientos. Hubo que construir un edificio para las asambleas del pueblo y nadie sabía cómo hacerlo. Talaban bosques para usar los árboles en la construcción, pero no podían distinguir una punta del tronco de la otra, ni atinaban a colocarlos de la manera correcta. Hasta que un muchacho trajo a su abuelo, a quien había escondido en la selva para salvarlo de ser manducado. Y el viejo les enseñó cómo cortar los troncos, qué hacer con ellos y cómo construir. Desde entonces la comunidad decidió no comerse a los ancianos y darles un lugar especial como guías, como memoria, como orientadores.

La vejez no llega ni temprano ni tarde, sino en su tiempo, del mismo modo que todos los ciclos de la vida. Esto es así cuando no se altera ni se detiene artificialmente el orden y el ritmo de esos ciclos. Quienes han estado presentes en sus propias vidas, acompañando el fluir de los ciclos, no suelen verse sorprendidos por la vejez, se encuentran con ella naturalmente. El médico y psicoterapeuta Jed Diamond (autor de La menopausia masculina, que contiene mucho más de lo que dice su título) transmite algo que le dijo su amigo Joseph Jastrab, un guardia forestal, al entrar en el tercio final de la vida. Vale la pena la cita textual: “La imagen de un árbol joven y verde creciendo a partir de la rama de un árbol viejo siempre me ha hecho reflexionar. Pues bien, he sido el árbol joven que creció como resultado del sacrificio de quienes me han precedido, y soy el árbol viejo para aquellos cuya existencia proyecta un matiz de verdes un poco más pálido que el mío”.

Vivir, experimentar, saber

Vuelven los versos de Bernárdez. Tanto más generosa será la sombra del árbol viejo, tanto más nutricias sus ramas, cuanto más profundas sus raíces. Podemos llamar a esas raíces sabiduría. ¿La vejez es inevitablemente sinónimo de sabiduría? Quizá no. En todo caso, la vejez significa que se ha vivido más tiempo y que se han experimentado más cosas. Pero la sabiduría es algo más que la mera acumulación de experiencias. Tiene que ver con qué se hace con ellas. En qué se las transforma, de qué modo se descubre el sentido presente en cada una de las mismas, tanto de las alegres como de las dolorosas, tanto en el logro como en el sufrimiento.

Las vejeces se construyen a lo largo de una vida. Como dice en De la vida fugaz el doctor Claudio García Pintos, referente argentino de la logoterapia creada por Frankl: “Somos y nos desplegamos en el tiempo, esa es la dimensión propia y genuina de la vida humana. Somos viajeros de un viaje maravilloso que va de lo que podemos llegar a ser a lo que llegamos a ser, de mi ser en potencia a mi yo mismo actual”. Nacemos semillas y se nos otorga un tiempo de vida para desarrollarnos como árboles, para echar raíces. Partimos, dice García Pintos, de un estado de ignorancia acerca de nosotros mismos y avanzamos hacia el encuentro con nosotros mismos. Muchos no abandonan jamás el estado de ignorancia, se resisten al tránsito. En cambio los que siguen la hoja de ruta existencial iluminan la vida de otros, los cobijan bajo la sombra de su fronda, hija de sus raíces profundas.

“Envejecer es como escalar una gran montaña: mientras se sube las fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre, la vista más amplia y serena.” Así pensaba Ingmar Bergman, eximio cineasta y filósofo sueco, poco antes de morir, en 2007, a los 89 años. Luego de haber dado varias obras maestras de ese arte, Bergman dejó como legado su último film, Saraband, una conmovedora inmersión en la vejez, el amor y el sentido de la vida. Como él, hay muchos árboles frondosos. Quien busque viejos activos en Google, encontrará 2.600.000 entradas. Muchos son conocidos, otros no. Muchos no están en Google, pero sí en nuestras vidas, a nuestro lado, en nuestro barrio. La esperanza de vida aumenta. No para que nos estacionemos en adolescencias artificiales y juventudes ficticias, provocando embotellamientos en el ciclo de la vida, sino para que tengamos tiempo de ser viejos a conciencia, con tiempo y con sentido. Una gran aventura..

http://www.lanacion.com.ar/1459185-cuando-las-experiencias-echan-raices