Más solos que una ostra

Se quedó callado como una ostra, se dice por ahí. Pero, no: las ostras se comunican.

Los científicos del centro de investigaciones marinas de la Universidad de Kagawa (Japón) crearon un sistema de sensores que puede medir las aperturas y los cierres de sus caparazones. Sus frecuencias, anotadas y decodificadas, nos permiten escucharlas diciendo cosas como “estamos sufriendo por falta de oxígeno” o “la marea roja nos hace mal”. Solo hay que saber escuchar porque, cuando una ostra calla, su silencio no se parece a ningún otro.

En Buenos Aires, una de cada cuatro personas mayores de 60 años vive, eso sí, sola como una ostra. Según la última Encuesta Anual de Hogares de la Ciudad, cada vez son más los que eligen el “ostracismo”. Se gana en autonomía, se pierde en contacto con el mundo. “En estos casos hay que insertarse en un circuito de dar y recibir. La gente se siente mal cuando no recibe, pero se muere cuando no da”, dice Juan Hitzig, especialista en Biogerontología.

Vivimos tiempos extraños. Las ostras se comunican y las personas se aíslan. Y, lo que las ostras gritan, los hombres prefieren callar

Por Mariano Donadio | Para LA NACION
Domingo 22 de enero de 2012