Ni frágiles ni dependientes

Según estudios recientes, los adultos mayores argentinos se alejan cada vez más de los estereotipos de la edad avanzada: transitan la vejez con renovada vitalidad y como una etapa que ofrece nuevas oportunidades

Por Carolina Castillo Marin | Para LA NACION

Domingo 19 de febrero de 2012

las 19, por lo general, Federico Barbosa mira su reloj. Toma los últimos sorbos de un cortado y observa la pelota que fugazmente pasa de un lado a otro en la cancha número uno del Lawn Tennis Club. Mientras acomoda sus raquetas, repasa su día y la razón por la que se le escapan algunos bostezos. Pico, como lo llaman, se levantó 12 horas antes, desayunó con su esposa, sacó el auto, luchó con el tráfico para llegar al estudio jurídico donde trabaja, almorzó, jugó dos horas al tenis, tomó el té y sabe que es hora de irse. Su rutina diaria bien podría pertenecer a la de un alto ejecutivo, pero le pertenece a él, un abogado de 94 años, tres hijos, tres nietos y una bisnieta.

“Es difícil que pueda establecer la causa; es la naturaleza que me hizo así. Soy una persona común, lo único que tengo de más es la contención de mi familia”, responde Pico Barbosa a quienes todavía sorprende su lucidez mental y envidiable estado físico, el mismo que le permite buscar su auto en el estacionamiento pedregoso del club, erguido, con su mochila a cuestas y paso ágil. En definitiva, son cada vez más los adultos mayores que como Barbosa viven su vejez lejos de la imagen de fragilidad y dependencia que la sociedad por lo general atribuye a las personas que rebasan los 70 años.

Según un estudio realizado por el Area de Desarrollo Social del Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (Cippec) en asociación con la Fundación Navarro Viola, “en la Argentina más del 90 por ciento de los adultos mayores se maneja en forma autoválida, solo 5% tiene internación domiciliaria y el dos restante está en una institución”.

Son pocas las veces que el diccionario no representa el sentido básico de una palabra. Sin embargo, según esta fuente autorizada del saber, la vejez está asociada únicamente a “achaques, manías, actitudes propias de la edad de los viejos”. Definición que no parece hacer justicia a los millones de adultos mayores argentinos que demuestran que el paso de los años no es un puré de enfermedades, inactividad y pérdida de energía.

Para Fernanda Potenza, una de las autoras del estudio P olíticas y acciones orientadas a los adultos mayores , “se necesita cuestionar, tomando como base las estadísticas, las ideas socialmente arraigadas respecto de que la mayoría de los adultos mayores son dependientes y que, dentro de ese grupo, la mayor parte se encuentran institucionalizados”.

Los adultos mayores están allí, esperando en la parada del colectivo, en la fila del supermercado o del banco, en el shopping, trabajando en oficinas y juzgados, corriendo en las plazas y aprovechando, cómo todos, la variedad de planes que ofrece la ciudad de día y de noche. De hecho, el Plan Nacional de las Personas Mayores 2011-2015, publicado por la Dirección Nacional de Políticas para Adultos Mayores, lo reafirma: “Sólo el 2,5% de la población mayor es incapaz de realizar sus actividades cotidianas de forma independiente”.

Activos hasta en vacaciones

Dos veces por semana, cerca de 44.000 adultos mayores argentinos preparan una valija en la que no faltan el traje de baño, las zapatillas, el equipo de gimnasia y hasta una cámara de fotos. En enero, febrero y marzo, los afiliados al Instituto Nacional de Servicios Sociales para Jubilados y Pensionados, PAMI, demuestran que la vejez se puede disfrutar activamente, incluso en verano.

Personas trotando de un lado a otro, mujeres bailando al ritmo de la canción del verano en la pileta, grupos de gente concentrados en alguna postura de yoga son parte del paisaje en cualquiera de las colonias del Instituto, y que obligan a cambiar la idea que muchos tienen sobre las vacaciones de los adultos mayores, según la cual su actividad se reduce a un juego de mesa.

Asumir que la vejez de los cuatro millones de adultos mayores que hay en el país según el censo 2010 es vivida de esta manera, sería quizá pretencioso. Lo que sí es una realidad es que cada vez son más los que pueden decidir sobre sus actividades diarias, sin estar restringidos a los horarios de centros o instituciones. Sólo el 2% de los mayores de 65 años vive en una institución, cifra que comparada con la del censo de 2001 es casi un punto inferior, ya que en ese año la población institucionalizada alcanzó el 2,8%.

“Los adultos mayores ahora atraviesan la vejez en un estado de plenitud emocional que les permite seguir trabajando, capacitarse y continuar interactuando con la sociedad”, sostiene Mónica Roque, directora nacional del área de Políticas para Adultos Mayores, del Ministerio de Desarrollo Social. Coincide con ella María Eugenia Herrera Vegas, directora académica de la Fundación Navarro Viola y una de las responsables de la investigación realizada junto con Cippec: “La edad cronológica de las personas no siempre marca el ritmo de la vejez, ya que ésta es un proceso individual. Sin embargo, los seres humanos pueden actuar sobre su propio envejecimiento evitando los llamados factores de riesgo, y pueden desarrollar alguna actividad, como trabajar, estudiar o recrearse, algo que es fundamental para una buena vejez”, señala.

Levantarse todos los días para desarrollar una actividad laboral no sólo es una forma de mantenerse activo, también es una necesidad. La fila que mes a mes hacen la mayoría de jubilados para recibir el fruto de años de trabajo, difícilmente les alcance para mantener un hogar y cubrir todos sus gastos. “El 72,5% de los jubilados (incluyendo los 2,4 millones sumados entre 2005 y 2007 por el Programa de Inclusión Previsional), cobran $ 1434 mensuales”, asegura el estudio. En marzo próximo, la cifra llegará a $ 1687, pero seguramente este 17% de aumento no mueva las agujas de esta situación.

La cuestión económica se convierte entonces en otra razón para que los adultos mayores sigan a cargo de sus hogares, a pesar del paso de los años. La última Encuesta Anual de Hogares en la Ciudad de Buenos Aires, en 2010, lo confirmó: el porcentaje de mayores de 60 que son jefes de hogar es de 36,8%, bastante superior al 29% de 2001.

Esta situación es más evidente en el caso de los mayores de 75 años. En una década, el porcentaje de adultos que, como Barbosa, el abogado y tenista, al sobrepasar esa edad siguen siendo jefes de hogar casi se duplicó. En 2001 sólo el 9% se declaraba jefe de hogar. Una década más tarde llegó a 17%.

Pero además de seguir en el mercado laboral, muchos optan por el voluntariado social o por la capacitación como formas de mantenerse ocupados y de establecer una rutina diaria. Según cifras del PAMI, en el marco del Programa Universidad para Adultos Mayores en el último año unas 40.000 personas pudieron acceder al ámbito académico a través de cursos de historia, computación, artes y otras disciplinas en 60 universidades de todo el país.

“Desde hace algunos años asistimos a un cambio de paradigma. El adulto mayor ya no es más un objeto pasivo asociado a enfermedad, ahora es un sujeto protagonista, con empoderamiento de organizaciones sociales y comunitarias. La promoción y prevención como política institucional y la apertura de espacios académicos y de participación para esta población han sido claves en el proceso”, dice Silvanna Gieco, subgerente de Promoción Social del PAMI.

A los adultos mayores, entonces, pasar de los 60 años sólo les representa un reto: prepararse para vivir 40 años más. “Las personas adultas encaran la vejez de otra forma porque ha cambiado el rol que la sociedad les reserva”, dice Gustavo Ursztein, terapeuta ocupacional con especialización en gerontología. “Ahora ven la vida después de los 65 años como una nueva oportunidad”.

Bien lo sabe Pico Barbosa, quien explica su fórmula en pocas palabras: “La naturaleza es buena conmigo y me hizo así, pero no es de fiarse. Hay que levantarse cada día y hacer las cosas con la idea de que se va a transitar toda una vida más”.

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