Ya no es excepcional llegar a los 100 años

Faltan respuestas para la “cuarta edad”

Por Nora Bär | LA NACION
Lunes 06 de febrero de 2012

En 1905, cuando cumplió 55 años William Osler, el primer profesor de medicina de la Universidad Johns Hopkins, decidió que era hora de retirarse porque el trabajo más efectivo y vital del mundo se hacía entre los 25 y los 40, “los 15 años dorados de la plenitud”.

Mario Bunge, prolífico físico y filósofo argentino, se jubiló no hace mucho como docente e investigador de la Universidad McGill, en Canadá, país en el que había nacido Osler. Este año cumple los 93, sigue estudiando y escribiendo, y da conferencias en todo el mundo.

Estos ejemplos ilustran el drástico cambio que está transformando a las sociedades en todo el mundo. Cada vez hay más personas que llegan a edades que hubieran sido impensables hace sólo algunas décadas. A tal punto, que en algunos países ya no se habla de “pirámide”, sino de “rectángulo” poblacional: hay casi igual número de chicos y jóvenes, que de adultos mayores.

Entre 1950 y 2000, el número de personas de entre 0 y 14 apenas llegó a duplicarse, mientras que el de la población adulta mayor se multiplicó por 3,6. Hoy, según datos del Censo 2010, el 10,2% de los argentinos tiene 65 años o más, uno de los porcentajes más altos de América latina. Se calcula que en 2025 será el 12,7%, y en 2050, el 19%. Las proyecciones indican que para ese momento habrá más personas de 65 y más años que de 15.

Es más, ser centenario, en la Argentina de hoy, no es nada excepcional. Según el último censo, ya hay 23.483 personas de entre 95 y 99 años, y 3487, que tienen 100 y más.

Si se tiene en cuenta que el nivel de envejecimiento que se registró en Europa en dos siglos ocurrirá en América latina en apenas cincuenta años, resulta obvio anticipar que este nuevo escenario introducirá enormes presiones en los sistemas de seguridad social, de salud y de asistencia. La sociedad se enfrenta a costos que crecen en espiral y dilemas de difícil solución. La jubilación se planificó para individuos que vivirían algunos años después de dejar el trabajo… ¡no para personas que tendrían tres o cuatro décadas por delante!

Tampoco las familias están preparadas. Con frecuencia, matrimonios que están en el cenit de su exigencia profesional deben hacerse cargo de hijos y padres simultáneamente, una múltiple responsabilidad de gran impacto económico y emocional.

“Cuando la decadencia cognitiva es pronunciada, ver que lo único que queda de la persona que uno conoce es el «envoltorio», puede ser devastador”, comenta la doctora Diana Cristalli, consultora en neurología y responsable científica de la Asociación de Lucha contra el mal de Alzheimer (ALMA) de La Plata.

Curiosamente, en este mundo en el que cada vez hay más adultos mayores, los jóvenes temen envejecer y los viejos envidian la juventud. “Conviven dos visiones muy estereotipadas: el «viejismo» y el «contraviejismo» -dice Juan Pablo Fernández, coordinador del Programa de Protección Social de Cippec y uno de los autores de un estudio sobre los adultos mayores desarrollado con el apoyo de la Fundación Navarro Viola-. La primera subraya todo lo negativo [la lentitud, la degradación física] y la otra, todo lo bueno [el tiempo libre, la sabiduría…] Lo cierto es que no hay una vejez, sino «vejeces». Y no hay que dejarse llevar por estereotipos.”

El cambio es tan vertiginoso que ni los organismos de crédito se ponen de acuerdo sobre cuándo, exactamente, comienza la vejez.

“Los pacientes están cambiando -dice el doctor León Schurman, ex presidente de las sociedades argentinas de Endocrinología y de Osteoporosis, que tiene 71 años y lleva 48 de médico-. A una persona de sesenta ya no se le puede decir «viejo». Yo veo personas de 80, 83, 88 años que escriben, estudian, están mucho más activos.”

La medicina agregó años a la vida, sobre eso no hay duda. ¿Pero agregó vida a los años? Aunque la idea dominante es que la mayoría de los adultos mayores son dependientes, los datos disponibles parecen indicar que de los cuatro millones de mayores de 65 que hay en el país, sólo aproximadamente el 2% vive en una institución y el 5% tendría internación domiciliaria.

“En la vida global de una persona, hay un cúmulo de factores que determinan si tendrá un envejecimiento patológico o normal -dice Cristalli-. La edad agrega mayor riesgo de morbilidad, hay traumatismos de cráneo que en su momento fueron insignificantes y con el tiempo pueden transformarse en trascendentes [depresión neuronal aleatoria], también inciden los factores hereditarios, las patologías concomitantes [hipertensión crónica sostenida, diabetes], la educación [que otorga más habilidades cognitivas «de reserva»], la estimulación social, la alimentación… Sin embargo, si bien es posible actuar para mejorar el envejecimiento, es imposible controlar todos los factores. Hay que ser optimista, pero no sostener una postura inocente.”

Los especialistas coinciden en que se sabe más sobre los primeros cinco años de una persona que sobre los últimos treinta. Ya es hora de que el tema ingrese de lleno en la agenda pública.
Centenarios

Es el grupo de más rápido crecimiento: se multiplicó 60 veces desde comienzos del siglo XX.

Un estudio de la Universidad de Dinamarca del Sur mostró que la longevidad excepcional no siempre conduce a niveles pronunciados de discapacidad.

La enfermedad de Alzheimer es relativamente rara entre los que llegan a los 100. A veces, sus cerebros tienen las lesiones, pero no desarrollan la enfermedad.

Cuatro claves para un envejecimiento saludable: la dieta, la actividad física, la salud psicoespiritual y la integración social. Algunos calculan que hasta un 70% de la longevidad puede atribuirse a los estilos de vida.

La genética. Un estudio realizado en norteamericanos nacidos en 1900 mostró que sus hermanos tenían 17 veces más posibilidades de llegar al siglo de vida que la población general y sus hermanas, 8. Los hijos de centenarios tienen un tercio del riesgo de morir de cáncer y un sexto del de morir de enfermedad cardíaca.

http://www.lanacion.com.ar/1446339-ya-no-es-excepcional-llegar-a-los-100-anos